El Ministerio de Educación envió alguien para romper la huelga por todos los medios.
Lo único que logrará es complicar las cosas, hasta tanto no se ponga una traba al funcionamiento de la universidad como un espejo del mercado financiero y sus juegos de especulación: costos inflados, invesiones fantasmas, endeudamiento descomunal no para saldar deudas sino para profundizarlas. ¿Si son los mismos gestores y managers los que llevaron a la quiebra a la universidad, no es hora de buscar otra forma de manejo de los recursos? La urgentísima necesidad -que ya no es de precariedad sino de superviviencia- de pagar lo adeuadado a los trabajadores de la universidad, deja igualmente abierta la pregunta: ¿no es hora ya de ensayar una forma mancomunada de copropiedad, luego del estrepitoso fracaso de ese modelo bancario? Al final del día, la gravísima situación de la Autónoma no es sólo un problema para sus trabajadores. Es algo común. Es un problema social, que no solo concierne a los profesores y alumnos de las otras universidades, sino que rebasa la frontera universitaria. Franco Berardi decía hace poco en entrevista publicada en El Tiempo que la filosofía, el pensamiento, es la amistad del cerebro con el caos. Eso es lo que está en juego en todo esto: la creación de amistades de cerebros y cuerpos con el caos. Un caos productivo que enfrente la expropiación bancaria que se cierne sobre las formas en que una sociedad se conoce a sí misma y al mundo.