

Carta abierta para católicos desorientados
En toda batalla espiritual hay una línea que nunca se debe cruzar, y es la que separa lo negociable de lo sagrado.
Durante la reforma constitucional de Santa Fe, esa línea se cruzó. Y lo más doloroso es que no lo hicieron enemigos declarados de la Iglesia, sino quienes deberían haberla custodiado.
En diciembre de 2024, mientras el oficialismo promovía la eliminación del artículo que reconoce el carácter católico de la provincia, el arzobispo Sergio Fenoy publicó un documento donde afirmó que *“es inadmisible que el Estado sea confesional”. Esta declaración repetida por los medios como dogma laico, fue acompañada por frases aún peores: _*“La provincia no puede ser de ninguna manera católica”_ y “*El artículo 3 es anacrónico”.*
Palabras como estas desconciertan al fiel de a pie y obligan a los católicos con formación a discernir con seriedad. Porque en la Iglesia, llamar algo anacrónico no es inocente. Lo que algunos desechan por viejo, nosotros lo cuidamos por sagrado porque es herencia que se mantiene viva en nosotros. Y cuando un obispo usa el lenguaje del mundo para hablar de la Iglesia, en lugar de evangelizar el mundo, termina secularizando a la Iglesia.
Poco después, el mismo arzobispo envió a su obispo auxiliar a un acto público con miembros de la masonería. Los medios lo mostraron como un gesto de apertura y tolerancia, pero a los ojos del pueblo fiel fue una señal de confusión.
Ni lerdo ni perezoso, el gobierno de Pullaro hizo su lectura: “Si la Iglesia relativiza su presencia en la Constitución, vamos a poder borrarla sin problemas”. Y así fue, porque el dictamen de mayoría no incluyó ni una mención a la fe católica, y el arzobispo quedó en una posición incómoda.
Pero la Providencia escribe en renglones torcidos. Lo que no se esperaba fue la reacción del pueblo fiel. Una carta firme y respetuosa del grupo Juntos por Santa Fe le recordó al pastor que sus ovejas esperan claridad en la fe, fidelidad a la historia, valentía frente al poder.
Y a partir de allí, el discurso cambió. El mismo prelado que antes hablaba de “inadmisibilidad”, ahora “pide humildemente” que se reconozca a la Iglesia. El que decía que “la provincia no puede ser de ninguna manera católica”, ahora afirma que “no se busca privilegio, sino memoria y respeto”. El que llamaba al artículo 3 “anacrónico”, ahora declara que “le da pena” que se lo haya eliminado.
En tiempos como estos, cuando hay tensiones con la jerarquía, conviene recordar que los obispos no son los dueños de la fe, son sus custodios. Y los laicos cuando oramos, estudiamos, nos formamos y nos organizamos con respeto, tenemos no solo el derecho, sino el deber de hablar.
Una de las cosas más lindas de ser católicos es que podemos discernir, conversar y discutir juntos. Claro que hay verdades intocables, como los dogmas de fe, pero también hay muchas cuestiones donde podemos opinar distinto, compartir miradas y buscar lo mejor. Esa Iglesia viva, en movimiento, es la que nuestro querido Papa Francisco animaba cuando decía a los jóvenes: “¡Hagan lío!” Porque no hay nada más católico que una fe vivida con entusiasmo, libertad y amor por la verdad.
Por eso esta crisis no debe entristecernos, sino despertarnos. Porque este momento nos encontró dormidos, cómodos, con la fe rutinaria y la conciencia anestesiada. Pero la Providencia, que nunca falla, nos sacudió. Y ahora nos obliga a elegir: o defendemos lo que creemos, o nos resignamos a perderlo.
Ya no basta con decir “soy católico”, porque la fe no es un adorno para la vida social. La fe es fuego, es el Cuerpo de Cristo entregado cada día en el altar. Y como decía Carlo Acutis, la Eucaristía debe ser el centro de nuestra vida: en el trabajo, en la familia, en la caridad, y en el ejemplo.
Porque si hoy Santa Fe es una provincia grande, de brazos abiertos, con vocación de trabajo, de solidaridad y de futuro, es gracias a católicos que no se conformaron con parecerlo, sino que lo vivieron con coraje y compromiso. Y gracias a ellos, esta provincia se llama *la Invencible.*
Hoy nos toca a nosotros. No solo defender la memoria, sino recuperar el centro. Buscar la santidad como una urgencia cotidiana. Es decir, ser católicos en serio.