

Por la inclusión del término “berlanguiano” en el DRAE.


Por la inclusión del término “berlanguiano” en el DRAE.
El problema
«¡Qué bonito -y cuán justo- resultaría que, calculando a ojo de buen cubero, volviéramos la página 210 de la futura y vigésimo tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española, y leyésemos:
BERLANGUIANO, NA. adj. Propio y característico de Luis García Berlanga, o que tiene semejanza con el estilo de las obras de tal cineasta.
Con retraso, pero a tiempo por una vez, vendría a reconocerse en vida del autor la invención de algo. En este caso, la de la fórmula que ha valido para sacarnos la mejor fotografía nacional, la más ajustada a nuestra realidad de hoy, tan implacable como cualquier leyenda negra pero, al mismo tiempo, entrañable y graciosa como ninguna.
Nadie desde el siglo de Oro, o desde don Mariano José de Larra, por lo menos, nos ha dibujado tan bien. “Del llanto a la risa y de la risa al llanto... Es el trecho que recorre, apenas sin moverse, el alma aporreada de este país... ¿Qué país?... Pues el que ustedes prefieran, en el que se sientan más cómodos... Valen ambos. Un trecho que han recorrido jocosamente desde la letra de Quevedo, el cojo, hasta la de Valle, el manco, de la tragedia del ?miré los muros de la patria mía', a la comedia agria, sórdida y jodida de la España berlanguiana...”, ha escrito alguien.
Y se ha llegado más lejos aún: “No somos como somos, sino como nos cuenta Berlanga a golpe de genio...”. De ahí que, según otros, “si un marciano recién llegado preguntara qué es España, bastaría con que se le mostraran unas cuantas películas del valenciano”.
Desde Bienvenido, Mr. Marshall, Plácido o El verdugo, visiones más o menos antiguas de nuestra realidad tales como “arnichesca”, “solanesca” e incluso “goyesca”, parecen hoy insuficientes, primitivas, desfasadas. Nos miramos al espejo de La escopeta nacional y todas quedan un tanto anchas, estrechas o, simplemente, tiran de la sisa.
Berlanguiano, o berlanguiana, es el adjetivo con que, desde las páginas de la prensa, desde las de un libro y, por supuesto, en la misma calle, se califica desde hace mucho ya a un personaje, a una situación o a un hecho que reconocemos propios y característicos de nuestra peculiar forma de movernos y comportarnos en la vida. De un brochazo, queda reflejada la repulsa, el ridículo, una buena dosis de indulgencia, otro tanto de comprensión, algo de jarana con gotas de amargura y, muy escondido, casi imperceptible a primera vista, un cierto orgullo también.
Sin especificar, porque no andamos sobrados de espacio ni este comentario implica una relación doctoral, tales adjetivos han servido recientemente para referirse a hechos tan diferentes como puedan serlo una rueda de prensa multitudinaria, una serie de televisión, un desahucio llevado en términos de barullo vecinal, un supuesto milagro, una ceremonia solemne sin chisteras pero con bandas de música, la visita del mismo Comité Olímpico que habría de rechazarnos en Copenhague después, al etarra que temía ser atacado por el personal en Barajas, al proyecto internacional que iba a redimir la paramera monegrina, un viaje colectivo y optimista, una muñeca hinchable del corte de la de Tamaño natural, personajes como las “misses” de un concurso provinciano o una marquesa de la calle de Serrano que discute con su chófer y, por concluir con una relación que podría extenderse ad infinitum, el trasiego de cadáveres y esqueletos ordenado por determinado y afanoso juez.
Todo ello, claro está, sin detenerse en áreas tan cercanas como puedan ser el cine o el teatro, donde a menudo se habla de que tal película o tal pieza ofrecen concomitancias directas con el común denominador berlanguiano -es decir, su famoso estilo-, por razones de argumento, tono y personajes. Se habla de una comedia berlanguiana a la gallega, a la cubana, o de que la versión del Tirant lo Blanc de Bieito, representada en Berlín, “parecía un festejo de moros y cristianos”.
Ejemplos inmediatos de semejante tendencia es la acogida, muy positiva dicho sea de paso, otorgada a la representación de El Pisito, que antes fuese novela de Azcona y película del italiano Ferreri. Tanto su adaptador, Bernardo Sánchez, como el director, Pedro Olea, y los críticos en general, han venido a reconocer de buen grado que aun cuando nuestro hombre no tenga nada que ver con aquellos orígenes, su acento en la escena resulta omnipresente.
Y a la hora de enjuiciar el último estreno de Alonso de los Santos, La cena de los generales, comedia ácida, que enfrenta a las dos Españas junto a los fogones de un gran hotel, cierto crítico ha sentenciado: “Tiene la profundidad, la ligereza, la gracia y el recorrido del mejor Berlanga, sus largos planos secuencia, su paladar agridulce, su estructura coral...”
Pero no sólo fueron imágenes lo grabado para siempre en la memoria de los espectadores. También quedaron los diálogos correspondientes, en particular aquellos de Bienvenido, Mr. Marshall, con tanto acierto diseñados por Mihura a mayor honor y gloria de la película y de su realizador, según buena ley. “Ozú”, por toda respuesta, o “Como alcalde que soy os debo una explicación...” -frase que suele apoyarse con gestos a la manera de los del gran Isbert-, han acabado por pasar al lenguaje de la calle, sea o no andaluz quien los adopte, y venga o no a cuento la municipal arenga. Ojalá que algunos munícipes de hoy tomaran buena nota de la misma.
Lo dicho. Cuando aparezca la nueva edición del Diccionario de la R.A.E., busquen en la página correspondiente. A lo mejor, y por una vez, suena a tiempo la flauta del reconocimiento.»

