Sobre culturas crueles: la tauromaquia


Sobre culturas crueles: la tauromaquia
El problema
Excelentísimo señor Ministro de Cultura y Deportes
Espero que no te moleste que tras el obligado tratamiento con el que inicio esta carta me dirija a ti con menos prosopopeya, con la llaneza popular del tuteo. Lo hago en parte porque soy viejo, y los viejos tenemos esa tendencia, la de tutear a los jóvenes pese a las jerarquías. Además, vivimos una época en que se olvidan frecuentemente tratamientos más ceremoniosos, que se tildan incluso de ridículos. Antes, sin embargo, ocurría lo contrario, y esto que yo estoy haciendo era más propio de personas maleducadas. Y es que los tiempos cambian, y con ellos las costumbres. Unas veces para bien y otras para mal. Porque, como muy bien dices en tu discurso inicial:
La cultura somos nosotros, somos el traje que nos hemos puesto, la película que hemos visto, el libro que hemos leído, la música que nos ha acompañado en el taxi, el museo en el que hemos entrado y el aplauso en el campo de deportes al que hemos asistido. Todos somos consecuencias de un montón de acontecimientos culturales.
Efectivamente, la cultura es nuestra vida, nuestra forma de ser, ese traje al que aludes o la película..., no es necesario, claro está, que el traje sea de buena calidad ni que la película sea divertida e instructiva. Basta con que formen parte de nuestra vida.
Y con muy buena ortografía escribes esa palabra, “cultura”, con minúscula. Es algo cotidiano, habitual, algo que se repite, que no exige juicios de valor, apreciaciones éticas o cualquier otra matización que le dé un carácter singular.
Pero, sin duda, no es esa cultura la que merece un especial respeto. Todos los seres humanos y los animales, por supuesto, la poseen. Todos los pueblos que existen o han existido la tienen como algo propio, como un poso indeleble que les ha depositado su historia. Y aunque no merezca “especial respeto”, sí merece respeto. Si repasamos las costumbres de algunos pueblos africanos en donde se practicó o incluso se practica actualmente la antropofagia podemos extraer razones del porqué de sus comportamientos, eso estudia el relativismo antropológico.
No obstante, yo creo que para eso no hace falta un ministerio de Cultura, y como te congratulas mucho de que lo haya -me sigo refiriendo a tu discurso como nuevo ministro- entiendo que tus ideas son otras. Que no te vas a quedar en definir esa cultura de andar por casa, sino que buscas otra cosa distinta. Eso que dices también en tu susodicho discurso:
La cultura somos nosotros, la cultura de ayer, de hoy y de la que quiero que sea mañana. La cultura no puede ser de bandos, tiene que ser un orgullo de todos.
Aquí creo que tenías que haber escrito la referida palabra con mayúscula inicial, más todavía: toda con versales. Y es que hay que resaltar al máximo esa CULTURA que “tiene que ser un orgullo para todos”. Largo me lo fiáis, amigo, como decía el clásico. Un poco utópico me parece pero sólo por decirlo ya te admiro. No obstante, sería conveniente antes de marcar una meta tan lejana como la de que todos estén orgullosos de esa cultura, definir con mayor precisión qué es CULTURA. Y eso lo he echado en falta en tu discurso, por lo tanto lo voy a hacer yo, a ver si coincidimos. Eso espero.
Sin escribir un tratado, para lo que no es el lugar adecuado ni tampoco resulta necesario, yo definiría la Cultura por sus efectos en los seres humanos. Y estos efectos son de carácter instrumental, hedonístico y ético.
Instrumentos para la vida diaria son los conocimientos necesarios para desarrollar una profesión, un trabajo o para practicar una actividad deportiva. Son absolutamente necesarios, se pueden incluir en el acervo cultural de cada persona pero, en realidad, esto compete más al ministerio de Educación.
Para un ministerio de la Cultura yo creo que serán esenciales los hedonísticos. La Cultura no es algo que se adquiera de manera forzada ni sólo para trabajar. Es mucho más. El placer de leer buenos libros, de escuchar música de calidad, de gozar de la Naturaleza, del arte (del auténtico, del que crea belleza y no muerte) y de todas aquellas actividades que recrean el alma, nos hacen la vida más gozosa y nos deparan salud física y espiritual. Todo eso, sin la menor duda, compete a tu ministerio en grado sumo, y un escritor como tú es la persona más idónea para transmitirlo, para enseñar lo que es propiamente ARTE Y CULTURA, y no confundirlos con manifestaciones espurias, herencia de lo peor de nuestra historia.
