
Si yo fuera Ministro, me costaría mucho llevar dos semanas anunciando lo mismo.
Me daría un poquito de vergüenza no tomar medidas drásticas e inmediatas mientras mis homólogos europeos están sacando pecho.
Si yo fuera Ministro, no seguiría discutiendo nuevas medidas de apoyo a los sectores más vulnerables. Las habría decidido, redactado, firmado y enviado.
Me alegraría, eso sí, de que no haya reducciones en los salarios de los funcionarios. Pensaría, sin duda, en la increíble contradicción que suponen los recortes en la sanidad pública, que ahora es tan aplaudida...
Pero volvería a la responsabilidad de mi trabajo de forma inmediata. Porque no es el momento de lamentarse. No es, por supuesto, señora Ayuso, el momento de atacar con vileza. Eso no lo pueden hacer los representantes públicos. Dimita, y quéjese todo lo que le plazca.
Si yo fuera Ministro, no permitiría que hubiera discusiones a mi alrededor sobre qué medidas tomar: sería contundente y preciso. Porque estamos en una situación de alarma nacional. Y eso lo cambia todo. Si yo fuera Ministro, dejaría a un lado todo sesgo político, y me centraría más bien en lo que necesita, de verdad, la gente para la que trabajo.
Yo no permitiría que se celebrara una reunión extraordinaria el viernes. ¿Otra reunión? ¿Más tiempo? ¿Hay algún otro tema en este momento que no sea resolver la hecatombe económica que va a arreciar en breve, ser útil, apoyar, poner al servicio de España todas las herramientas al alcance de los gobernantes? ¿Hace falta más tiempo? ¿O más humanidad?
Pero no soy Ministro. Soy filolólogo. Soy, casi, nada. Soy, eso sí, autónomo. No sé qué haré para pagar impuestos y cuotas y alquileres ante la inacción de mi gobierno. Sólo me queda abrir mucho los ojos y escribir que, si yo fuera Ministro, esto no estaría sucediendo.
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