Que vuelvan las clases 100% presenciales y con protocolos saludables

La causa

Carta a la comunidad educativa, en tiempos de pandemia.

Escribo esta carta a toda la comunidad educativa: padres, madres, maestros, maestras, representantes, directivos y el resto del personal que colabora en el desarrollo educativo de nuestros/as hijos/as, con el fin de replantear la situación y el camino que estamos tomando, teniendo en cuenta las consecuencias que esto ya está teniendo y tendrá en el futuro de todos.

Ninguna de estas preguntas tendrá sentido, si quien lee, todavía no está convencido que salud es todo: mente, cuerpo y espíritu. Y que al quitar cualquiera de esos aspectos de la ecuación, se estaría hablando de cualquier otra cosa, pero no de salud. Entonces ¿Hemos analizado lo que estamos aceptando como normal para nuestros hijos e hijas? ¿Ponderamos la salud física por igual que la psíquica? ¿Qué valores les estamos inculcando? ¿Les estamos enseñando a interpretar la realidad o sólamente a acatar sin preguntar?

¿Alguna vez pensamos realmente en el significado de que nuestros hijos e hijas dependen de nosotros y nuestras decisiones? ¿Qué sin nosotros ellos están limitados en su accionar, como por ejemplo, cuándo y cómo pueden interactuar con sus amigos? ¿Somos realmente conscientes de esto? ¿Somos coherentes con las pautas que marcamos a ellos, y el cumplimiento que nosotros hacemos de las “nuevas normas”?

Hace demasiado tiempo que estamos permitiendo que le tapen la expresión, no permitirles mostrar su sentir, que por varias horas respiren el propio desecho del sistema respiratorio. Les estamos diciendo que no compartan, que no se acerquen a nadie, que no jueguen. Que pierdan su condición gregaria como seres humanos. Y lo peor de todo, por algo, que realmente ninguno puede decir que tiene la certeza de que sea necesario. El problema radica en no planteárselo y hacer algo al respecto. En no darle lugar a la duda entre tantas certezas que supuestamente hacen necesarios los llamados protocolos.

Hemos aceptado que una maestra no pueda consolar a un/a niño/a. ¡Que no se le pueda acercar! Que les deba hablar a través de máscaras, anteojos y barbijos. Pensamos quizá, pero no hacemos nada, con respecto a la salud física y psíquica de nuestros maestros. Y si no vamos a hacer nada, nos hagamos cargo en el futuro de la posición que tomamos. Del lenguaje por el que optamos: el silencio y la inacción para con toda la comunidad.

Los chicos no pueden jugar a la pelota, ni al viejito, ni a la mancha. El comando ahora es ese: no jueguen. Tampoco pueden compartir absolutamente nada. Y el comando ahora es ese: no compartan. Mientras tanto, los adultos se reúnen cuándo y dónde quieren. Juegan al deporte que quieren, cuándo y dónde quieren. ¿Prendemos para nosotros mismos los ventiladores y apagamos calefactores porque creemos que así un virus se propaga menos? Algunas de las acciones que se están ejerciendo sobre los más chicos, rozan la crueldad. Más vívidamente aun cuando ni siquiera las adoptamos para nosotros mismos.

Nos hemos dormido. Nos hemos dejado atropellar por la vorágine y vertiginosidad de la información que nos llega por todos lados. Nos hemos dejado manejar por reglas impuestas carentes de análisis, y que se definen en una oficina con personas de a pie, como nosotros, que ni siquiera se cuestionaron el impacto espiritual, físico y mental que tienen sus decisiones en el resto de la población.

Córdoba es un aparatito dentro de un aparato mucho mayor y la información con la que cuenta, es insignificante respecto a los centros de poder e intelecto del mundo. Hemos obedecido reglas carentes de un montón de sentidos, ajenas a nuestra realidad, y en el fondo lo sabemos o al menos, lo dudamos. Y aún así, acatamos pautas diseñadas por personas aforadas por un título público dado por nuestro voto. Y a todo eso, nosotros simplemente obedecemos, perdiendo la oportunidad de poder actuar como el eslabón más fuerte de la comunidad educativa: los padres, maestros y directivos. En vez de empoderarnos como lo que somos, simplemente aceptamos convertirnos en parte de una cadena de insensatez y perjuicios. Y acá tenemos dos opciones: o hacemos algo o nos hacemos cargo por nuestra inacción.

Todos debemos tomar el lugar que nos corresponde y defendernos de la aberración física y psíquica que están ejerciendo contra la comunidad. Todo lo que ocurra hoy, tendrá efectos mañana. Pensemos en cómo todo esto forjará la personalidad de los más pequeños, en sus valores, en su forma de interpretar e interactuar con las personas, la manera de pensar en el otro, de ayudar, estigmatizar y sobre todo, de interpretar la realidad. Estamos ante el tipo de adoctrinamiento más sutil y perverso que pueda existir y nos estamos convirtiendo en cómplices.

