Detengamos el avance del doblaje en el cine.

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NO AL DOBLAJE

            Semana a semana advertimos cómo el doblaje avanza en las pantallas de cine de la República Argentina. Cada vez más, la costumbre de doblar los estrenos no destinados exclusivamente al público infantil se constata como una política de las majors, distribuidoras y/o exhibidores para acostumbrarnos a ver cine de una manera determinada, que se ha impuesto en la mayor parte de América Latina, a la que se ve como un único mercado.

            Este curso de acción no es nuevo, ya en la década del 30 se intentó imponer el doblaje, lo que fue resistido por el público argentino. Ahora, poco a poco, ese resultado parece revertirse. Que películas como Gigantes de acero, Amanecer (de la saga de Crepúsculo), Capitán América o la última Batman se estrenen con más copias dobladas que subtituladas o que la versión doblada sea la única opción (como ocurre en el interior del país o en zonas Sur y Oeste del GCBA) nos habla de esa política deliberada y en cierto punto discriminadora.

            ¿Qué podemos hacer? Hacernos oír. Como consumidores podemos reclamar que al menos un determinado porcentaje de las copias de estreno sea subtitulado (incluso en las películas de animación, cada vez menos pensadas de manera exclusiva para el público infantil). Hoy no tenemos opción y lo cierto es que tenemos derecho a ello. El tema excede los gustos personales, hay determinados valores que, incluso, justificarían algún tipo de regulación estatal para proteger derechos de alta valía que la aludida práctica está afectando.

            En primer lugar, porque se vulnera la integridad de la obra artística. Qué duda cabe de que la voz, la palabra y la entonación forman parte sustancial del trabajo actoral y que muchas veces constituyen el corazón mismo de una película. Los picantes y vertiginosos duelos verbales de Cary Grant y Katharine Hepburn en los clásicos de Hollywood de los años cuarenta o la sensual voz de Scarlett Johansson en la reciente Ella (Her) son el testimonio más evidente de ello.

            En segundo lugar, como se dijo, porque la imposición del doblaje afecta los derechos del consumidor ya que cercena su derecho a elegir ver una película como desea, en especial, cuando la opción es por la versión tal cual fue pensada y realizada por su autor.

            Finalmente, porque mediante la política que cuestionamos se afectan derechos que tienen que ver con la educación y formación de niños, niñas y adolescentes, más allá de la subestimación que ello implica. Antes, el deseo de aprender a leer mejor y más rápido era impulsado por la posibilidad de seguir adecuadamente las películas que veíamos en el cine. Al  principio, en el comienzo de ese periplo, incluso la incompleta comprensión de los textos nos impulsaba a aguzar la inteligencia, incorporando otras herramientas que tienen que ver con el lenguaje no verbal, estrictamente cinematográfico.

            El avance del doblaje hiere, contamina, enferma y a veces destruye obras de arte concebidas de una manera determinada. Es parte de una política que tiene que ver con la obtención de mayores dividendos, restringe nuestra posibilidad de elección e intenta transformarnos en pasivos consumidores de productos cada vez más lineales y menos ricos o profundos. No sabemos si todavía estamos a tiempo, pero quienes amamos el cine deberíamos hacer oír nuestras voces. De otro modo, no es exagerado pensar que en un futuro no tan lejano será casi imposible ver en una sala cinematográfica películas completas, tal como las concibieron sus creadores.

           

Es por eso que PROPONEMOS:

1)   HACERNOS OÍR. Parte del avance sucedido tiene que ver con nuestro silencio involuntariamente cómplice. Para juntar fuerzas hemos decidido generar esta propuesta.

2)   Ese es el punto de partida para pensar en una INICIATIVA POPULAR (art. 39 de la Constitución Nacional), tendiente a: I. Que se regule la posibilidad de estrenar en copias dobladas las películas calificadas como sólo aptas para mayores de 13, 16 y 18 años. II. Que se disponga un porcentaje mínimo de copias subtituladas para su estreno local, en todos los casos.

 

            El camino es largo, y el procedimiento previsto estricto y burocrático (Ley 24.747), pero confiamos en que, incluso en ese devenir, el planteo del asunto, si sumamos suficiente fuerza, puede servir para que el presente y el futuro sean un poco menos ominosos en lo que a este punto respecta.

                                                    Fernando E. Juan Lima

                                                           Sergio M. Napoli

 



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