Juan Coma-CrosSant Cugat del Vallès. (BARCELONA), Spain
Apr 14, 2026

Distintos gobernantes provocan muertes, de forma directa o indirecta, y no han proporcionado a sus ciudadanos la estabilidad necesaria para su desarrollo. En muchos casos, estas muertes son consecuencia de decisiones que priorizan intereses personales, ideológicos o estratégicos por encima de la vida humana, nos encontramos ante una forma de gobierno que merece una crítica profunda.

Aunque los contextos políticos varían, desde regímenes autoritarios hasta democracias con tensiones institucionales, es posible identificar ciertos patrones recurrentes en líderes y sistemas que generan daños significativos a las personas. Ejemplos contemporáneos incluyen figuras y regímenes como Vladimir Putin, Kim Jong-un, Benjamín Netanyahu, Donald Trump, así como gobiernos en Irán, Cuba, Nicaragua o Afganistán bajo control talibán, entre muchos otros.

Todos ellos son distintos, con niveles de responsabilidad, sistemas políticos y contextos muy diferentes, pero comparten algunos rasgos comunes nocivos para la humanidad.

  • Prioridad del poder sobre el bienestar humano: En distintos grados, estos liderazgos han impulsado políticas que han implicado costes humanos elevados, ya sea mediante conflictos armados, represión interna o decisiones económicas con fuerte impacto social.
  • Exigencia de lealtad y exclusión del disenso: Se tiende a concentrar el poder en círculos reducidos, marginando o castigando a quienes cuestionan la autoridad.
  • Debilitamiento de los contrapesos institucionales: Ya sea mediante el control directo (en autocracias) o la erosión progresiva (en democracias), se reducen los mecanismos que limitan el poder.
  • Restricciones a la información y la educación: Desde la censura directa hasta la presión indirecta sobre medios, universidades o acceso a información, se limita la capacidad crítica de la sociedad.

Estos fenómenos no son nuevos. Sin embargo, el contexto actual introduce herramientas sin precedentes. Internet, las redes sociales y la inteligencia artificial ofrecen a los ciudadanos una capacidad inédita para informarse, organizarse y exigir responsabilidades. Estas herramientas son de doble filo ya que pueden utilizarse a favor o en contra de la humanidad. Hasta ahora predomina su uso partidista, es decir, para defender los propios intereses del poder y se echa en falta su utilización para beneficiar políticamente a toda la humanidad. 

En este escenario, instituciones como Naciones Unidas podrían desempeñar un papel relevante, no como autoridad global absoluta, sino como plataforma para difundir los principios recogidos en su Carta Fundacional y en acuerdos internacionales posteriores, fundamentales para preservar la paz, la cooperación y el progreso de la humanidad.

El reto consiste en fortalecer una cultura global de ciudadanía informada y dotada de capacidad crítica, donde:

  • las personas tengan claro qué principios rigen la convivencia y el progreso,
  • las sociedades puedan identificar abusos de poder,
  • y exista presión pública, nacional e internacional, para exigir responsabilidades.

Los abusos de poder probablemente no desaparecerán, pero su legitimación puede volverse cada vez más difícil en un mundo interconectado. La clave está en reconocer patrones de riesgo y desarrollar herramientas colectivas para limitarlos, todo ello con el impulso de instituciones como Naciones Unidas, que necesitan adaptarse con urgencia a la realidad actual.

Si queremos limitar los abusos de poder, necesitamos actuar.

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