MORRIÑA: PATRIMONIO INMATERIAL DE LA HUMANIDAD

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La morriña o nostalgia es un sentimiento propio en todos los seres humanos. Sin embargo, para los gallegos es mas que un simple sentimiento, es un sello particular de identidad. La morriña de aquel gallego que un día —sin desearlo—dejó atrás su mujer y sus hijos, su casa en la aldea, su amada y verde campiña, y emprende viaje hacia tierras desconocidas y no pocas veces ingratas, donde permanece lejos de todo lo que ama, donde los años transcurren en silencio cómplice con la tristeza…esa morriña llega a convertirse en un sentimiento que desgarra el alma. Morriña del emigrante que lloró la muerte de sus padres sin volverles a ver… y quizás, acolitado por esa misma morriña, también le llegó la muerte sin volver a ver su Terra Nai. Como esa morriña no hay otra igual y hay que ser gallego y sobre todo emigrante para comprenderla a fondo.

Los hijos de los gallegos, vivimos otra forma de morriña, no por ello menos profunda. Una morriña que va gestándose en nuestro interior desde la cuna., cuando nos adormecíamos con un canto de cuna en gallego que, aunque no entiendía bien, sonaba en labios de mi madre a arrullo de ángeles. Cuando mis padres me contaban de Galicia y sus labios, como diestros pinceles sobre un lienzo, me pintaban con detalle la vieja aldea, las altas montañas, el límpido cielo, los verdes valles, las frondosas carballedas y castiñeiros, así como el himno a la alegría de las xestasen flor. Incluso llegué a escuchar el canto de la abubela o el reclamo de la pega en una fría mañana primaveral. Poco a poco, al paso de los años, fuí creando en mi corazón un álbum de recortes y empiezé a sentir mis primeras morriñas…morriña por conocer lo que dentro de mi alma, ya conocía. Recuerdo cuando joven, que trataba de entender la morriña de mi madre, cuando me contaba lo verde que eran los prados de su aldea. Y yo le decía:“Pero mamá, aquí también todo es verde”, y con un quedo tono de voz, propio de su profunda morriña me decía:“Meu fillo, non é a mesma herba”. ¡Vaya por Dios, ahora comprendo cuanta razón tenía…muy verdes eran ambas pero no eran las mismas yerbas.

Así pasan los años, ya muertos nuestros padres, nos llega el momento en que nos liberamos de todo lo que nos ata en el entorno del día a día y entonces, llegamos a Galicia por primera vez. Llevábamos, como equipaje del alma el “álbum de recuerdos” que hicimos desde pequeño… en la garganta un nudo de profunda emoción…y una lágrima delatora empaña nuestra mirada ansiosa. Allí está la vieja aldea de Castiñeiro y allá la casa de mi padre—o lo que quedaba de la casa de mi madre en Moreira de Arriba— y reconozco todos los lugares que guardaba en la lembranza de mi memoria. Ese día, la vetusta capilla de Villardá, engalanada para la fiesta de San Antonio…con sus vibrantes campanadas parecía celebrar mi llegada. Emocionarme hasta lo mas profundo de mi ser con el abrazo apretado y salpicado de lágrimas de esa familia que nunca había podido estrechar pero que conocía hasta cada uno de sus nombres. Es entonces cuando recibimos, lo que he dado en llamar, el bautizo con Auga Meiga, agua nacida de las lágrimas que no se pueden contener. Desde ese día hasta el último de nuestra existencia, viviremos la eterna morriña por volver a ésa… Nosa Terra que nos embrujó robándonos el alma. Porque Galicia vivió siempre, sigue viviendo y vivirá por siempre en nosotros…porque somos Gallegos.

 

PLANETA GALLEGO



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