Guadalmar avisa: Málaga aún está a tiempo de elegir otro futuro para Santa Tecla


En distintos lugares del mundo, antiguos campos de golf están dejando paso a parques públicos, humedales y corredores de biodiversidad. No porque todo campo de golf sea necesariamente incompatible con la naturaleza, sino porque muchas ciudades están revisando qué función necesita realmente cada suelo ante la sequía, la pérdida de biodiversidad, las inundaciones y la falta de espacios verdes accesibles.
El National Trust está transformando 25 hectáreas del antiguo campo de Sandilands, en Reino Unido, en una reserva de humedales, praderas y senderos públicos. En Massachusetts, la ciudad de Northampton restaura unas 42 hectáreas del antiguo Pine Grove Golf Course para recuperar un arroyo, humedales y conectividad ecológica. En California, el antiguo Ocean Meadows Golf Course forma parte de la recuperación de un estuario que fue rellenado en el pasado.
No son modelos para copiar literalmente en Málaga. Tampoco prueban que cualquier campo de golf deba desaparecer. Lo que demuestran es algo más sencillo: un campo de golf no es un destino inevitable ni una decisión irreversible. Es una elección de planeamiento que puede revisarse cuando cambian el clima, las necesidades sociales y el conocimiento ambiental.
Y Málaga no necesita mirar tan lejos para entenderlo.
En el entorno de Guadalmar y Arraijanal, la Demarcación de Costas incoó en 2024 un expediente para declarar en situación de regresión grave un tramo de unos 800 metros entre el Parador Málaga Golf y la barriada de Guadalmar. El informe técnico asociado señala la pérdida casi total de los antiguos sistemas dunares por la suma de urbanización y campos de golf, y documenta aportes periódicos de arena que no han evitado los alcances del oleaje.
Sería injusto y poco riguroso responsabilizar de esa erosión a un único campo de golf. El problema tiene muchas causas: la transformación del Guadalhorce, las obras costeras, la urbanización acumulada, la alteración del transporte de sedimentos y los efectos de la crisis climática. Rojas–Santa Tecla tampoco es la costa, y no puede trasladarse mecánicamente esa realidad a Churriana.
Pero ambos casos plantean una misma pregunta de fondo: ¿qué valor damos al suelo natural cuando todavía podemos decidir qué hacer con él? La naturaleza no es un lujo opuesto a la economía. Un parque mediterráneo bien diseñado puede generar valor para residentes y visitantes, actividad compatible, sombra, salud, biodiversidad y una mayor capacidad para afrontar el calor, las lluvias intensas y la sequía.
La lección local es que los costes de transformar un territorio no siempre aparecen el día de la inauguración. A veces llegan décadas después, en forma de pérdida de naturaleza, erosión, infraestructuras vulnerables y dinero público destinado a reparar lo que pudo planificarse de otra manera.
Por eso la pregunta no es si un campo de golf puede existir para siempre. La pregunta es otra: ¿queremos esperar treinta o cuarenta años para preguntarnos cómo recuperar Santa Tecla, o queremos comparar ahora, antes de una decisión irreversible, qué aporta más a Málaga: casi 50 hectáreas de campo de golf o una gran infraestructura verde pública?