

El pasado 28 de junio, El País publicó el testimonio de Andrea, una mujer rumana que llegó a España con 19 años engañada por quien decía ser su pareja. La obligaron a prostituirse durante cinco años en el polígono Marconi de Madrid. Cuando finalmente logró escapar, empezó un camino aún más largo: nueve años como testigo protegido hasta conseguir que sus explotadores fueran condenados a penas de 10 y 12 años de cárcel.
Este caso deja varias cosas claras:
La explotación no siempre necesita cadenas. Las mafias han aprendido que basta con amenazar a la familia de la víctima o retener su pasaporte para anular su libertad. El miedo y el control psicológico sustituyen a la violencia física.
El sistema judicial revictimiza. Andrea tuvo que repetir su historia una y otra vez durante años, siendo cuestionada por pequeñas incoherencias fruto del trauma, mientras esperaba un juicio que se retrasó y se suspendió.
Sin acompañamiento real no hay salida posible. Como señalan desde las asociaciones que trabajan con víctimas, ofrecer solo un piso de acogida sin formación ni alternativas laborales no resuelve nada a largo plazo.
Detrás de cada condena hay años de silencio forzado. Cinco años de explotación, nueve de espera judicial: ese es el coste humano que pagan las víctimas para que se haga justicia.
Historias como la de Andrea son la razón por la que seguimos pidiendo un marco legal que aborde la prostitución desde la abolición y no desde la normalización. Mientras exista demanda y impunidad, seguirá habiendo mujeres captadas, amenazadas y explotadas.
Ayúdanos a hacer posible la abolición de esta esclavitud moderna.
change.org/AboliciónProstitución
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ARTÍCULO COMPLETO DEL DIARIO EL PAIS
El País, Domingo 28 de junio de 2026
Cinco años prostituida y nueve como testigo hasta la condena de sus explotadores
El testimonio judicial de las supervivientes es fundamental en los procesos contra los tratantes. Policías y asociaciones se centran en protegerlas y darles un futuro.
PATRICIA PEIRÓ
Madrid
Andrea tiene tatuado en el brazo un ave fénix y la fecha en la que escapó de sus captores. Ella pasó cinco años en las calles del polígono Marconi, uno de los epicentros de la esclavitud sexual en Madrid. Llegó a España desde Rumanía con 19 años engañada por quien creía que era su novio y la puso a trabajar en la calle, al servicio de los puteros, desde el primer día.
Durante esos años, sobrevivió a base de bebidas energéticas y tabaco. Tenía que escuchar cada día que no valía ni siquiera para “ser puta”. No hicieron falta cadenas para que siguiera en la calle, bastó con amenazas a su familia en su país de origen. Un día, hace nueve años, algo cambió y decidió echar a correr. Pero no sabía que ese era solo el inicio de un largo camino para hacer justicia con sus proxenetas. Cinco años explotada y nueve como testigo protegido, ese es el precio.
En los juicios por trata y por delitos relacionados con la prostitución, la declaración de las mujeres sigue siendo un elemento fundamental. Lo fue en 2021 para condenar a Cabeza de Cerdo, el proxeneta más salvaje y sanguinario que se recuerda, que sometió a todo tipo de barbaridades a cientos de mujeres y que no contaba con que una chica que era menor cuando la esclavizó iba a tener el valor de narrar su infierno frente a un juez. Aquella fue la primera vez que se aplicó la figura del testigo protegido en un proceso de trata de seres humanos.
Hasta llegar al juicio, las mujeres tienen que superar años de intimidación y miedo de que el sistema las deje tiradas una vez acabe todo. Durante ese tiempo, pierden su nombre y se convierten en testigos protegidos. Andrea se convirtió en TPI en los documentos policiales. “Esperé cinco años hasta mi juicio. Se suspendió una vez. En esos años tratas de borrar cosas de tu mente para protegerte. Y mientras tanto te preguntan, y cuenta esto, y cuéntalo otra vez. Tienes que repetir, te sientes revictimizada y luego te cuestionan porque no has dicho lo mismo que en la primera”, recuerda.
