Por Julián y por nuestro derecho a existir.


Por Julián y por nuestro derecho a existir.
La causa
Esta carta es una respuesta a las 52 denuncias presentadas contra Julián Elfenbein ante el Consejo Nacional de Televisión, tras una entrevista en que expresó su dolor como padre, chileno y judío.
No hubo incitación al odio, propaganda, ni campaña política. Solo humanidad.
Pero en Chile, basta con ser judío y hablar, para ser castigado.
Esta es una carta en defensa de Julián —pero también en defensa de todos nosotros.
_________
A la opinión pública,
Las cifras hablan por sí solas: 52 denuncias ante el CNTV contra Julián Elfenbein por hablar desde su identidad judía en televisión.
¿Qué fue lo que dijo?
Que no representa a ningún gobierno. Que lamenta la muerte de inocentes. Que su hijo ha vivido bajo bombardeo en Israel. Que condena el terrorismo. Que no se le puede pedir a un chileno que cargue con una guerra que no decidió.
Eso no es discurso de odio.
Tampoco propaganda ni negacionismo. Es la expresión de un dolor legítimo. Y de un miedo muy real.
Desde hace meses, la comunidad judía en Chile ha visto cómo el antisemitismo se normaliza bajo el disfraz de “crítica legítima a Israel”.
Amenazas, funas, insultos, pintadas, silencios cómplices. Y ahora, denuncias organizadas contra quienes simplemente no renuncian a ser quienes son.
Este clima no es casual.
La pasividad institucional y los gestos ambiguos del propio gobierno han sido un caldo de cultivo. Hoy, en Chile, cualquier chileno puede ser hostigado públicamente por ser judío y la respuesta es el silencio. Y ese silencio —constante, atronador— nos deja solos. Demasiado solos.
Reducir cada palabra de un judío al conflicto en Medio Oriente es una forma de silenciarnos.
Exigirnos condenas públicas por cada acción de Israel —cuando no se exige nada parecido a ninguna otra minoría— es antisemitismo. Así de claro. Así de brutal.
Y también es necesario decir algunas verdades, por obvias que parezcan:
Israel es el único país del planeta que ha sido amenazado con su exterminio por el régimen genocida de Irán.
Tomar acciones para impedir que la teocracia islamo-fascista de Irán siga desarrollando capacidades nucleares con fines bélicos, es lo que cualquier país haría para proteger a su población.
Poner el foco acusador sobre el país amenazado —en vez de en quienes lo amenazan— no resiste análisis.
Hamás es responsable directo del sufrimiento del pueblo palestino.
Ellos comenzaron esta guerra con una masacre sin precedentes el 7 de octubre. Desde entonces, han convertido el dolor palestino en herramienta propagandística, contando con que las imágenes de muertos y heridos inclinarían la opinión pública a su favor.
No fue un accidente: fue parte del cálculo.
Han usado escuelas, hospitales y mezquitas como centros de mando, han secuestrado ayuda humanitaria, y hay abundante material gráfico que muestra cómo castigan brutalmente a quienes intentan acceder a ella sin su autorización.
Irán —que persigue, encarcela y asesina a mujeres, homosexuales y disidentes— ha violado sistemáticamente el derecho internacional. Sin embargo, el odio a Israel ha llegado a tal nivel, que hay quienes prefieren defender a un estado terrorista brutal antes que reconocer el derecho de Israel a existir.
Eso no es defensa de los derechos humanos. Es otra cosa. Y tiene nombre.
Respecto a las cifras de muertos: cuando provienen de una organización terrorista, es legítimo —y urgente— cuestionarlas. Incluso la ONU y Hamás han reconocido que al menos la mitad eran falsas.
Poner en duda las cifras entregadas por una organización terrorista no es negacionismo. Es sentido común.
A lo largo de la historia, el antisemitismo ha mutado de forma, pero mantiene el mismo núcleo: la deshumanización. Hoy se disfraza de causa noble, pero sigue siendo lo mismo: reducir a un ser humano a la caricatura del judío imaginario, retorcido, perverso, que puede y merece ser insultado, juzgado, silenciado y castigado. No por lo que hace sino por lo que otros proyectan sobre él.
A Julián Elfenbein se le acusa de auto-victimizarse.
Pero constatar amenazas no es auto-victimizarse: es sindicar una realidad.
Fueron otros quienes convirtieron su testimonio en blanco de odio porque basta que un judío abra la boca para que le endosen el estigma de víctima manipuladora y se le vuelquen todos los odios acumulados. Solo odiar a los judíos está permitido, es de buen tono y políticamente correcto.
La acusación de “victimismo” es una proyección psicológica de manual.
Viene de quienes usan la empatía pública para inflar cifras, manipular imágenes —incluso de otros conflictos— y alimentar, sin pudor, un antisemitismo que hoy se viste con piel de cordero y se llama “antisionismo”.
No pedimos privilegios.
Exigimos respeto y los mismos derechos que se le otorgan a todo el mundo. No más que eso, pero tampoco menos.
Hoy escribo en defensa de Julián.
Pero también en defensa de algo más grande y al mismo tiempo elemental:
Nuestro derecho a existir, hablar, sentir y dolernos sin que se nos castigue por ello.
Yael Camhi.
Foto publicada por Julián en su cuenta pública de Instagram (@julianelfenbeink) en donde hoy abundan los insultos y las amenazas a él y su familia.

