Petition update¡Libertad para Boris Kagarlitsky y tod@s l@s pres@s contrari@s a la guerra!Nueva carta de Boris Kagarlitsky desde la cárcel rusa
Boris Kagarlitsky International Solidarity CampaignNew York, NY, United States
Apr 23, 2024

En una nueva carta desde una cárcel en Rusia, Boris Kagarlitsky habla de la necesidad de una alternativa a la «lógica individualista del liberalismo moderno y a la agresividad totalitaria del nuevo conservadurismo».

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El mundo multipolar de Thomas Hobbes

Un signo de una celda acomodada y financieramente segura en las prisiones rusas es hoy en día la presencia de un televisor, que suele ir acompañado de un frigorífico. El televisor no sólo no me satisface, sino que me atormenta, como ya he escrito muchas veces. Las voces airadas y estridentes de los propagandistas cortan literalmente los oídos, y el humor vulgar provoca ataques incontrolables de náuseas. Pero hay un efecto positivo de la televisión constantemente encendida. Puedes hacerte, científicamente hablando, una idea del discurso dominante.

Especialmente en este sentido me gusta el programa de Norkin «Mesto Vstrechi» [Lugar de encuentro] en el canal NTV. Aquí te explican de forma inteligente, tranquila y sin la histeria típica de otros programas por qué es correcto y necesario matar a la gente, confiscar tierras y propiedades ajenas, restringir los derechos de todos los que no están de acuerdo con el gobierno actual. Todo muy benigno, con una sonrisa agradable, correcto y simpático.

Durante este programa, uno de los expertos invitados explicó a los presentadores y espectadores qué es un «mundo multipolar». Según el respetado experto, es un mundo en el que no hay reglas comunes ni restricciones morales, normas y principios, y cada uno hace lo que le resulta rentable y lo consigue en la medida de su poder. Los demás participantes en el programa asintieron con la cabeza y sonrieron amablemente. En efecto, por fin todo encajaba.

Para una persona con pocos conocimientos de filosofía, no es difícil adivinarlo: esta descripción de un mundo multipolar corresponde a lo que Thomas Hobbes llamaba «la guerra de todos contra todos». Este estado de cosas prevalecía en la Europa de principios de la Edad Moderna, y el pensador del siglo XVII no vio otra salvación al inevitable caos que tal situación engendraba inevitablemente que el establecimiento del rígido gobierno de una fuerza única capaz de imponer el orden aun a costa de coartar la libertad de alguien.

Leviatán, estableciendo su orden, hegemón y señor parece antipático, pero Hobbes no veía otra alternativa. De lo contrario, el mundo se sumiría en un caos sangriento. Desde los tiempos de Hobbes, la necesidad de mantener el orden ha justificado la existencia de la hegemonía de las principales potencias en las relaciones internacionales y, a medida que avanzaba la civilización, estas reglas se formalizaron en tratados y normas que pretendían garantizar no sólo los derechos de los fuertes, sino también proteger a los débiles y humanizar las prácticas políticas. En realidad, como sabemos muy bien, las potencias dirigentes, que se comprometen a observar y mantener el orden, ellas mismas lo rompen una y otra vez, inventando todo tipo de excusas hipócritas. Sin embargo, tener normas que se incumplen de vez en cuando sigue siendo mejor que no tener ninguna. Esto parecía obvio y todo el mundo lo reconocía.

Los opositores al orden y los alborotadores eran todo tipo de revolucionarios, anarquistas y radicales que prometían destruir el viejo «mundo de la violencia» para construir uno nuevo. Como sabemos, esto no siempre funcionó bien, pero no tanto por la destrucción del viejo mundo como porque el nuevo mundo que se estaba construyendo era sospechosamente parecido al viejo. Hoy, sin embargo, asistimos a una situación completamente nueva en la que el caos y la desestabilización no son sembrados por radicales y anarquistas, que ahora parecen bastante inofensivos, sino por conservadores convencidos que defienden los valores tradicionales.

A menudo su retórica suena casi revolucionaria, ya que constantemente escuchamos quejas sobre la injusticia del orden liberal. Quejas con las que es difícil no estar de acuerdo. Pero el problema es que esto no va seguido ni siquiera del pensamiento de la posibilidad de otras relaciones socioeconómicas. No sólo no se cuestionan las reglas fundamentales del capitalismo, sino que, por el contrario, se llevan al extremo, pues en este caso sólo importa la competencia.

Pero, ¿por qué los tradicionalistas y los conservadores están hoy dispuestos a sembrar el caos a una escala que ni los más ardientes anarquistas de los siglos XIX y XX podrían soñar? Al fin y al cabo, los anarquistas no tenían poder, y los revolucionarios, una vez tomado el poder, en su mayoría se defendían a sí mismos (por lo que rápidamente se convirtieron en estadistas más moderados interesados en jugar con las reglas que protegen su derecho a existir). Los políticos conservadores de nuestro tiempo son harina de otro costal. Tienen poder y recursos reales. Por eso pueden lanzar actividades destructivas casi sin restricciones.

El problema es que las prácticas y los valores tradicionales, que los conservadores intentan preservar o restaurar, contradicen desde hace tiempo la lógica de reproducción de la economía y la sociedad modernas. Como resultado, el tradicionalismo no sólo deja de ser una ideología para preservar el orden existente, sino que, por el contrario, se convierte en un instrumento de destrucción.

El liberalismo moderno está mucho más en consonancia con la lógica cultural del capitalismo tardío, como escribió Frederick Jamieson. Otra cuestión es si tiene sentido defender esta ideología y esta lógica. Y no se trata de los locos excesos del liberalismo moderno con su culto a las minorías y su demostrativo desprecio por los intereses y necesidades de la mayoría. Las condiciones de vida, las oportunidades sociales y las necesidades siguen cambiando, y la ideología liberal en la forma que ha adoptado a principios del siglo XXI está en crisis.

La respuesta a esta crisis, por supuesto, no es un régimen de competencia total combinado con la supresión represiva de todos los que no estén dispuestos a adherirse a los «valores tradicionales». La guerra de todos contra todos predicada por los ideólogos del «mundo multipolar» significa el fin no sólo de la civilización liberal, sino de cualquier civilización. La sociedad y las relaciones internacionales necesitan desde hace tiempo cambios, que sólo pueden basarse en una nueva cultura de la cooperación y la solidaridad, sin la cual será sencillamente imposible resolver los numerosos problemas que ya no se plantean sólo a escala nacional, sino también planetaria. Y la respuesta a esta situación difícilmente puede ser la aparición de un nuevo Leviatán, ahora global. La respuesta hay que buscarla en transformaciones sociales que permitan superar tanto la lógica individualista del liberalismo moderno como la agresividad totalitaria del último conservadurismo.

11.04.24 Zelenograd SIZO-12

Via Salvador López Arnal

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