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En agosto del 2015, un escalofriante video de 8:06 minutos sacudió al mundo. Los biólogos Nathan Robinson y Christine Figgener, de la organización Leatherback Trust, compartieron una necesaria cachetada en sus redes sociales.
En un bote en el Pacífico costarricense, una tortuga lora se estremecía, sangraba y se quejaba terriblemente mientras un alicate intentaba sacar una pajilla atorada en su fosa nasal.
15 centímetros de puro dolor y sufrimiento obstruían su nariz porque el dueño de esa pajilla tuvo sed y siguió la lógica de la sociedad de consumo: decidió utilizar un pequeño cilindro para llevar el líquido del recipiente a su boca.
Pude haber sido yo, pudo haber sido usted. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo saber dónde han ido a parar todos nuestros desechos?No puedo contar la cantidad de pajillas que he utilizado en toda mi vida, ni la cantidad de botellas y bolsas plásticas. Crecí en una generación acostumbrada a tomar refrescos con pajillas en los recreos de la escuela, cargar alimentos de los supermercados en bolsas plásticas y tomar agua embotellada (porque “está más limpia que la del tubo”). ¿Cómo estar segura de que esa pajilla que hizo a una tortuga lora retorcerse del dolor no era mía?
Tan silenciosamente se ha abierto paso el plástico en nuestra vida cotidiana que cuesta notarlo. Pocos le advirtieron a mi generación que estos objetos que parecían tan inofensivos, no lo eran; y que hoy, casi dos siglos después de sus primeras pruebas, nuestros hábitos de consumo nos han llevado a dispararnos en los pies. “Inofensivo” es la descripción opuesta de un material con la capacidad de poner en jaque a algo tan colosal como, por ejemplo, el océano.
El desastre lo creamos en conjunto: con cada pajilla, cada botella y cada empaque de plástico que hemos botado a la basura. Nuestros mares están agonizando y los asesinos somos todos.

En este momento, 270 mil toneladas métricas de plástico flotan en los océanos, fragmentadas en 5 billones de partículas, según una investigación dirigida por Markus Eriksen. Los peces los confunden con comida y nosotros los confundimos a ellos con alimento saludable. En otras palabras: nos estamos comiendo el plástico.

Para comprender qué es lo que hace al plástico tan dañino, en comparación con otro tipo de desechos, hay que tener noción de dos puntos vitales: su durabilidad en el ambiente y lo enraizado que se encuentra en nuestros hábitos de consumo.
El plástico tarda entre 100 y 1.000 años en descomponerse. En el caso de las botellas desechables, el período se acerca a los 500 años. Piense en todas las botellas plásticas que ha utilizado en su vida. Ninguna de ellas ha cumplido el ciclo que necesitan para degradarse, ni lo hará pronto. Cada una sigue dando vueltas en alguna parte del planeta.

En el mundo, muchas iniciativas ya han aprendido a sacarle el jugo a estos desechos.
 
Rotterdam será la primera ciudad del mundo en la que los carros dejarán de rodar solo por asfalto. A partir del 2017, la ciudad holandesa construirá carreteras con los residuos de plástico rescatados de los océanos. Serán bloques de polímeros armados en forma de Lego . A la vez, evita el lanzamiento de los millones de toneladas de CO2 que se emiten con la fabricación del asfalto.
En Panamá, actualmente se construye la Plastic Bottle Villae, primera aldea levantada a partir de botellas de plástico recolectadas. Se ubica en la isla principal del archipiélago de Bocas del Toro, en el mar Caribe.
En Colombia, la empresa Conceptos Plásticos, acaba de ganar el concurso The Venture de Chivas, que premia con $1.000 millones las mejores ideas de negocio generadoras de cambio en el mundo. Están construyendo viviendas baratas, fáciles de hacer, resistentes y construidas con plástico desechable.

“La mejor forma que tenemos para actuar es diciéndole ‘chao’ al plástico desechable”. "Cambiando nuestros hábitos. Cada vez que llegamos a un supermercado tenemos que pensar: ¿necesito esa botella, necesito esa pajilla, necesito esa bolsa?”.
Si esas preguntas no lo detienen, cada vez que vea un pescado en su plato, pregúntese cuánto plástico comió ese pez y cuánto está dispuesto a ingerir usted.
Si esa imagen tampoco es suficiente, piense en en la tortuga lora que se retorció del dolor por nuestra culpa; o recuerde a Cacahuete, la tortuga de Misuri que creció deformada por el plástico que mantiene seis latas unidas. Nuestro plástico.
Si estos tres pasos no lo hacen reconsiderar sus hábitos y no lo hacen sentir completamente miserable y avergonzado, ya nada lo hará.

Fragmentos tomados de el periodico La Nacion

https://www.nacion.com/revista-dominical/plastico-desechable-un-asesino-silencioso/VFLRFTV5KZGXHC3QSDHTTR5H3U/story/

Lucía Vásquez
Periodista en Revista Dominical. Bachiller en Ciencias de la Comunicación Colectiva con énfasis en Periodismo de la Universidad de Costa Rica y estudiante de Comunicación Audiovisual y Multimedial.

 



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