¿Qué herramientas les estamos dando para el mundo que viene? ¿Les estamos enseñando a plantear una crítica constructiva, a preguntarse y cuestionarse? ¿Los ayudamos a desarrollar la capacidad de discernir y de ser creadores de sus propios pensamientos? ¿Estamos creando niños y niñas libres, o perfectos soldados de un sistema que cada vez se hace más rígido, despersonalizado y automático? ¿Realmente les estamos enseñando a cuidarse o es lo que preferimos creer? Hablo de ponderar, junto al cuerpo, la mente y el espíritu que nos dan el carácter de seres y de humanos.

Pido a directivos, maestros, padres, madres y al resto de la comunidad educativa que entre todos recuperemos el lugar que históricamente tuvimos en la cadena de valores y enseñanzas de nuestros/as hijos/as. Ninguna entidad podrá ser ajena a nuestro pedido si actuamos todos juntos. Estamos a cargo de su educación y de acompañarlos en su formación. Recuperemos las clases presenciales de la forma más sana posible y suspendamos los protocolos insalubres antes de que terminemos creyendo en serio que la nueva normalidad es la que nos dictan, y no la que creamos entre todos, como co-protagonistas del lugar donde elegimos vivir y dentro de la comunidad de la que decidimos formar parte.

Solo así, estaremos haciendo nuestro trabajo de padres, madres y maestros/as. Solo así, la común unidad dará sentido a la palabra que tanto usamos cuando nos referimos a la comunidad educativa. Si no, estamos simplemente hilvanando un ovillo de incoherencia e hipocresía.

El pedido concreto al Gobierno de Córdoba es:

- Que las clases sean 100% presenciales con la opción a que los padres que no quieran mandar a sus hijos, continúen teniendo acceso remoto.

- Que los chicos y chicas utilicen el barbijo con la misma lógica y mecanismo que se hace en los bares (puesto en movimiento y se lo quitan al sentarse)

- Que los maestros puedan dictar clases de una forma cómoda y saludable, encontrando un equilibrio entre prevención de contagio y su salud integral.

- Que se permitan nuevamente los juegos al aire libre, promoviendo el aseo como es debido y fue debido siempre, inclusive antes de la pandemia.

- Que se permita adecuar la temperatura del aula al clima para evitar que los alumnos y docentes se enfermen.

Rafael del Corro Agüero

DNI 30.471.093

 

Victoria confirmada
¡Esta petición alcanzó el cambio con 38 firmas!

La causa

Carta a la comunidad educativa, en tiempos de pandemia.

Escribo esta carta a toda la comunidad educativa: padres, madres, maestros, maestras, representantes, directivos y el resto del personal que colabora en el desarrollo educativo de nuestros/as hijos/as, con el fin de replantear la situación y el camino que estamos tomando, teniendo en cuenta las consecuencias que esto ya está teniendo y tendrá en el futuro de todos.

Ninguna de estas preguntas tendrá sentido, si quien lee, todavía no está convencido que salud es todo: mente, cuerpo y espíritu. Y que al quitar cualquiera de esos aspectos de la ecuación, se estaría hablando de cualquier otra cosa, pero no de salud. Entonces ¿Hemos analizado lo que estamos aceptando como normal para nuestros hijos e hijas? ¿Ponderamos la salud física por igual que la psíquica? ¿Qué valores les estamos inculcando? ¿Les estamos enseñando a interpretar la realidad o sólamente a acatar sin preguntar?

¿Alguna vez pensamos realmente en el significado de que nuestros hijos e hijas dependen de nosotros y nuestras decisiones? ¿Qué sin nosotros ellos están limitados en su accionar, como por ejemplo, cuándo y cómo pueden interactuar con sus amigos? ¿Somos realmente conscientes de esto? ¿Somos coherentes con las pautas que marcamos a ellos, y el cumplimiento que nosotros hacemos de las “nuevas normas”?

Hace demasiado tiempo que estamos permitiendo que le tapen la expresión, no permitirles mostrar su sentir, que por varias horas respiren el propio desecho del sistema respiratorio. Les estamos diciendo que no compartan, que no se acerquen a nadie, que no jueguen. Que pierdan su condición gregaria como seres humanos. Y lo peor de todo, por algo, que realmente ninguno puede decir que tiene la certeza de que sea necesario. El problema radica en no planteárselo y hacer algo al respecto. En no darle lugar a la duda entre tantas certezas que supuestamente hacen necesarios los llamados protocolos.

Hemos aceptado que una maestra no pueda consolar a un/a niño/a. ¡Que no se le pueda acercar! Que les deba hablar a través de máscaras, anteojos y barbijos. Pensamos quizá, pero no hacemos nada, con respecto a la salud física y psíquica de nuestros maestros. Y si no vamos a hacer nada, nos hagamos cargo en el futuro de la posición que tomamos. Del lenguaje por el que optamos: el silencio y la inacción para con toda la comunidad.