Pero me he dejado para el final lo más importante: los efectos éticos. Yo no soy creyente, no creo en las religiones como medio de formación moral y ética del ser humano, numerosos ejemplos se puede aportar para ver cuán poco han contribuido éstas al perfeccionamiento del ser humano. Creo más bien en la CULTURA , en esa que siempre escribo con mayúscula o mayúsculas, como medio esencial para la evolución de las personas. Creo en eso desde hace mucho tiempo y a mi edad ya es difícil cambiar de ideas. Por mucho que la lectura y la simple observación me demuestren lo contrario. No puedo concebir, por mucho que lo intente, esa cultura de la excelencia, no la de las costumbres más o menos bárbaras de nuestros ancestros, que afirma con toda clase de asertos pretendidamente cultos, que el método de asesinar lentamente a un animal, de torturarle con la más inhumana crueldad, se pueda considerar “arte y cultura”. Ni que pertenezca a nuestra historia como algo muy particular, cosa totalmente incierta. Pero, ¿qué te voy a decir que no sepas? Sé que eres antitaurino, como yo y como tantos españoles, y que desde tu ministerio, y en la medida de tus posibilidades, lucharás para que esa vileza deje de considerarse CULTURA. Tú no puedes ser, no vas a ser, el ministro de una “cultura” sangrienta, chulesca y repugnante para una mayoría de españoles.
Con esta creencia me despido de ti muy cordialmente. Bueno, nos despedimos mis amigos, que también lo son tuyos, y yo.
P.D.- Le ruego me disculpe, señor ministro, le confundí con un antitaurino como nosotros. Eso me hizo pensar lo que ha venido diciendo hasta ahora en las redes y lo que dice en su discurso inicial de esa CULTURA que puede ser "orgullo de todos", pero permítame que, con el debido respeto, le diga que jamás la cultura taurina, que va a ser representada por usted, será orgullo de todos los españoles. Por el contrario, es una VERGÜENZA para muchos.

El problema
Excelentísimo señor Ministro de Cultura y Deportes
Espero que no te moleste que tras el obligado tratamiento con el que inicio esta carta me dirija a ti con menos prosopopeya, con la llaneza popular del tuteo. Lo hago en parte porque soy viejo, y los viejos tenemos esa tendencia, la de tutear a los jóvenes pese a las jerarquías. Además, vivimos una época en que se olvidan frecuentemente tratamientos más ceremoniosos, que se tildan incluso de ridículos. Antes, sin embargo, ocurría lo contrario, y esto que yo estoy haciendo era más propio de personas maleducadas. Y es que los tiempos cambian, y con ellos las costumbres. Unas veces para bien y otras para mal. Porque, como muy bien dices en tu discurso inicial:
La cultura somos nosotros, somos el traje que nos hemos puesto, la película que hemos visto, el libro que hemos leído, la música que nos ha acompañado en el taxi, el museo en el que hemos entrado y el aplauso en el campo de deportes al que hemos asistido. Todos somos consecuencias de un montón de acontecimientos culturales.
Efectivamente, la cultura es nuestra vida, nuestra forma de ser, ese traje al que aludes o la película..., no es necesario, claro está, que el traje sea de buena calidad ni que la película sea divertida e instructiva. Basta con que formen parte de nuestra vida.
Y con muy buena ortografía escribes esa palabra, “cultura”, con minúscula. Es algo cotidiano, habitual, algo que se repite, que no exige juicios de valor, apreciaciones éticas o cualquier otra matización que le dé un carácter singular.
Pero, sin duda, no es esa cultura la que merece un especial respeto. Todos los seres humanos y los animales, por supuesto, la poseen. Todos los pueblos que existen o han existido la tienen como algo propio, como un poso indeleble que les ha depositado su historia. Y aunque no merezca “especial respeto”, sí merece respeto. Si repasamos las costumbres de algunos pueblos africanos en donde se practicó o incluso se practica actualmente la antropofagia podemos extraer razones del porqué de sus comportamientos, eso estudia el relativismo antropológico.
