Petition updatePor una mayor transparencia en Change.org¡Ya somos 10.000!
Arturo TiradorVitoria-Gasteiz, Spain
4 Dec 2018

Tras haber alcanzado las 10.000 firmas que nos habíamos marcado como objetivo y en vista de que Change.org ha hecho caso omiso a nuestra reivindicación de que haga públicas sus cuentas, procederé, como ya había anunciado en previas publicaciones, a informar a la prensa.

Quiero también denunciar que Change.org solo ha mostrado nuestra petición al 0,04% de su audiencia global, que a fecha de 2 de diciembre de 2018 era de 260.732.982 (*) personas. Es decir, en torno a 9.996 de cada 10.000 usuarios la desconoce. Dicho de otra manera, si extrapolásemos los resultados obtenidos a todos los socios registrados, habríamos superado con creces, tan solo en España, el millón de firmas (más de 20 millones a nivel mundial) y ellos lo saben. Conclusión: Change.org nos anima a alzar la voz contra los poderosos, pero ellos, como poderosos que son, la ignoran.

Como ya estamos llegando al final de esta campaña, al menos en esta plataforma, quiero hacer un pequeño balance de mi experiencia personal con Change.org.

Cuando yo me sumé a este colectivo, hace ya mucho tiempo, lo hice con entusiasmo y absolutamente convencido de sus buenas intenciones y su buen hacer, pues conocía algunas de sus victorias más sonadas y me pareció una idea brillante poder ayudar con una simple firma a personas que lo necesitaran. Tal es así, que incluso comencé a colaborar con el abono de una cuota mensual.

Solo descubrí que algo no cuadraba cuando lancé mi primera petición y vi que no la firmaba nadie. Ahí es cuando entendí que la plataforma era efectivamente gratuita para publicar, pero que publicar no servía para nada si Change.org no se implicaba activamente en la difusión de tu mensaje, lo cual no dependía de ti, sino de ellos. Para resolverlo, solo había una opción a mi disposición: pagarles dinero. A no ser, claro está, que uno lograra viralizar su petición en las redes sociales por su cuenta, lo cual es poco menos que una apuesta de lotería –teóricamente posible, pero prácticamente imposible– y a las estadísticas me remito.

La otra opción supuestamente a disposición del demandante consistía en que Change.org seleccionara su campaña para ser promocionada masivamente por ellos, independientemente del dinero recaudado, algo que también pude comprobar está al alcance de muy pocos elegidos. Fue entonces cuando comencé a sospechar que más que defender nuestros intereses como propios, lo que Change.org aparentemente hacía era defender sus propios intereses.

Esta sospecha me llevó a iniciar un proceso de investigación, siendo lo primero que descubrí que las siglas .org de su nombre no respondían a un carácter no lucrativo, sino, sorpresivamente, a todo lo contrario, pues quien estaba detrás era una compañía for-profit constituida en una especie de limbo fiscal: el estado americano de Delaware.

Conocí también que Change.org alegaba en su defensa que eran una “empresa social” cuyos beneficios iban destinados íntegramente a reinversiones en la propia compañía. Yo, en principio, los creí. Sin embargo, cuando busqué su “memoria anual” para comprobarlo me llevé la ingrata sorpresa de que llevaban más de una década, desde su fundación, negándose a desvelar cualquier información contrastable relativa a sus finanzas.

De ahí que emprendiera esta campaña y que, tras cinco meses intentando persuadirles de su equivocación, haya concluido que algo muy comprometedor que temen sea descubierto deben de contener esas cuentas para explicar su negativa a mostrarlas. De lo contrario las harían públicas aunque solo fuera para demostrar que todas las sospechas que a lo largo de los años han vertido sobre ellos voces críticas como la mía son infundadas.

Con el fin de cerciorarme de que mi experiencia de usuario como promotor de campaña no era un caso aislado, decidí analizar un total de 11.000 campañas (2.000 de ellas de manera minuciosa) y concluí que, contrario al triunfalismo que la organización transmite con respecto a sus “victorias”, la inmensa mayoría de las peticiones fracasa estrepitosamente en su objetivo de captación masiva de firmas, como sin duda lo hubiera hecho la mía de no haber invertido dinero. Me pareció indignante que las posibilidades de éxito de una reivindicación legítima dependan del poder adquisitivo o la capacidad de recaudar fondos del peticionario. ¿Dónde quedaban los nobles propósitos de empoderar a las personas que lo necesitan?, pregunté. Obtuve un sospechoso silencio por respuesta.

Con el fin de transmitir a Change.org que mis dudas eran compartidas por muchos, decidí jugar con sus reglas de juego y pagarles dinero. Lo he estado haciendo durante meses convencido de que se llegarían a enviar en torno a 100.000 emails en contraprestación a una inversión de más de 1.000 euros, solo para descubrir que, excepto por las actualizaciones de campaña a quienes ya habían firmado mi petición, no se había enviado un solo email. Fueron otros medios presumiblemente menos efectivos –anuncios en su plataforma– los empleados para captar firmas, algo que la organización no te explica cuando contratas ese servicio.