Los jueces no suelen aceptar la declaración grabada de las víctimas en la fase de investigación como válida en la vista oral y, a veces, tampoco entienden que estas declaraciones tengan que llevarse a cabo de forma telemática para que no se vean obligadas a coincidir en la misma sala con sus proxenetas. Por esa razón, la policía y las asociaciones especializadas reconstruyen y protegen a un ser humano que se va a enfrentar a los explotadores que las han amenazado con hacer daño a sus hijos. Un camino que no está exento de dificultades. Muchas desisten y regresan a su país de origen, creyendo que la distancia física las alejará del peligro. Otras se desvanecen y es imposible localizarlas.
Los primeros interrogatorios se celebran en una sala especial. Está decorada con cuadros hechos por niños, tiene juguetes y también dos cajas con pañuelos desechables. Allí es donde dos agentes especializadas como Estela y Natalia toman declaración a mujeres durante el tiempo y los días que ellas lo necesiten. A veces, las acompaña la abogada y miembro de la entidad contra la trata Amar Dragoste, Ana Sancha.
“Las asociaciones fueron las que nos recomendaron poner los pañuelos, porque en esta sala se llora mucho”, explica Víctor de las Heras, jefe de la Sección de Investigación de Trata de la Brigada Provincial de Extranjería de Madrid.
Una víctima llevó al banquillo a uno de los proxenetas más salvajes
Las mujeres superan años de intimidación y miedo a quedarse tiradas al final
El inspector De las Heras describe a las mujeres como “en constante alerta” y por eso necesitan un espacio en el que rebajar ese nivel de tensión. Sobre todo, porque en estas investigaciones es necesario llegar hasta el fondo. “Cuando tú tocas el dolor, lo conoces. Yo vine de investigar atracos y cuando llegué aquí me dijeron: ‘esto no va así, estas víctimas tienen sus tiempos’. Es muy importante tener un informe muy completo sobre ellas. Y luego reunir pruebas: las vigilancias, el dinero que ha pasado por las cuentas, la pizarra en la que están apuntados los servicios, los mensajes…”, dice el investigador.
“En mi caso esperaron dos años hasta que pude hablar”, dice Andrea. Los agentes, junto con la Fiscalía, tienen que lograr que todo lo que se escucha en esa sala con peluches y dibujos llegue a la del juicio. “Esto no es una declaración y luego nos vemos en el juzgado. En los años hasta que se celebra el juicio, las mujeres tienen nuestro teléfono, nos pueden llamar a las tres de la mañana, porque si han recibido una amenaza necesitan hablar a esa hora, no en horario de oficina”, sentencia De las Heras.
“Las mafias han ido aprendiendo que no hace falta violencia física para retener a una mujer. Si te dicen que saben que a las cinco sale tu hijo del colegio y además tu pasaporte está en un cajón con llave, ¿quién se atreve a moverse de esa casa? Pero eso hay que demostrarlo en un juicio. Hay que sensibilizar al juez, porque él solo tiene papeles, no ha estado en esa sala escuchando a esa mujer como nosotras hace cinco minutos”, recalca la abogada Sancha. “Por mucho que yo te explique que las mujeres trabajan en una habitación llena de literas con manchas enormes de humedad y un calor tremendo, tienes que vivirlo para entenderlo”, apunta Roberto, jefe de uno de los grupos de investigación.
En el momento de la denuncia, las mujeres necesitan algo más que una vivienda y protección: “Si no das capacitación y alternativas laborales, no vale para nada tenerla dos años en un piso”, señala Rocío Mora, directora de Apramp, la entidad en la que ahora trabaja Andrea. “No tienen ni idea de quiénes somos, la policía en su país de origen es corrupta, nos cuesta horrores que confíen, pero es que todo eso forma parte de nuestro trabajo”, afirma.
Su compañera Estela menciona el caso de una mujer en el que trabajaron hace poco: “Llegan a normalizar un bofetón, un forzamiento sexual. ¿Os acordáis de —menciona un nombre—? Perdió 15 kilos en dos meses porque la obligaron a consumir drogas”.
Andrea aguantó y sus captores fueron condenados a 10 y 12 años de prisión. Para conseguirlo tuvo que revivir una vez más el engaño del que creía su novio y el infierno que vivió en las calles. “Ahora, por mi trabajo, vuelvo al sitio en el que me tenían a mí y pienso orgullosa: ‘De ahí salí yo’”.