Exigimos cumplimiento del Acuerdo de Paz en Colombia

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Cumplimiento del Acuerdo de Paz: un requisito esencial para asegurar la paz y garantizar los derechos humanos en Colombia

(English version below)

Las y los defensores de derechos humanos, académicos y ciudadanos abajo firmantes queremos expresar nuestra profunda preocupación frente al proceso de implementación del Acuerdo de Paz entre el Gobierno de Colombia y las FARC-EP, requisito esencial para asegurar la paz y garantizar los derechos humanos en Colombia.

Después de varios esfuerzos fallidos, el Gobierno y la guerrilla de las FARC-EP (que se transformó en el partido político Fuerza Alternativa del Común) lograron superar grandes dificultades para construir, firmar y darle piso jurídico a un Acuerdo de Paz. No obstante, la inseguridad generalizada que ha cobrado la vida de líderes sociales en todo el país y de excombatientes de esta guerrilla, la lentitud en el cumplimiento del Acuerdo por parte del gobierno, y la negligencia para atender las necesidades de los habitantes de las zonas afectadas por el conflicto amenazan la oportunidad histórica de construir una paz estable y duradera.

Desde la mesa de negociación de La Habana ya se anunciaba que la seguridad de quienes reivindican cambios en la estructura de desigualdad social del país por la vía democrática es requisito primordial para construir la paz. Sin embargo, los reportes de prensa señalan que desde el 2016 más de 186 líderes sociales han sido asesinados. En el último año se ha reportado el asesinato de cerca de 40 ex-combatientes así como un incremento en las amenazas e intimidaciones, generando una situación de incertidumbre para quienes optaron por dejar las armas y construir un proyecto político por vías legales. Estos casos de violencia en el Post-Acuerdo nos alertan sobre la posibilidad de repetición del genocidio político de los miembros y dirigentes de la Unión Patriótica, el partido político que surgió como resultado del acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y diferentes grupos guerrilleros, incluyendo las FARC, en 1986.  

Además de la falta de garantías del derecho a la vida y los derechos civiles y políticos, los líderes sociales, organizaciones campesinas y comunidades afro e indígenas también denuncian el lento cumplimiento del Acuerdo de Paz. Una situación que pone en peligro la estabilidad y consolidación de la finalización del conflicto. Es preocupante los intentos de obstaculizar medidas que garantizan la inclusión política de sectores históricamente excluidos y dificultar la reglamentación de la Justicia Especial para la Paz -JEP, mecanismo de justicia transicional que garantiza verdad para las miles de víctimas que ha dejado más de 50 años de conflicto armado interno. A esta crítica situación, se suma la lentitud en la formulación e implementación de planes de desarrollo con enfoque territorial y proyectos de desarrollo rural, la falta de interés frente a la implementación de acciones incluidas en el Acuerdo encaminadas a mejorar la equidad de género, el incumplimiento en la construcción de viviendas en los Espacios de Reincorporación y Capacitación así como la falta de servicios básicos de agua potable y de salud en estos espacios y la represión militar a campesinos en zonas cocaleras en donde se había concertado la eliminación voluntaria de cultivos, según el Acuerdo de Paz.

 Investigaciones académicas, reportes de organismos internacionales de derechos humanos y reportes de gobiernos que han enfrentado la terminación de conflictos armados y guerras civiles han señalado que la dejación de armas es solo el primer paso en la finalización de los conflictos. La dilación en el cumplimiento del Acuerdo de Paz como apuesta política, social y económica de toda la sociedad, que permita establecer bases sólidas para el desarrollo de los territorios afectados por la guerra y garantice la inclusión política de los grupos y sectores marginalizados debilita profundamente la consolidación de una paz estable y duradera.

