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Hijos competitivos o hijos felices: ¿qué queremos?

Eva Bailen
Tres Cantos (Madrid), Spain

Oct 30, 2018 — 

Cuando empecé esta campaña por la racionalización de los deberes, mi principal motivación venía de la necesidad de ver feliz a mi hijo. Pero, en realidad, la felicidad está subestimada, desvirtuada. Cuando yo contaba en el 2015, al arrancar esta campaña, que mi hijo no estaba teniendo una infancia feliz, porque tenía hasta tres horas de deberes después del colegio, porque no tenía tiempo libre y que con ese ritmo de vida estaba estresado, solo unos pocos lo entendían. Parece imposible que un niño pueda estar estresado, parece mentira que el colegio y sus obligaciones habituales le puedan quitar la felicidad. Tardé tiempo en darme cuenta, en ser consciente de que su infancia solo sucedía en las vacaciones de verano, porque durante el curso no le dejábamos ser él mismo, no le dejábamos ser niño.

Por otra parte, en nuestra sociedad, cuando pensamos en un niño feliz tendemos a pensar en un niño consentido, al que se le da todo, que está colmado de regalos y caprichos, al que no se le ponen límites. Pensamos que un niño feliz no reconoce el valor y la satisfacción de superar un reto con esfuerzo. Estoy convencida de que ningún niño es feliz así. En el fondo, los niños necesitan tan poco para ser felices que desde nuestra perspectiva de adultos no lo comprendemos. Los niños, una vez cubiertas sus necesidades básicas, solo precisan cariño, saberse queridos y aceptados por sus figuras de apego: sus padres, sus maestros, sus familiares. Y, sobre todo, necesitan tiempo para jugar y descubrir por ellos mismos, aprender desde su curiosidad y no desde la imposición de deberes interminables, contenidos extenuantes y exámenes que les obligan a memorizar y mecanizar contenidos.

Creo que los adultos nos hemos acostumbrado a vivir un tanto amargados. Subestimamos tanto la importancia de la felicidad que cuando se trata de niños está hasta mal visto que un padre diga que quiere que su hijo sea feliz. Y si se trata de un adolescente, peor aún. Es un secreto a voces: es instintivo desear la felicidad de nuestros pequeños, por lo que todos lo deseamos, pero a la vez es casi un tabú el reconocerlo. Así que preferimos fingir que no queremos que nuestros hijos sean felices.

Muchos jugamos un juego en el que parece que lo que los padres queremos es que nuestros hijos sean competitivos, que saquen buenas notas, que sepan inglés y, si es posible, también chino y alemán. Queremos que sepan lo que sabemos nosotros, y también lo que no sabemos. Queremos que estudien, que memoricen, que aprueben exámenes, pero con buenas notas, que no vayan justitos para que puedan ir a la universidad, porque queremos un futuro de éxito para ellos, y pensamos que eso es la felicidad. Esa es nuestra ridícula versión de la felicidad.

Cuando arranqué esta campaña cambié por completo mi percepción de la educación. La educación no puede estar por encima del bienestar emocional de un niño, no puede estar por encima de su felicidad. La educación debe ser un medio para alcanzar los sueños de cada uno, para crear una sociedad más justa, para descubrir el talento de cada niño. Sí, la educación debe conducirnos a la felicidad. A una felicidad de autorrealización, no de regalos, teléfonos móviles y consolas. La educación nos debe permitir no perder la creatividad, ni la curiosidad, ni las ganas de aprender y vivir. Si la educación nos quita eso, ha fracasado como sistema, hemos fracasado todos, porque si algo es cierto es que educamos todos. La educación no es solo un asunto de padres, madres y docentes. No, la educación debería ser una prioridad social. Acabar con el temario, con los contenidos inabarcables que el sistema impone a nuestros docentes y a nuestros hijos no puede ser más importante que la sonrisa de un niño.

Es más amable desear que un niño sea resiliente que desear que sea feliz. La resiliencia es necesaria para sobreponernos de los contratiempos de la vida, de las etapas más duras. Personalmente, creo que a muchos nos queda grande la resiliencia: por suerte, no hemos vivido conflictos bélicos, ni catástrofes naturales muy graves. Muchos ni siquiera hemos pasado por una grave enfermedad, por lo que nuestra resiliencia se basa en superar el día a día, los pequeños o grandes fracasos.

Una de las cosas que más me molestaban que me dijeran en aquella época horrorosa de los deberes interminables era que mi hijo tenía baja tolerancia a la frustración. Creo que es algo así como decir que no era resiliente. No me molestaba porque no pensara que el niño tenía que ser capaz de superar las frustraciones, sino porque esa excusa es perfecta para seguir machacando a un niño que no es feliz, y que por lo tanto está frustrado. Hay que distinguir frustraciones. Algunas nos suponen un reto para mejorar, y otras nos pueden llevar a abandonar nuestros sueños. Vivir frustrado es lo contrario a tener una vida feliz. Me gusta decir que las frustraciones hay que superarlas, no tolerarlas.

Los hijos nos enseñan mucho: yo he aprendido con cada uno de ellos. He descubierto y he cambiado tanto mi forma de pensar, de entender e imaginar la educación que he llegado a desear un cambio educativo que se centre más en las personas y menos en los intereses económicos y políticos. Tenemos que olvidarnos de la educación arcaica que recibimos, dejar de mirar al pasado y empezar a mirar al futuro. La felicidad no está reñida con el aprendizaje, la letra no entra con sangre. La letra entra con emoción, con pasión y con curiosidad.

Y ahora, en mi libro Re:educación quiero seguir contando por qué nuestro sistema no funciona y por qué los deberes abusivos llevan a nuestros hijos a ser infelices, a vivir frustrados y a aborrecer estudiar. Puedes apoyar la publicación de este libro en este enlace, y poner un granito de arena más para empezar a centrar la educación en la felicidad de nuestros hijos.

HAZTE MECENAS DE MI LIBRO RE:EDUCACIÓN AQUÍ: https://libros.com/crowdfunding/re-educacion/


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