
Un asistente personal ni es un criado ni tampoco es un lujo.
Empecemos por ahí.
Pero que, actualmente, sea en la práctica un lujo se debe a que cuando las pocas derramas de dinero público en torno a la cuestión pasan por el tamiz de la "intermediación" de los entes del Tercer Sector (entes de titularidad y gestión en manos de particulares, que no se nos olvide), lo que llega a la realidad de las personas es la nada en la práctica totalidad de los casos de la discapacidad intelectual.
Hagamos un alarde de imaginación.
Si las asistencias personales no tuviesen tanta intermediación y se planteasen desde en un formato directo, es decir, bien en ayuda económica para buscarlo o bien a través de la provisión mediante un ente completamente público en cuanto a titularidad y gestión, ¿pasarían estas cosas?
Pensemos en ello cuando pongamos cifras en torno a la enorme eclosión (y atomización) de todos estos entes que drenan, en su conjunto, un volumen considerable de dinero público que podría ser gestionado de otro modo. Y con un único beneficiario: la persona y su circunstancia.