

Resulta difícil entender cómo, en pleno siglo XXI, cuando el debate mundial avanza hacia una mayor protección y consideración de los animales, todavía se planteen proyectos que profundizan modelos basados en su explotación para el espectáculo y las apuestas.
La propuesta de crear un hipódromo no puede analizarse únicamente desde la óptica económica o turística. También debe discutirse desde una perspectiva ética y social. Porque mientras organizaciones, activistas y parte de la ciudadanía luchan para erradicar prácticas que generan sufrimiento animal, se impulsa una iniciativa que va exactamente en sentido contrario.
Más llamativo aún resulta que esta iniciativa haya sido vista con buenos ojos por el presidente . Sin desconocer la importancia de promover inversiones o generar actividad económica, cabe preguntarse si se valoraron todas las implicancias que un proyecto de estas características tiene en materia de bienestar animal y si se escucharon las voces de quienes trabajan diariamente en esta temática.
También sería importante conocer la opinión de quienes hoy integran la Comisión de Bienestar Animal del departamento y de la Unidad de Bienestar Animal de la Intendencia de Maldonado. ¿Fueron consultados? ¿Participaron en la elaboración o evaluación de esta propuesta? ¿Respaldan la iniciativa? ¿Consideran que es compatible con las políticas de protección animal que se promueven desde distintos ámbitos?
Estas preguntas no buscan señalar ni atacar a nadie. Son interrogantes legítimas que surgen cuando una propuesta de este tipo aparece en un contexto donde la sociedad reclama cada vez más compromiso con el bienestar animal. El silencio también comunica, y por eso sería valioso conocer la posición de quienes tienen responsabilidades institucionales en la materia.
Quienes defienden estos proyectos suelen hablar de empleo, desarrollo y movimiento económico. Pero rara vez se habla de los animales que sostienen esa industria, de las lesiones, del descarte cuando dejan de ser rentables, o de las consecuencias que este tipo de actividades generan más allá de los números.
Qué modelo de sociedad queremos construir. ¿Uno que avance hacia formas de entretenimiento más acordes a los valores actuales de respeto y bienestar animal? ¿O uno que siga apostando a actividades que cada vez generan más cuestionamientos éticos?
Por eso, más que una discusión política, este debería ser un momento de reflexión. Un llamado a los legisladores, a las autoridades departamentales y a todos los actores involucrados para que escuchen a la ciudadanía, transparenten las decisiones y expliquen cómo una propuesta de estas características se compatibiliza con los discursos y compromisos asumidos en materia de bienestar animal.
Porque el verdadero progreso no debería medirse solamente por la cantidad de inversiones que llegan o de obras que se anuncian, sino también por la capacidad de construir una sociedad más ética, más consciente y más respetuosa con quienes no tienen voz para defenderse.