La Ciencia No Es un Trámite, Es Soberanía y Futuro para México

La causa

Carta Abierta a la Presidencia de la República y a la Opinión Pública

La Ciencia No Es un Trámite, Es Soberanía y Futuro para México 

Desde los Centros Públicos de Investigación, nos dirigimos a usted, señora Presidenta, a la titular de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, y a la sociedad mexicana, con la profunda preocupación de quienes hemos dedicado nuestra vida a construir el conocimiento que sustenta el desarrollo y la soberanía de nuestra nación. Vemos con alarma cómo una visión administrativa, centralizadora y de corto plazo, amenaza con desmantelar un ecosistema científico que ha costado décadas de esfuerzo y que es indispensable para el porvenir de México.

En el siglo XXI, la independencia de las naciones se fundamenta en su capacidad de generar conocimiento. Es crucial aclarar que abogar por la ciencia no es pedir un aumento de sueldos, sino los insumos esenciales para investigar. Invertir en ciencia es como construir y mantener las carreteras del país: no se hace para subir el salario de los transportistas, sino para crear la infraestructura —el asfalto, los puentes, la señalización— que permite que las mercancías, las ideas y las personas se muevan, generando desarrollo para todos. En ciencia, esas carreteras son los laboratorios equipados, los insumos para experimentar y, crucialmente, las becas que permiten a los jóvenes dedicarse por completo a su formación. Sin estos elementos, el talento se queda varado, los proyectos se paralizan y se trunca la carrera de la nueva generación de especialistas que México necesita.

Hacer ciencia es un acto de soberanía. Es apostar por la capacidad de México para resolver sus propios problemas: la seguridad hídrica y energética, la soberanía alimentaria, la salud pública y la prevención de desastres naturales. Es la decisión de no depender de tecnologías extranjeras y de forjar una independencia real.

Tratar a la investigación como un simple trámite es un error que ignora su naturaleza. La ciencia es un viaje a lo desconocido. Un sismólogo no puede esperar al siguiente ciclo fiscal para estudiar las réplicas de un terremoto; un proyecto para desarrollar un cultivo resistente a la sequía no puede detenerse porque el presupuesto se agotó. La imposición de un cierre presupuestal en agosto, por ejemplo, es una camisa de fuerza que paraliza la capacidad de reacción, dejando desatendidas necesidades emergentes y generando una ineficiencia que cuesta más de lo que ahorra.

Para que la ciencia cumpla su función social, debe operar sobre tres pilares irrenunciables, hoy amenazados:

  1. Autonomía de gestión: No es un privilegio, sino una necesidad operativa. La capacidad de los centros para administrar sus recursos con agilidad les permite responder con pertinencia a las necesidades regionales y nacionales. Sin ella, la ciencia se vuelve lenta y burocrática.
  2. Suficiencia y estabilidad presupuestaria: Los grandes retos del país y la formación de nuevas generaciones de investigadores requieren proyectos de largo aliento. Sin financiamiento estable y multianual, la ciencia se reduce a esfuerzos fragmentados, fomentando una dolorosa fuga de cerebros que beneficia a otras naciones con el talento que formamos aquí.
  3. Rigor científico y pertinencia social: La investigación con fondos públicos debe atender las prioridades nacionales. Sin embargo, la evaluación de su calidad, método y rigor técnico debe ser realizada por expertos en la materia. El riesgo no es la evaluación, sino sustituir este juicio técnico por criterios puramente administrativos o políticos, lo que abre la puerta a la mediocridad y socava el mérito como pilar del avance científico.

Comprendemos la complejidad de los grandes retos nacionales en materia de seguridad, salud y combate a la pobreza; entendemos que los recursos públicos son finitos y las necesidades, inmensas. Por ello, proponemos una ruta de acción inmediata que no compromete el erario y que potenciaría el impacto de cada peso invertido. Si un aumento presupuestal sustancial no es viable en el corto plazo, sí está en sus facultades garantizar la autonomía de gestión y la agilidad operativa de los Centros Públicos de Investigación. Otorgar confianza y eliminar las trabas burocráticas que hoy nos ahogan es también una forma poderosa de invertir en el futuro del país.

La centralización excesiva, aún con buenas intenciones, amenaza con debilitar la capacidad del país para innovar y enfrentar las crisis del futuro. Hacemos un llamado respetuoso y enérgico a reconsiderar el rumbo.

Señora Presidenta, la ciencia no es un gasto, es la inversión más estratégica que una nación puede hacer. Defender las condiciones para su desarrollo no es proteger un interés gremial; es defender la inteligencia, la independencia y el futuro de México. Aún estamos a tiempo de construir juntos, con la comunidad científica como su aliada, un porvenir donde el conocimiento sea el verdadero motor de la justicia y el bienestar.