Los chicos no pueden jugar a la pelota, ni al viejito, ni a la mancha. El comando ahora es ese: no jueguen. Tampoco pueden compartir absolutamente nada. Y el comando ahora es ese: no compartan. Mientras tanto, los adultos se reúnen cuándo y dónde quieren. Juegan al deporte que quieren, cuándo y dónde quieren. ¿Prendemos para nosotros mismos los ventiladores y apagamos calefactores porque creemos que así un virus se propaga menos? Algunas de las acciones que se están ejerciendo sobre los más chicos, rozan la crueldad. Más vívidamente aun cuando ni siquiera las adoptamos para nosotros mismos.

Nos hemos dormido. Nos hemos dejado atropellar por la vorágine y vertiginosidad de la información que nos llega por todos lados. Nos hemos dejado manejar por reglas impuestas carentes de análisis, y que se definen en una oficina con personas de a pie, como nosotros, que ni siquiera se cuestionaron el impacto espiritual, físico y mental que tienen sus decisiones en el resto de la población.

Córdoba es un aparatito dentro de un aparato mucho mayor y la información con la que cuenta, es insignificante respecto a los centros de poder e intelecto del mundo. Hemos obedecido reglas carentes de un montón de sentidos, ajenas a nuestra realidad, y en el fondo lo sabemos o al menos, lo dudamos. Y aún así, acatamos pautas diseñadas por personas aforadas por un título público dado por nuestro voto. Y a todo eso, nosotros simplemente obedecemos, perdiendo la oportunidad de poder actuar como el eslabón más fuerte de la comunidad educativa: los padres, maestros y directivos. En vez de empoderarnos como lo que somos, simplemente aceptamos convertirnos en parte de una cadena de insensatez y perjuicios. Y acá tenemos dos opciones: o hacemos algo o nos hacemos cargo por nuestra inacción.

Todos debemos tomar el lugar que nos corresponde y defendernos de la aberración física y psíquica que están ejerciendo contra la comunidad. Todo lo que ocurra hoy, tendrá efectos mañana. Pensemos en cómo todo esto forjará la personalidad de los más pequeños, en sus valores, en su forma de interpretar e interactuar con las personas, la manera de pensar en el otro, de ayudar, estigmatizar y sobre todo, de interpretar la realidad. Estamos ante el tipo de adoctrinamiento más sutil y perverso que pueda existir y nos estamos convirtiendo en cómplices.

¿Qué herramientas les estamos dando para el mundo que viene? ¿Les estamos enseñando a plantear una crítica constructiva, a preguntarse y cuestionarse? ¿Los ayudamos a desarrollar la capacidad de discernir y de ser creadores de sus propios pensamientos? ¿Estamos creando niños y niñas libres, o perfectos soldados de un sistema que cada vez se hace más rígido, despersonalizado y automático? ¿Realmente les estamos enseñando a cuidarse o es lo que preferimos creer? Hablo de ponderar, junto al cuerpo, la mente y el espíritu que nos dan el carácter de seres y de humanos.

Pido a directivos, maestros, padres, madres y al resto de la comunidad educativa que entre todos recuperemos el lugar que históricamente tuvimos en la cadena de valores y enseñanzas de nuestros/as hijos/as. Ninguna entidad podrá ser ajena a nuestro pedido si actuamos todos juntos. Estamos a cargo de su educación y de acompañarlos en su formación. Recuperemos las clases presenciales de la forma más sana posible y suspendamos los protocolos insalubres antes de que terminemos creyendo en serio que la nueva normalidad es la que nos dictan, y no la que creamos entre todos, como co-protagonistas del lugar donde elegimos vivir y dentro de la comunidad de la que decidimos formar parte.

Solo así, estaremos haciendo nuestro trabajo de padres, madres y maestros/as. Solo así, la común unidad dará sentido a la palabra que tanto usamos cuando nos referimos a la comunidad educativa. Si no, estamos simplemente hilvanando un ovillo de incoherencia e hipocresía.

El pedido concreto al Gobierno de Córdoba es:

- Que las clases sean 100% presenciales con la opción a que los padres que no quieran mandar a sus hijos, continúen teniendo acceso remoto.

- Que los chicos y chicas utilicen el barbijo con la misma lógica y mecanismo que se hace en los bares (puesto en movimiento y se lo quitan al sentarse)

- Que los maestros puedan dictar clases de una forma cómoda y saludable, encontrando un equilibrio entre prevención de contagio y su salud integral.

- Que se permitan nuevamente los juegos al aire libre, promoviendo el aseo como es debido y fue debido siempre, inclusive antes de la pandemia.

- Que se permita adecuar la temperatura del aula al clima para evitar que los alumnos y docentes se enfermen.

Rafael del Corro Agüero

DNI 30.471.093

 

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Petición creada en 27 de julio de 2021