Racismo en Argentina (en la vida cotidiana y el fútbol) y como frenarlo

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La causa

Un argentino relata cómo ve, una y otra vez, a nuestra querida gente de pueblos originarios, afro descendiente o de otros países latinoamericanos ser objeto de insultos raciales y apodos discriminatorios por su nacionalidad —en la cancha, en la calle, en un asado, en cualquier reunión social— que gran parte de la sociedad descarta como "joda", pero que dejan una marca emocional y psicológica profunda, sea un hecho aislado o reiterado. Para tener en cuenta los datos del 2019 del ex-INADI (que ahora está disuelto) , el 72% de la población ha sufrido del racismo.

La petición sostiene que quienes sufren insultos raciales por su color de piel o nacionalidad, ya sea de forma puntual o habitual, en el fútbol, en espacios públicos o en reuniones sociales, padecen daños mentales y emocionales —ansiedad, vergüenza, depresión— y que esa violencia verbal reproduce y naturaliza el racismo y la discriminación hacia esta gente en toda la sociedad.

Se les pide a los legisladores argentinos que reconozcan el insulto racial —ya sea un hecho puntual o reiterado— incluidos los apodos despectivos hacia personas de otros países por su nacionalidad, como una forma de discriminación agravada, con responsabilidad penal individual para quien lo comete —no como una multa a clubes o instituciones, sino como una sanción penal directa a la persona que lo dice, sea quien sea y en el ámbito en que ocurra.

Crecí en Argentina, y durante años vi cómo nuestra querida gente de pueblos originarios, afro descendiente o de otros países latinoamericanos era objeto de racismo y discriminación disfrazados de humor: un insulto racial o un apodo despectivo por su nacionalidad gritado como si fuera parte del folklore de la cancha, un comentario racista o discriminatorio celebrado como si fuera gracioso en un asado, un apodo repetido en la previa de un boliche, o incluso una broma pesada de un familiar que en el fondo era lo mismo. Y los vi quedarse callados, tragárselo, no compartir lo que realmente sentían —porque en Argentina se supone que hay que "bancarse la joda", que el que se ofende es el que tiene el problema. Esa expectativa de que hay que tolerar cualquier insulto es, en sí misma, parte del problema: les quita a las víctimas el derecho a decir que algo les duele, sea la primera vez o la enésima, en la cancha, en la calle o entre amigos. El dolor y la historia detrás del racismo y la discriminación por nacionalidad en Argentina son profundos, aunque durante mucho tiempo los hayamos minimizado como "cargadas" o "parte del folklore" nacional.  

Argentina tiene mucho de qué enorgullecerse: fuimos el primer país en Sudamérica en sancionar la Ley de Libertad de Vientres, tenemos universidad pública y gratuita, un sistema de salud pública universal, y nos gusta pensarnos como una nación forjada en el mestizaje y en la inmigración, donde "todos somos un poco de todos". Si de verdad creemos en esa Argentina —la que abre las puertas de sus aulas y sus hospitales a cualquiera, sin importar de dónde venga—, no podemos seguir tolerando que esa misma sociedad les grite insultos raciales o apodos despectivos a nuestra querida gente afrodescendiente, de pueblos originarios o de otros países latinoamericanos que eligieron hacer su vida acá, en la cancha o en cualquier reunión, y lo llame "folklore". Eso no es la Argentina que decimos ser.  

El mundo entero fue testigo en el mundial 2026 en escenarios internacionales, de cánticos y gestos racistas de hinchas y hasta de jugadores argentinos en el camino hacia el mundial. Y aunque sospechosamente se ultra impulsó esta tendencia con el algoritmo en Instagram, Tik Tok, Facebook y YouTube, y hemos sido juzgados por países que tienen practicas mucho más racistas - como Estados Unidos con el ICE que maltrata y persigue personas migrantes y hasta ciudadanos a veces por su etnia y color de piel, aprovechemos este momento para reflexionar de verdad y hacer una autocrítica muy necesaria.  Esas escenas de racismo de Argentina no representan "picardía" y nos expusieron como sociedad ante millones de personas. Pero ese mismo racismo y esa misma discriminación no empiezan ni terminan en la cancha: están en la fila del supermercado, en el boliche, en un asado familiar. Es hora de dejar de escondernos detrás de la excusa de la rivalidad deportiva o de la "joda entre amigos".