 Este momento histórico, al que se están sumando otros grupos guerrilleros en mesas de negociación, surge como el más importante para construir una nueva noción de ciudadanía inclusiva e incluyente y proteger, respetar y garantizar los derechos humanos después de más de 50 años de guerra. Conocedores de la importancia de proteger el Acuerdo de Paz como una condición indispensable de construcción de justicia social y de garantía de los derechos humanos en Colombia, hacemos un llamado al gobierno Colombiano y a las organizaciones y gobiernos veedores a realizar acciones inmediatas y efectivas que garanticen el cumplimiento del Acuerdo. Solo así, el premio nobel de paz, otorgado al presidente Santos y ofrecido como tributo a todas y todos los colombianos que no se han rendido a la esperanza de una paz justa, tendrá sentido.

 

Fulfillment of the peace accord: a necessary condition for peace and human rights in Colombia

The human rights advocates, academics, and citizens listed below sign this letter to express our deep concern about the implementation of the peace accord between the Colombian government and the FARC-EP. The peace accord is necessary to ensure peace and guarantee human rights in Colombia.

Following several failed efforts, the government and the FARC-EP (now transformed into a political party, the Common Alternative Revolutionary Force) overcame enormous challenges to create, sign, and give legal standing to the Peace Accord. However, widespread insecurity leading to the murders of social movement leaders and guerrilla ex-combatants, government delays in implementing the accord, and negligence in attending to the needs of people living in areas affected by the conflict threaten this historic opportunity to build a real and lasting peace.  

It has been clear since the negotiations in Havana that the personal safety of those who call for the democratic transformation of structural inequality in Colombia is a prerequisite for building peace. Nevertheless, press reports indicate that more than 186 social movement leaders have been assassinated since 2016. In the last year, the murder of more than 40 ex-combatants, as well as the escalation of violence and intimation, has created uncertainty for those who have agreed to lay down their weapons and build a political project through lawful channels. This post-Accord violence alerts us to the possibility of a repeat of the political genocide of members and supporters of the Patriotic Union, the political party formed in 1986, following a Peace Accord with various guerrilla groups, including the FARC.

In addition to the failure to guarantee the right to bodily safety and civil and political rights, social movement leaders, peasant organizations, and Afro-Colombian and indigenous communities have denounced the slow fulfillment of the Peace Accord, which jeopardizes a stable and successful end to armed conflict. We are also concerned about the failure to legislate and implement the Special Justice for Peace (Justicia Especial para la Paz, or JEP), the transnational justice framework that guarantees truth for the thousands of victims of fifty years of internal armed conflict, as well as mechanisms for the political inclusion of historically excluded sectors. Compounding this critical situation are delays in formulating regional and rural development projects, the lack of interest to implement the actions included in the agreement to improve gender equality, the violation of the agreement to provide housing and basic services such as potable water and health care in the Training and Reintegration Spaces, and the military repression of peasants in coca-growing regions designated in the Peace Accord as areas for the voluntary elimination of illicit crops. 

Academic research and reports from international human rights organizations and governments that have faced the end of armed conflict and civil wars all demonstrate that laying down weapons is only the first step in ending conflict. The Peace Accord is a political, social and economic wager for all of Colombian society; they establish a solid foundation for the development of regions affected by the war and guarantee the political inclusion of marginalized groups. The delay in implementing the Accord profoundly weakens the creation of a real and lasting peace.

At this historic moment, and as other guerrilla groups join peace negotiations, it is crucial to build a new and inclusive notion of citizenship, and to protect, respect, and guarantee human rights in the wake of more than fifty years of war. Aware of how important it is to protect the Peace Accord as an indispensable condition for the construction of social justice and the defense of human rights in Colombia, we call on the Colombian government and on monitoring organizations and governments to take immediate and effective action to guarantee the fulfillment of the Accord. This is the only way that the Nobel Peace Prize—awarded to President Santos as a tribute to all of the Colombians who have not given up hope for a just peace—will have any meaning.

L’accomplissement de l’Accord de paix : une condition pour assurer l’existence de la paix et des droits de l’homme en Colombie

En tant que défenseurs des droits de l’homme, chercheurs universitaires et citoyens, nous voulons exprimer notre profonde inquiétude face à l’inaccomplissement de l’Accord de paix entre le Gouvernement de la Colombie et les FARC-EP, condition sine qua non pour assurer la paix et sauvegarder les droits de l’homme en Colombie.

