La Hipertension Endocraneana en las palabras de una Escritora y Portadora de la HIC, Karina Orellana


Les comparto un texto de una compañera y amiga, Karina Orellana, escritora, quien supo describir lo que sentimos y pasamos quienes padecemos #HipertensionEndocraneana, ya que ella también, es parte de ese grupo denominado Raro por estar Diagnosticada como nosotros.
Espero les guste
Hace tiempo mis síntomas fueron apareciendo. Buscaban el modo que les diera espacio y no les confería autoridad, no sabía o quería escucharlos.
Tarea más difícil fue encontrar en la medicina un profesional dispuesto a “prestarles oído”. Un peregrinar largo y angustiante por salas de esperas y consultorios con diferentes estilos de decoración, donde se establecía una especie de ping pong, de uno a otro sin siquiera otorgarme la paz de asumirme como paciente e intentar hablar de cura.
Afortunadamente mucho he olvidado, por ahí quedaron ancladas algunas imágenes, como la del galeno que me indicó “una tacita de tilo y abrazar un árbol” para estar bien.
Yo no lograba ver con claridad, el dolor en mis ojos me provocaba el deseo de querer sacármelos. La falta de equilibrio ponía como compañeras habituales a las náuseas y el tambor golpeteando mi cabeza con violencia hacía peligrar mis vínculos ante las fugas de tolerancia. Un constante ruido, la memoria volátil, sumado a la desesperación y el pánico, por momentos, de no reconocer en absoluto lugares familiares o de repente no saber volver a casa. El esfuerzo agónico por conservar la concentración y rendimiento en mi trabajo, restando tiempo al descanso para lograr lo que antes cubría con comodidad dentro de mi jornada. Los signos de alerta no acaban ahí.
Después de andar dentro de varias capsulas que hurgaban los secretos de mi cerebro y terminar con un agujero en mi espalda, confirmaron casi como una sentencia: hipertensión endocraneana idiopática.
Esta enfermedad es una de las cosas más importante que me ha pasado. Llevó mi mirada hacia nuevos lugares, sacudió fuerte y profundo. Sentí miedo, pensé en la muerte, la supe cercana y posible, como en realidad lo es. Empecé a reconocer el poderoso amor a la vida que latía inclaudicable en mí.
Comenzó un viaje diferente, donde debía sacar de mi maleta para avanzar. El dolor físico me marcó y moldeó una y otra vez el alma. Sin dudas, no soy la misma.
He bajado por túneles profundos y oscuros, a ciegas y descalza…hoy nada es igual.
Durante largos meses y muchas veces hoy, mi deseo se limitaba a poder despertar de un modo natural y con conciencia del descanso. No ojerosa y agotada, y que mis despojos se preparen para una nueva batalla.
Recuerdo las veces que al abrir mis ojos le decía a Pablo, aún sin moverme de la cama “quiero llorar del cansancio, no puedo más, no puedo levantarme” y me levantaba…
Ante las perdidas, comencé a tomar conciencia que había perdido algunos hábitos, cómo mirar al cielo apenas salía a trabajar, respirar profundo, dar gracias, sentir el aire en mi cara, sonreír porque empezaba el día y tener la convicción que era el inicio del milagro cotidiano.
La enfermedad fue y es una oportunidad de madurar la empatía, de reconocer el dolor en cada otro y que no me “prenda fácil” la anestesia, que ese reconocimiento tenga la fuerza del compromiso.
No me autodefino enferma, tengo una enfermedad. No sé si algún podía podré agradecerle, en honor a la verdad, hoy me cuesta mucho aún, si agradezco la vida, el aire que me anima, los cuidados infinitos, las paciencias, la ternura. La familia como lo más valioso de toda mi existencia. La amistad imprescindible. Las compañeras de camino que llevan tanta o más agua que yo dentro de sus cabezas, con las que no secamos las lágrimas a través de la ventana de una red social, empujamos en la lucha, contamos la intimidad bochornosa que tiene cada enfermedad.
Agradezco al universo que me siga otorgando palabras, porque desde ellas respiro, vivo, me salvo y me quedo
Karina Orellana (escritora y portadora )
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