Argentina ya cuenta con la Ley 23.592, que agrava las penas cuando un delito es motivado por odio racial o discriminación por nacionalidad. Nuestra propuesta busca que el insulto racial por color de piel o nacionalidad —sea un hecho aislado o reiterado— sea alcanzado directamente por esa lógica de agravante, dado que hoy queda invisibilizado porque no siempre deriva en un delito de otro tipo, pero genera un daño psicológico real desde la primera vez que ocurre. Además, proponemos que —siguiendo el modelo de Brasil, donde el racismo es un delito inafianzable— esta figura sea de carácter no excarcelable. En Brasil, además, la pena puede duplicarse cuando el delito es cometido por un grupo identificable de personas o difundido a través de redes sociales; proponemos incorporar este mismo criterio, para que la gravedad de la sanción esté a la altura de la gravedad del daño.

Los estudios muestran que las personas expuestas a insultos raciales por su color de piel o nacionalidad, ya sea una vez o de forma reiterada, padecen ansiedad, angustia y, en muchos casos, problemas de salud física. Reconocer legalmente estos insultos como discriminación agravada les daría a las víctimas una vía de reclamo real y enviaría un mensaje disuasorio hacia quienes hoy repiten esas conductas creyendo que "no pasa nada".

Reconocer y sancionar el racismo y la discriminación cotidianos —en el fútbol, en la calle y en nuestros propios círculos, sin importar si el hecho es puntual o reiterado— sería un paso hacia sanar heridas históricas que todavía no hemos empezado a mirar de frente. Significaría estar a la altura de la Argentina que nos gusta contar: la de la libertad de vientres, la educación y la salud para todos, la del mestizaje y la inmigración. Significaría decirle al mundo, y decirnos a nosotros mismos, que el racismo y la discriminación no son parte de nuestra identidad, ni de nuestra pasión futbolera, ni de nuestra vida diaria, sino algo que como país estamos dispuestos a erradicar.

Nuestro plan de acción (el camino):

Dirigirnos al Diputado Nacional Horacio Pietragalla Corti, presidente de la Comisión de Derechos Humanos y Garantías —reconocido por su compromiso con estos temas, incluyendo su impulso al Instituto Nacional de Asuntos Afro argentinos, Afro descendientes y Africanos— para pedirle que evalúe impulsar o acompañar un proyecto de ley en este sentido desde su comisión.

Buscamos coordinar una reunión con representantes de esta campaña para acercarle el texto de la petición y los datos de adhesión reunidos.
Impulsaremos que el proyecto de ley incorpore expresamente el carácter de delito no excarcelable, siguiendo el modelo Brasileño, incluyendo la duplicación de la pena cuando el hecho sea cometido por un grupo identificable de personas o difundido en redes sociales, y sin exigir reiteración del hecho para que proceda.

Con cada firma, vamos a acompañar el reclamo con mayor peso y legitimidad social ante el Congreso.

Es hora de actuar. Por favor, firmá esta petición para exigirles a los legisladores y a las instituciones que reconozcan y sancionen los insultos raciales y discriminatorios como lo que son: discriminación, no folklore, no joda —sea un hecho aislado o reiterado.

Esta es tu oportunidad de demostrar que la Argentina puede ser menos racista, cambiando su historia y haciendo algo concreto al respecto.  Nuestra historia es compleja, pero este paso es simple.

Los tomadores de decisiones

Horacio Pietrogalla Corti
Horacio Pietrogalla Corti
Diputado Nacional y Presidente de la Comisión de Derechos Humanos y Garantías

Actualizaciones de la petición