Acacia Núñez RodríguezCreador de la petición
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El problema
«¡Qué bonito -y cuán justo- resultaría que, calculando a ojo de buen cubero, volviéramos la página 210 de la futura y vigésimo tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española, y leyésemos:
BERLANGUIANO, NA. adj. Propio y característico de Luis García Berlanga, o que tiene semejanza con el estilo de las obras de tal cineasta.
Con retraso, pero a tiempo por una vez, vendría a reconocerse en vida del autor la invención de algo. En este caso, la de la fórmula que ha valido para sacarnos la mejor fotografía nacional, la más ajustada a nuestra realidad de hoy, tan implacable como cualquier leyenda negra pero, al mismo tiempo, entrañable y graciosa como ninguna.
Nadie desde el siglo de Oro, o desde don Mariano José de Larra, por lo menos, nos ha dibujado tan bien. “Del llanto a la risa y de la risa al llanto... Es el trecho que recorre, apenas sin moverse, el alma aporreada de este país... ¿Qué país?... Pues el que ustedes prefieran, en el que se sientan más cómodos... Valen ambos. Un trecho que han recorrido jocosamente desde la letra de Quevedo, el cojo, hasta la de Valle, el manco, de la tragedia del ?miré los muros de la patria mía', a la comedia agria, sórdida y jodida de la España berlanguiana...”, ha escrito alguien.
Y se ha llegado más lejos aún: “No somos como somos, sino como nos cuenta Berlanga a golpe de genio...”. De ahí que, según otros, “si un marciano recién llegado preguntara qué es España, bastaría con que se le mostraran unas cuantas películas del valenciano”.
Desde Bienvenido, Mr. Marshall, Plácido o El verdugo, visiones más o menos antiguas de nuestra realidad tales como “arnichesca”, “solanesca” e incluso “goyesca”, parecen hoy insuficientes, primitivas, desfasadas. Nos miramos al espejo de La escopeta nacional y todas quedan un tanto anchas, estrechas o, simplemente, tiran de la sisa.
Berlanguiano, o berlanguiana, es el adjetivo con que, desde las páginas de la prensa, desde las de un libro y, por supuesto, en la misma calle, se califica desde hace mucho ya a un personaje, a una situación o a un hecho que reconocemos propios y característicos de nuestra peculiar forma de movernos y comportarnos en la vida. De un brochazo, queda reflejada la repulsa, el ridículo, una buena dosis de indulgencia, otro tanto de comprensión, algo de jarana con gotas de amargura y, muy escondido, casi imperceptible a primera vista, un cierto orgullo también.
Sin especificar, porque no andamos sobrados de espacio ni este comentario implica una relación doctoral, tales adjetivos han servido recientemente para referirse a hechos tan diferentes como puedan serlo una rueda de prensa multitudinaria, una serie de televisión, un desahucio llevado en términos de barullo vecinal, un supuesto milagro, una ceremonia solemne sin chisteras pero con bandas de música, la visita del mismo Comité Olímpico que habría de rechazarnos en Copenhague después, al etarra que temía ser atacado por el personal en Barajas, al proyecto internacional que iba a redimir la paramera monegrina, un viaje colectivo y optimista, una muñeca hinchable del corte de la de Tamaño natural, personajes como las “misses” de un concurso provinciano o una marquesa de la calle de Serrano que discute con su chófer y, por concluir con una relación que podría extenderse ad infinitum, el trasiego de cadáveres y esqueletos ordenado por determinado y afanoso juez.
Todo ello, claro está, sin detenerse en áreas tan cercanas como puedan ser el cine o el teatro, donde a menudo se habla de que tal película o tal pieza ofrecen concomitancias directas con el común denominador berlanguiano -es decir, su famoso estilo-, por razones de argumento, tono y personajes. Se habla de una comedia berlanguiana a la gallega, a la cubana, o de que la versión del Tirant lo Blanc de Bieito, representada en Berlín, “parecía un festejo de moros y cristianos”.
Ejemplos inmediatos de semejante tendencia es la acogida, muy positiva dicho sea de paso, otorgada a la representación de El Pisito, que antes fuese novela de Azcona y película del italiano Ferreri. Tanto su adaptador, Bernardo Sánchez, como el director, Pedro Olea, y los críticos en general, han venido a reconocer de buen grado que aun cuando nuestro hombre no tenga nada que ver con aquellos orígenes, su acento en la escena resulta omnipresente.
Y a la hora de enjuiciar el último estreno de Alonso de los Santos, La cena de los generales, comedia ácida, que enfrenta a las dos Españas junto a los fogones de un gran hotel, cierto crítico ha sentenciado: “Tiene la profundidad, la ligereza, la gracia y el recorrido del mejor Berlanga, sus largos planos secuencia, su paladar agridulce, su estructura coral...”
Pero no sólo fueron imágenes lo grabado para siempre en la memoria de los espectadores. También quedaron los diálogos correspondientes, en particular aquellos de Bienvenido, Mr. Marshall, con tanto acierto diseñados por Mihura a mayor honor y gloria de la película y de su realizador, según buena ley. “Ozú”, por toda respuesta, o “Como alcalde que soy os debo una explicación...” -frase que suele apoyarse con gestos a la manera de los del gran Isbert-, han acabado por pasar al lenguaje de la calle, sea o no andaluz quien los adopte, y venga o no a cuento la municipal arenga. Ojalá que algunos munícipes de hoy tomaran buena nota de la misma.
Lo dicho. Cuando aparezca la nueva edición del Diccionario de la R.A.E., busquen en la página correspondiente. A lo mejor, y por una vez, suena a tiempo la flauta del reconocimiento.»

Acacia Núñez RodríguezCreador de la petición
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Petición creada en 18 de diciembre de 2010