No obstante, yo creo que para eso no hace falta un ministerio de Cultura, y como te congratulas mucho de que lo haya -me sigo refiriendo a tu discurso como nuevo ministro- entiendo que tus ideas son otras. Que no te vas a quedar en definir esa cultura de andar por casa, sino que buscas otra cosa distinta. Eso que dices también en tu susodicho discurso:
La cultura somos nosotros, la cultura de ayer, de hoy y de la que quiero que sea mañana. La cultura no puede ser de bandos, tiene que ser un orgullo de todos.
Aquí creo que tenías que haber escrito la referida palabra con mayúscula inicial, más todavía: toda con versales. Y es que hay que resaltar al máximo esa CULTURA que “tiene que ser un orgullo para todos”. Largo me lo fiáis, amigo, como decía el clásico. Un poco utópico me parece pero sólo por decirlo ya te admiro. No obstante, sería conveniente antes de marcar una meta tan lejana como la de que todos estén orgullosos de esa cultura, definir con mayor precisión qué es CULTURA. Y eso lo he echado en falta en tu discurso, por lo tanto lo voy a hacer yo, a ver si coincidimos. Eso espero.
Sin escribir un tratado, para lo que no es el lugar adecuado ni tampoco resulta necesario, yo definiría la Cultura por sus efectos en los seres humanos. Y estos efectos son de carácter instrumental, hedonístico y ético.
Instrumentos para la vida diaria son los conocimientos necesarios para desarrollar una profesión, un trabajo o para practicar una actividad deportiva. Son absolutamente necesarios, se pueden incluir en el acervo cultural de cada persona pero, en realidad, esto compete más al ministerio de Educación.
Para un ministerio de la Cultura yo creo que serán esenciales los hedonísticos. La Cultura no es algo que se adquiera de manera forzada ni sólo para trabajar. Es mucho más. El placer de leer buenos libros, de escuchar música de calidad, de gozar de la Naturaleza, del arte (del auténtico, del que crea belleza y no muerte) y de todas aquellas actividades que recrean el alma, nos hacen la vida más gozosa y nos deparan salud física y espiritual. Todo eso, sin la menor duda, compete a tu ministerio en grado sumo, y un escritor como tú es la persona más idónea para transmitirlo, para enseñar lo que es propiamente ARTE Y CULTURA, y no confundirlos con manifestaciones espurias, herencia de lo peor de nuestra historia.
Pero me he dejado para el final lo más importante: los efectos éticos. Yo no soy creyente, no creo en las religiones como medio de formación moral y ética del ser humano, numerosos ejemplos se puede aportar para ver cuán poco han contribuido éstas al perfeccionamiento del ser humano. Creo más bien en la CULTURA , en esa que siempre escribo con mayúscula o mayúsculas, como medio esencial para la evolución de las personas. Creo en eso desde hace mucho tiempo y a mi edad ya es difícil cambiar de ideas. Por mucho que la lectura y la simple observación me demuestren lo contrario. No puedo concebir, por mucho que lo intente, esa cultura de la excelencia, no la de las costumbres más o menos bárbaras de nuestros ancestros, que afirma con toda clase de asertos pretendidamente cultos, que el método de asesinar lentamente a un animal, de torturarle con la más inhumana crueldad, se pueda considerar “arte y cultura”. Ni que pertenezca a nuestra historia como algo muy particular, cosa totalmente incierta. Pero, ¿qué te voy a decir que no sepas? Sé que eres antitaurino, como yo y como tantos españoles, y que desde tu ministerio, y en la medida de tus posibilidades, lucharás para que esa vileza deje de considerarse CULTURA. Tú no puedes ser, no vas a ser, el ministro de una “cultura” sangrienta, chulesca y repugnante para una mayoría de españoles.
Con esta creencia me despido de ti muy cordialmente. Bueno, nos despedimos mis amigos, que también lo son tuyos, y yo.
P.D.- Le ruego me disculpe, señor ministro, le confundí con un antitaurino como nosotros. Eso me hizo pensar lo que ha venido diciendo hasta ahora en las redes y lo que dice en su discurso inicial de esa CULTURA que puede ser "orgullo de todos", pero permítame que, con el debido respeto, le diga que jamás la cultura taurina, que va a ser representada por usted, será orgullo de todos los españoles. Por el contrario, es una VERGÜENZA para muchos.

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Petición creada en 7 de junio de 2018