Petition updateEspaña debe abolir la prostitución, combatir la trata y proteger a las víctimas.

AMELIA TIGANUS NOMBRA EL GUERNICA QUE NADIE QUIERE VER

FRANCISCO REYBurgos, Spain
Sep 8, 2026

Pero hay un Guernica que no está en ningún museo. No tiene título ni fecha de inauguración ni cartela explicativa en la pared. No lo visitan delegaciones diplomáticas ni lo fotografían los turistas. Está abierto las veinticuatro horas del día, en todas las ciudades del mundo, en pisos sin ventanas y en carreteras sin nombre, y sus figuras son mujeres vivas a las que el mundo ha decidido llamar de otra manera para no tener que mirarlas a los ojos.

              Se llama prostitución. Y es, en palabras de quien lo vivió desde dentro, un campo de concentración.

              Amelia Tiganus nació en Rumanía. Tenía dieciséis años cuando fue engañada con la promesa de un trabajo y vendida a una red de trata. La trajeron a España. Lo que encontró aquí no fue un trabajo: fue la sistemática destrucción de todo lo que una persona necesita para seguir siendo persona. El cuerpo convertido en mercancía. La voluntad abolida. El nombre borrado. El tiempo vaciado de todo significado excepto el de la transacción. Los proxenetas la controlaban con una eficiencia que no necesitaba alambradas: bastaban la deuda imposible de saldar, el miedo, el aislamiento, la confiscación del pasaporte, la amenaza constante y la convicción, trabajada pacientemente, de que nadie vendría a buscarla porque nadie la echaría de menos.

              Eso es lo que ella llama campo de concentración. No como metáfora. Como descripción.

              Lo que ocurre en un campo de concentración no es solo el sufrimiento físico —aunque el sufrimiento físico está ahí, brutal y cotidiano. Es la destrucción de la identidad. Es el proceso por el que un ser humano es convencido, a través del terror y la humillación sistemáticos, de que no es un ser humano. De que es una cosa. De que lo que le ocurre no merece nombre porque ella misma no merece nombre. Los campos nazis lo hicieron con números tatuados en el brazo. La prostitución lo hace con la invisibilidad: la mujer existe para el que paga y no existe para nadie más. No existe para la ley que mira hacia otro lado. No existe para la ciudad que la rodea. No existe para el cliente que pagará y se irá sin haberla visto.

              Amelia Tiganus lo sobrevivió. Y luego hizo lo que los supervivientes del horror más lúcidos siempre hacen: nombró lo que había sobrevivido. Con palabras exactas, sin eufemismos, sin la piedad que distorsiona y protege al que escucha en lugar de al que habla.

              Escribió sobre la niña que fue. Describió lo que le hicieron. Describió cómo funciona el sistema que lo permite —no solo los proxenetas y los tratantes, sino los clientes, las leyes, los discursos que llaman "trabajo sexual" a lo que es esclavitud sexual, toda la arquitectura social e intelectual que mantiene en pie el campo de concentración llamándolo de otra manera. Y luego salió a decirlo en público: en conferencias, en medios de comunicación, ante legisladores, ante quien quisiera escuchar y ante quien prefiriera no hacerlo.

              Porque la mujer con el quinqué no solo llega hacia las víctimas. A veces llega hacia los que miran hacia otro lado y les obliga a mirar.

              Lo que Amelia Tiganus hace con su testimonio es exactamente lo que Picasso hizo con el Guernica: convertir el horror en imagen imposible de ignorar. El Guernica no permite la distancia estética: te coloca delante del niño muerto, del grito, de la llama, y no te da ningún lugar donde mirar que no sea el horror. El testimonio de Amelia Tiganus tampoco: te coloca delante de lo que ocurre cada noche en cada ciudad donde hay prostitución —que es decir en todas las ciudades— y no te da ningún argumento cómodo que permita seguir mirando hacia otro lado.

              "El sistema prostibulario", dice Amelia Tiganus, "no existiría si no hubiera demanda. Y la demanda la generan hombres que han aprendido que el cuerpo de las mujeres puede comprarse. Eso no es un hecho natural. Es una construcción. Y lo que se construye puede deconstruirse."

              Esa es su forma de llevar el quinqué: hacia la raíz del sistema, hacia el lugar donde el horror se produce, hacia la convicción social que lo hace posible. No solo rescatar a las víctimas —que también—, sino impugnar las ideas que generan víctimas. No solo curar las heridas sino nombrar a quien las produce y preguntar, en voz alta y sin bajar la mirada, por qué el mundo lo tolera.

              Trabaja con mujeres que han sobrevivido a la trata y la prostitución. Acompaña sus salidas del sistema. Construye con ellas lo que el sistema había intentado destruir: la convicción de que son personas, de que su historia no las define pero sí las pertenece, de que nombrar lo que ocurrió es el primer paso para que no les ocurra a otras. Es el mismo gesto que Maggy Barankitse con los niños del suelo de Ruyigi, que Elena Moyano con las mujeres de Villa El Salvador: reunir a las que el mundo ha descartado y decirles que son el pueblo, que son la fuerza, que su dignidad no ha sido destruida aunque todo lo que vivieron haya intentado destruirla.

              La mujer con el quinqué del Guernica lleva la lámpara hacia el interior destruido. Amelia Tiganus lleva la lámpara hacia el interior de un sistema que prospera en la oscuridad, que solo puede funcionar mientras nadie lo llama por su nombre, que depende de que las víctimas no puedan hablar o de que nadie las escuche cuando hablan. Su lámpara es su voz. Y su voz es el gesto más peligroso que existe para quienes lucran del silencio.

              En el Guernica hay una figura que este libro no ha señalado todavía con suficiente atención: la mujer que huye hacia la derecha del cuadro, con la pierna herida, arrastrando el cuerpo hacia fuera del horror. No es la mujer con el quinqué. Es la mujer que escapa. Amelia Tiganus fue esa figura primero: la que huía, la que arrastraba las heridas, la que intentaba salir del campo. Y luego, cuando salió, no se fue lejos. Volvió. Con la lámpara. Hacia las que todavía estaban dentro.

              Eso es lo que este libro llama mujer luz. No quien nunca fue herida. Sino quien fue herida, sobrevivió, y decidió que su supervivencia no podía ser solo suya.

              "Ama hasta que te duela", decía Madre Teresa. Amelia Tiganus no lo dice así. Lo dice de otra manera, más airada y más urgente: hay que amar hasta que duela mirar hacia otro lado. Hasta que la indiferencia sea imposible. Hasta que el cliente que paga y el legislador que mira hacia otro lado y el ciudadano que prefiere no saber sientan en el cuerpo lo que ella sintió. No como castigo. Como comprensión. Como el primer paso hacia un mundo donde ese Guernica sin título ni fecha de inauguración pueda, algún día, cerrarse.

Tomado del libro : LA MUJER DEL QUINQUÉ,  de Francisco Rey Alamillo

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