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La causa
Esta carta es una respuesta a las 52 denuncias presentadas contra Julián Elfenbein ante el Consejo Nacional de Televisión, tras una entrevista en que expresó su dolor como padre, chileno y judío.
No hubo incitación al odio, propaganda, ni campaña política. Solo humanidad.
Pero en Chile, basta con ser judío y hablar, para ser castigado.
Esta es una carta en defensa de Julián —pero también en defensa de todos nosotros.
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A la opinión pública,
Las cifras hablan por sí solas: 52 denuncias ante el CNTV contra Julián Elfenbein por hablar desde su identidad judía en televisión.
¿Qué fue lo que dijo?
Que no representa a ningún gobierno. Que lamenta la muerte de inocentes. Que su hijo ha vivido bajo bombardeo en Israel. Que condena el terrorismo. Que no se le puede pedir a un chileno que cargue con una guerra que no decidió.
Eso no es discurso de odio.
Tampoco propaganda ni negacionismo. Es la expresión de un dolor legítimo. Y de un miedo muy real.
Desde hace meses, la comunidad judía en Chile ha visto cómo el antisemitismo se normaliza bajo el disfraz de “crítica legítima a Israel”.
Amenazas, funas, insultos, pintadas, silencios cómplices. Y ahora, denuncias organizadas contra quienes simplemente no renuncian a ser quienes son.
Este clima no es casual.
La pasividad institucional y los gestos ambiguos del propio gobierno han sido un caldo de cultivo. Hoy, en Chile, cualquier chileno puede ser hostigado públicamente por ser judío y la respuesta es el silencio. Y ese silencio —constante, atronador— nos deja solos. Demasiado solos.
Reducir cada palabra de un judío al conflicto en Medio Oriente es una forma de silenciarnos.
Exigirnos condenas públicas por cada acción de Israel —cuando no se exige nada parecido a ninguna otra minoría— es antisemitismo. Así de claro. Así de brutal.
Y también es necesario decir algunas verdades, por obvias que parezcan:
Israel es el único país del planeta que ha sido amenazado con su exterminio por el régimen genocida de Irán.
Tomar acciones para impedir que la teocracia islamo-fascista de Irán siga desarrollando capacidades nucleares con fines bélicos, es lo que cualquier país haría para proteger a su población.
Poner el foco acusador sobre el país amenazado —en vez de en quienes lo amenazan— no resiste análisis.
Hamás es responsable directo del sufrimiento del pueblo palestino.
Ellos comenzaron esta guerra con una masacre sin precedentes el 7 de octubre. Desde entonces, han convertido el dolor palestino en herramienta propagandística, contando con que las imágenes de muertos y heridos inclinarían la opinión pública a su favor.
No fue un accidente: fue parte del cálculo.
Han usado escuelas, hospitales y mezquitas como centros de mando, han secuestrado ayuda humanitaria, y hay abundante material gráfico que muestra cómo castigan brutalmente a quienes intentan acceder a ella sin su autorización.
Irán —que persigue, encarcela y asesina a mujeres, homosexuales y disidentes— ha violado sistemáticamente el derecho internacional. Sin embargo, el odio a Israel ha llegado a tal nivel, que hay quienes prefieren defender a un estado terrorista brutal antes que reconocer el derecho de Israel a existir.
Eso no es defensa de los derechos humanos. Es otra cosa. Y tiene nombre.
Respecto a las cifras de muertos: cuando provienen de una organización terrorista, es legítimo —y urgente— cuestionarlas. Incluso la ONU y Hamás han reconocido que al menos la mitad eran falsas.
Poner en duda las cifras entregadas por una organización terrorista no es negacionismo. Es sentido común.
A lo largo de la historia, el antisemitismo ha mutado de forma, pero mantiene el mismo núcleo: la deshumanización. Hoy se disfraza de causa noble, pero sigue siendo lo mismo: reducir a un ser humano a la caricatura del judío imaginario, retorcido, perverso, que puede y merece ser insultado, juzgado, silenciado y castigado. No por lo que hace sino por lo que otros proyectan sobre él.
A Julián Elfenbein se le acusa de auto-victimizarse.
Pero constatar amenazas no es auto-victimizarse: es sindicar una realidad.
Fueron otros quienes convirtieron su testimonio en blanco de odio porque basta que un judío abra la boca para que le endosen el estigma de víctima manipuladora y se le vuelquen todos los odios acumulados. Solo odiar a los judíos está permitido, es de buen tono y políticamente correcto.
La acusación de “victimismo” es una proyección psicológica de manual.
Viene de quienes usan la empatía pública para inflar cifras, manipular imágenes —incluso de otros conflictos— y alimentar, sin pudor, un antisemitismo que hoy se viste con piel de cordero y se llama “antisionismo”.
No pedimos privilegios.
Exigimos respeto y los mismos derechos que se le otorgan a todo el mundo. No más que eso, pero tampoco menos.
Hoy escribo en defensa de Julián.
Pero también en defensa de algo más grande y al mismo tiempo elemental:
Nuestro derecho a existir, hablar, sentir y dolernos sin que se nos castigue por ello.
Yael Camhi.
Foto publicada por Julián en su cuenta pública de Instagram (@julianelfenbeink) en donde hoy abundan los insultos y las amenazas a él y su familia.

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Petición creada en 14 de julio de 2025