La transparencia es una manera de ejercer la honestidad, quizás la más valiente, mientras que la omisión de información es la estrategia más inteligente –y la más cobarde– de engaño. Me incomoda expresarme en estos términos para referirme a Change.org, pero faltaría a la verdad si no dijera que mi relación con ellos me ha dejado la sensación de que se trata de una organización incongruente y opaca donde la información fluye a cuenta gotas, cuando no contaminada. Ha habido ocasiones en las que mis consultas han sido ignoradas descaradamente y otras en las que la respuesta ha consistido en una desvergonzada salida por la tangente (¿Dónde vas? Manzanas traigo), empleando además para ello un lenguaje innecesariamente ambiguo y esquivo, excepto cuando se trata de proclamar sus virtudes, que, por otra parte, aprovecho para decir que no dudo las tengan. Me gustaría estar equivocado, pero tengo la impresión fundada de que esa opacidad está incrustada en el ADN de la empresa desde su mismo nacimiento.

Dicho todo esto y a pesar de los muchos aspectos dudosos apuntados, quiero expresar que yo sigo colaborando con Change.org a través del firmado de peticiones, pues las víctimas no tienen ninguna culpa de su inadecuada gestión empresarial o de su falta de transparencia y hay que reconocerles que las campañas a las que brindan su apoyo de manera decidida (en torno a un 1% según mis cálculos) obtienen muy buenos resultados (más de 100.000 firmas).

Quizás sea un iluso, pero yo confío en que eventualmente la organización se percatará de que su opacidad financiera, en pleno siglo XXI, es insostenible como política de empresa y de que todos los beneficios obtenidos en nombre de una causa social han de ser dedicados íntegramente a la causa social que los ha generado y no al reparto de dividendos entre sus accionistas o a engordar una máquina de hacer dinero para su futura venta, como sospecho pudiera estar ocurriendo. Obviamente, yo no sé si esto es cierto o no (por saberlo, seguro que no lo saben ni los propios empleados de Change.org: apuesto a que tampoco a ellos les han sido desveladas las cuentas), pero por muchas vueltas que le he dado al asunto, no se me ocurre, como ya he apuntado antes, qué otra información pudieran estar tan empeñados en ocultar. Ojalá esté equivocado.

Change.org siempre ha defendido que todos sus ingresos son reinvertidos en la organización. Sin embargo, nunca lo ha demostrado. Sus usuarios, que son a quienes en mi opinión realmente se deben, hemos de hacerles comprender que cuando millones de personas –muchas de ellas vulnerables– dependen de tu actuación, no solo has de ser honesto, sino que has de además parecerlo y hacer públicos unos rigurosos informes financieros anuales es lo mínimamente exigible en este sentido. Y esto no supondría una concesión por su parte, sino un derecho por la nuestra, pues somos los usuarios quienes aportamos sus activos más valiosos: la confianza, el dinero y las firmas.

El hecho de que los beneficios se dediquen íntegramente a la supuesta misión social de la empresa es algo que no puede ser jurídicamente garantizado por una for-profit company o compañía con fines de lucro, aunque se trate de una “B Corporación”, pues los controles son a todas luces insuficientes y la prueba la encontramos en que uno de sus supuestos valores es la transparencia y esta, en el caso de Change.org, brilla por su ausencia.

Los usuarios deberíamos conocer todos los detalles relacionados con su gestión: qué ingresos obtienen, a qué los destinan, cuáles son los compromisos relativos a la devolución de préstamos y al reparto de beneficios entre los accionistas, qué retribuciones reciben sus directivos, las condiciones laborales de sus trabajadores, los criterios de selección de las campañas que apoyan, si existe o no la posibilidad de que la compañía sea vendida a terceros y en qué circunstancias, etc. Los usuarios, que somos quienes sustentamos a la empresa, no solo no participamos de ninguna de estas decisiones (Change.org es una organización con un serio déficit democrático), sino que además aquellas decisiones que nos afectan directamente a nosotros han sido tomadas sin nuestro consentimiento y conocimiento.

La historia nos ha enseñado que cuando hay opacidad y desinformación en cualquier entidad, sea esta pública o privada, no puede haber control y sin control siempre acaba germinando el fraude, si no en este caso en el sentido legal, sí en el ético y moral. Solo cuando dispongamos de toda la información podremos los usuarios ejercer nuestro derecho a fiscalizar a la empresa, un derecho que es evidente Change.org no nos reconoce.

No quiero despedirme sin daros las GRACIAS a l@s 10.000 firmantes por vuestro apoyo. Los usuarios son, sin duda, lo mejor de Change.org.

(*) He podido comprobar que la cifra total de usuarios de Change.org expuesta en su portada fluctúa de manera inexplicable. Un día son por ejemplo 260.732.982 y al día siguiente se reduce a 248.393.349, para volver a incrementarse unos días después a una tercera cifra superior a ambas. Opino que es importante, cuando hagan público cualquier resultado de la empresa, que sean rigurosos en dicho proceso.

CRONOLOGÍA DE LA CAMPAÑA

1.   Por una mayor transparencia en Change.org (4/07/2018)

2.   ¡Hemos superado ya las 1.000 firmas! (16/07/2018)

3.   Change.org no responde a nuestra petición (29/07/2018)

      Respuesta de Change.org (10/08/2018)

4.   CHANGE: PLEASE CHANGE!!! (13/08/2018)

5.   CARTA A BEN RATTRAY, FUNDADOR DE CHANGE.ORG (13/09/2018)

6.   ¡CONSIGAMOS 10.000 FIRMAS! (16/10/2018)

7.   Change.org: ¿un negocio redondo? (21/10/2018)

8.   Change.org impide que me comunique con mis firmantes (23/10/2018)

9.   Change.org ofrece sus disculpas (26/10/2018)

10. Cementerio de peticiones (18/11/2018)

11. El co$te de con$eguir firma$ (28/11/2018)

12. Y no lo digo yo… (01/12/2018)

13. ¡Ya somos 10.000! (04/12/2018)

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