Après plusieurs échecs, le Gouvernement et le mouvement guérillero, FARC-EP (transformé maintenant en parti politique, Fuerza Alternativa del Común), ont réussi á surmonter des énormes difficultés pour construire, signer et consolider une base juridique propre à un Accord de paix. Pourtant, l’insécurité généralisée régnante a crée un contexte où des leaders sociaux et des ex-combattants guérilleros ont trouvé la mort. De plus, la lenteur du gouvernement dans l’accomplissement de l’Accord, ainsi que sa négligence à l’égard des nécessités des habitants des zones affectées par le conflit, est devenue une menace contre l’opportunité historique de construire une paix stable et durable.

Depuis la table de négociation de La Havane on avait déjà annoncé que la sécurité de ceux qui revendiquent des changements dans la structure d’inégalités sociales du pays par la voie démocratique était une condition primordiale pour construire la paix. Néanmoins, les rapports de presse signalent que depuis 2016 plus de 186 leaders sociaux ont été assassinés. Pendant l’année en cours, il a été question de plus de 40 ex-combattants assassinés, ainsi que d’une augmentation de menaces et d’intimidations, ce qui a provoqué une situation d’incertitude dans ceux qui ont décidé de quitter les armes pour construire un projet politique par la voie légal. Ces cas de violence dans le Post-Accord servent d’alarme à l’égard de la possibilité de la répétition d’un génocide politique, comme celui commis contre les dirigeants de l’Union Patriotique, le parti politique qui a émergé au lendemain de l’accord de paix signé entre le gouvernement colombien et les différents mouvements guérilleros, les FARC inclus, en 1986. 

Nous voulons aussi souligner les dénonces des groupes de paysans et des communautés afro et indigènes à l’égard de la lenteur de l’Accord de paix. Cette situation met en danger la stabilité et la consolidation de la fin du conflit. Il est aussi préoccupant qu’il y ait de tentatives pour entraver la règlementation de la Justice Spéciale pour la Paix (JEP), mécanisme de justice transitionnel qui assure la vérité pour les milliers de victimes après plus de 50 années de conflit, ainsi que l’inclusion politique de secteurs historiquement exclus. À cette critique situation, il faut aussi ajouter la lenteur dans la formulation et implémentation des projets de développement agraire, le désintérêt concernant les actions comprises dans l’Accord visant l’amélioration de l’égalité de genres, la non-exécution de la construction de logements, d’infrastructure pour la gestion de services vitaux, comme l’eau et le services de santé, dans les Espaces de Réincorporation et de Capacitation, et la répression militaire envers des paysans dans les zones cocaleras où, selon l’Accord de paix, l’élimination volontaire avait été concertée.  

Des recherches universitaires, des rapports provenant d’organismes internationaux de droits de l’homme et des rapports des gouvernements qui ont fait face à des processus de transition après un conflit armé ou une guerre civile ont signalé que l’abandon des armes est seulement le début de la fin d’un long processus. Le retard dans l’accomplissement de l’Accord, un pari politique, social et économique de toute la société qui cherche à établir les bases suffisantes pour le développement des zones affectées par la guerre et qui assure l’inclusion politique des groupes et secteurs marginalisés, affaiblit la consolidation d’une paix stable et durable. 

Ce moment historique, auquel d’autres groupes guérilleros se sont joints dans des tables de négociation, émerge comme le plus important pour construire une notion de citoyenneté inclusive, pour ainsi protéger, respecter et assurer les droits de l’homme après plus de 50 années de guerre. Conscients de l’importance de protéger l’Accord de Paix comme l’une des conditions indispensables pour construire de la justice sociale et pour garantir les droits de l’homme en Colombie, nous faisons un appel au gouvernent colombien et aux organismes et gouvernements garants de l’Accord pour qu’ils exécutent des actions immédiates pour que cet Accord soit respecté. Seulement ainsi, le Nobel de la paix, remis au président Santos et aux colombiens qui n’ont pas perdu l’espoir d’une paix juste, aura un sens.



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