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Carta abierta a la comunidad
Padres Organizados Santa Fe
Martes 10 de noviembre de 2020

¿Cuáles son las consecuencias que tendrá la falta de educación presencial en la vida de nuestros hijos?
¿Qué acciones está gestando el gobierno provincial de Santa Fe para mitigarlas? ¿Por qué se habilitan espacios y actividades donde está demostrado que la diseminación del virus es probable y en contraste las escuelas se encuentran sin fecha de regreso presencial?
¿Cuáles son las condiciones que debemos tener como sociedad para que los chicos puedan regresar a la escuela?
¿Qué estamos haciendo; padres, docentes, gobernantes, funcionarios, organismos civiles, colegios profesionales y otros para poder devolver a la niñez y adolescencia su derecho a la educación presencial?

Son algunas de las tantas preguntas que nos empezamos a hacer como padres, madres y miembros de la sociedad.

Hemos escuchado incansablemente el número de casos de COVID, muertos y falta de camas desde hace meses. Si bien es una realidad, advertimos que es solo una parte de la tragedia que esta pandemia nos está dejando como sociedad.

Nos encontramos transitando el mes de noviembre 2020 y hasta aquí no encontramos propuestas concretas de quienes tienen la responsabilidad de trabajar por un próximo comienzo de clases de manera presencial. Los ciudadanos necesitamos un Estado que garantice los plenos derechos de goce de los niños, niñas y adolescentes para acceder en igualdad de oportunidades a la educación pública.

Es por eso que estamos aquí para abrir una nueva conversación pública, puesto que la escuchada durante todo el año 2020 comienza a no ser suficiente para muchas familias. Conocemos la gravedad de esta pandemia, y sus tremendas consecuencias sanitarias y económicas. Sin embargo, nos preguntamos si somos conscientes como sociedad de lo que significa para un niño, niña, y adolescente la falta de contacto social. Las escuelas son el lugar de socialización por excelencia y el derecho a la educación está vinculado a su pleno desarrollo, ya que incide decisivamente en las oportunidades y en la calidad de vida de los individuos, las familias y las colectividades.

La escuela no es solo un espacio académico. Es un espacio de construcción de nuevos vínculos, de apertura y acompañamiento hacia al mundo social más amplio.Allí hemos aprendido a trabajar en equipo, a compartir y competir, a hacer amigos, soportar la frustración, a asumir responsabilidades. En muchos casos, la escuela es el lugar donde los chicos comen, son cuidados y rescatados de todo tipo de toxicidad a la que se ven expuestos. Son los docentes quienes cumplen este rol de contención, mirada, evaluación, sostén (entre tantas funciones que desarrollan) y hoy más que nunca la sociedad comprende y valora su tarea y acompañamiento. También a ellos debemos cuidar.


Hemos visto en los medios durante los últimos días; el regreso a clases en varios países del mundo (donde incluso priorizan la educación presencial), el regreso inminente también en la Ciudad de Buenos Aires y algunas otras. También hemos advertido la apertura de actividades turísticas, recreativas, deportes y hasta bares, lo cual celebramos y promovemos, sin embargo, nos seguimos preguntando: ¿Cuál es el fundamento científico que avala dichas aperturas? ¿Y por qué no puede el mismo ser aplicado como fundamente para el regreso a la escuela de manera presencial? ¿Cuál es el criterio?

Ya no es suficiente –tampoco– seguir diciendo que los chicos serían los grandes diseminadores del virus. Según el documento expedido por la Sociedad Argentina de Pediatría en septiembre del corriente año, entre el 80 a 90 % de los niños y adolescentes cursan la enfermad de forma leve o asintomática. Tienen evolución clínica favorable, recuperándose en una a dos semanas, por lo cual no representan un grupo de riesgo. Con respecto a la capacidad de transmitir la enfermedad, las evidencias recientes, aclaran que no debería considerarse a los niños como grandes transmisores. Sabemos que el riesgo no puede ser eliminado en su totalidad, el conjunto de las acciones que se implementen nos permitirán tan solo reducirlo. Aun así vale intentarlo.

Estamos, cual presos, encerrando a niños, niñas y adolescentes en casas, incomunicados, confinados a la soledad y a la angustia por la falta de certidumbre que los adultos no podemos proveer. Volvemos a preguntarnos: ¿Qué motivos hay para este desamparo a las infancias y adolescencias?

Lo que este grupo de padres elegimos pensar es que el árbol está tapando el bosque. Que es tanto el miedo y el desconocimiento que hemos y estamos viviendo que nos encontramos anestesiados como sociedad. Pero advertimos a las autoridades que sólo están centrando las miradas y acciones sobre el desastre sanitario de COVID-19 actual. Sin embargo, no están viendo sus irreparables y múltiples consecuencias en una generación que va del 2003 al 2017, por lo menos.
Todos ellos; niños, niñas y adolescentes necesitan que los escuchemos. Tienen derecho a ser escuchados. Quizás no sea con la palabra que lo puedan expresar, sino con su comportamiento, con su silencio, con su desorden, con su procesión interna.

No buscamos responsables, cada uno hará su propia reflexión, entendemos que hasta aquí todos hemos sido víctimas de esta pandemia de una manera u otra. Pero sepamos con certeza que una vez que podemos ver y medir las consecuencias, ya no podemos taparnos los ojos ni la boca.

Invitamos a la sociedad toda a poner esta conversación sobre la mesa mano a mano con sus hijos, hijas, nietos, sobrinos, ahijados, con otros padres, y madres, en las escuelas, entre docentes, en los espacios políticos y apolíticos, en los clubes, en los colegios profesionales, y sin lugar a duda en los puestos gubernamentales municipales, provinciales y nacionales.

Definitivamente vamos a tener que convivir con esta pandemia mundial y es por ello por lo que debemos encontrar una alternativa que articule las necesidades de los niños niñas y adolescentes con las restricciones lógicas que impone una situación excepcional como la que estamos viviendo. Hay cuestiones básicas que exigen respuestas inmediatas.

No podemos esperar a marzo 2021. Debemos comenzar hoy a trabajar bajo condiciones más igualitarias, más dignas, y reivindicatorias del contacto con el otro, en el entendiendo que nada volverá a ser igual.

La escuela es una herramienta de equidad social, la educación es un derecho.