 

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Carta Abierta a la Presidencia de la República y a la Opinión Pública

La Ciencia No Es un Trámite, Es Soberanía y Futuro para México 

Desde los Centros Públicos de Investigación, nos dirigimos a usted, señora Presidenta, a la titular de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, y a la sociedad mexicana, con la profunda preocupación de quienes hemos dedicado nuestra vida a construir el conocimiento que sustenta el desarrollo y la soberanía de nuestra nación. Vemos con alarma cómo una visión administrativa, centralizadora y de corto plazo, amenaza con desmantelar un ecosistema científico que ha costado décadas de esfuerzo y que es indispensable para el porvenir de México.

En el siglo XXI, la independencia de las naciones se fundamenta en su capacidad de generar conocimiento. Es crucial aclarar que abogar por la ciencia no es pedir un aumento de sueldos, sino los insumos esenciales para investigar. Invertir en ciencia es como construir y mantener las carreteras del país: no se hace para subir el salario de los transportistas, sino para crear la infraestructura —el asfalto, los puentes, la señalización— que permite que las mercancías, las ideas y las personas se muevan, generando desarrollo para todos. En ciencia, esas carreteras son los laboratorios equipados, los insumos para experimentar y, crucialmente, las becas que permiten a los jóvenes dedicarse por completo a su formación. Sin estos elementos, el talento se queda varado, los proyectos se paralizan y se trunca la carrera de la nueva generación de especialistas que México necesita.

Hacer ciencia es un acto de soberanía. Es apostar por la capacidad de México para resolver sus propios problemas: la seguridad hídrica y energética, la soberanía alimentaria, la salud pública y la prevención de desastres naturales. Es la decisión de no depender de tecnologías extranjeras y de forjar una independencia real.

Tratar a la investigación como un simple trámite es un error que ignora su naturaleza. La ciencia es un viaje a lo desconocido. Un sismólogo no puede esperar al siguiente ciclo fiscal para estudiar las réplicas de un terremoto; un proyecto para desarrollar un cultivo resistente a la sequía no puede detenerse porque el presupuesto se agotó. La imposición de un cierre presupuestal en agosto, por ejemplo, es una camisa de fuerza que paraliza la capacidad de reacción, dejando desatendidas necesidades emergentes y generando una ineficiencia que cuesta más de lo que ahorra.

Para que la ciencia cumpla su función social, debe operar sobre tres pilares irrenunciables, hoy amenazados:

  1. Autonomía de gestión: No es un privilegio, sino una necesidad operativa. La capacidad de los centros para administrar sus recursos con agilidad les permite responder con pertinencia a las necesidades regionales y nacionales. Sin ella, la ciencia se vuelve lenta y burocrática.
  2. Suficiencia y estabilidad presupuestaria: Los grandes retos del país y la formación de nuevas generaciones de investigadores requieren proyectos de largo aliento. Sin financiamiento estable y multianual, la ciencia se reduce a esfuerzos fragmentados, fomentando una dolorosa fuga de cerebros que beneficia a otras naciones con el talento que formamos aquí.
  3. Rigor científico y pertinencia social: La investigación con fondos públicos debe atender las prioridades nacionales. Sin embargo, la evaluación de su calidad, método y rigor técnico debe ser realizada por expertos en la materia. El riesgo no es la evaluación, sino sustituir este juicio técnico por criterios puramente administrativos o políticos, lo que abre la puerta a la mediocridad y socava el mérito como pilar del avance científico.

Comprendemos la complejidad de los grandes retos nacionales en materia de seguridad, salud y combate a la pobreza; entendemos que los recursos públicos son finitos y las necesidades, inmensas. Por ello, proponemos una ruta de acción inmediata que no compromete el erario y que potenciaría el impacto de cada peso invertido. Si un aumento presupuestal sustancial no es viable en el corto plazo, sí está en sus facultades garantizar la autonomía de gestión y la agilidad operativa de los Centros Públicos de Investigación. Otorgar confianza y eliminar las trabas burocráticas que hoy nos ahogan es también una forma poderosa de invertir en el futuro del país.

La centralización excesiva, aún con buenas intenciones, amenaza con debilitar la capacidad del país para innovar y enfrentar las crisis del futuro. Hacemos un llamado respetuoso y enérgico a reconsiderar el rumbo.

Señora Presidenta, la ciencia no es un gasto, es la inversión más estratégica que una nación puede hacer. Defender las condiciones para su desarrollo no es proteger un interés gremial; es defender la inteligencia, la independencia y el futuro de México. Aún estamos a tiempo de construir juntos, con la comunidad científica como su aliada, un porvenir donde el conocimiento sea el verdadero motor de la justicia y el bienestar.

 

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Petición creada en 10 de agosto de 2025