

A 89 años de la muerte de Lola Mora han triunfado una vez más la mezquindad, la cobardía, la necesaria grieta. A pesar de los esfuerzos por acercar sus obras a la ciudadanía las vemos, una vez más, alejándose.
Ayer encerraron a los leones de Lola Mora, para resguardarlos de aquellos que pensó conmover cuando esculpía la piedra. Nunca más serán de tantas personas como lo fueron mientras descansaron en la plaza que toma su nombre.
Encerrarlos es consecuencia de la franca decadencia de las instituciones, representantes de una sociedad resquebrajada por fantasmas que hacen del otro (siempre es otro) una amenaza.
Encerrarlos es desconocer que, en sus propias palabras, “(…) son un nexo entre el pasado y el presente (…) Que plantean al ciudadano los ideales o mentalidades de aquellos que los erigieron al ser una referencia paradigmática con la que se “construye una historia” y tienen además una finalidad pedagógica y una capacidad de recordación intencional que influye por sus símbolos y alegorías y por su emplazamiento en el imaginario urbano.”(Decreto 769/2019).
Encerrarlos es ignorar la potencia de la obra, que además de aportar belleza sostiene la trama comunitaria alrededor de una alegoría de la fuerza, y que no hay imitación que pueda replicar ese efecto.
NO ENCIERREN A LOS LEONES, pero si lo hacen, sepan que esta es la pérdida a la que nos someten.
No se trata solo de una estatua, aunque ahora vaya a convertirse en eso.