VERDAD DE LA MASACRE EN EL VATICANO

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Querido Papa Francisco,

han pasado veinte años desde el brutal asesinato del neo-comandante de la Guardia Suiza Alois Estermann, de su esposa Gladys Meza Romero y del cabo segundo Cedric Tornay, y todavía ese terrible acto de violencia sigue siendo un misterio. La versión oficial del Tribunal del Estado de la Ciudad del Vaticano acusa al cabo de ser autor de ambos asesinatos y de acto seguido haberse suicidado. Sin embargo, la familia Tornay hizo una solicitud de apelación basada en una segunda autopsia realizada en el cuerpo de Cédric tomado del Instituto Médico de Lausana (ver Apéndice A) y en un informe de valoración grafológica de la supuesta nota de suicidio del joven suizo; no se han hecho públicos, más que en una pequeña parte, los resultados de la investigación del Ministerio Público y no se han interesado en el caso ni la magistratura ni la policía italiana, como sí lo hicieron en el caso del secuestro de Emanuela Orlandi y Mirella Gregori. Los resultados de la segunda autopsia del cuerpo de Cédric Tornay, junto con una interpretación mucho más verosímil de los elementos disponibles a los investigadores (ver Apéndice B), nos llevan a creer inequívocamente en un complot para eliminar al comandante recién elegido de la Guardia Suiza, utilizando al Sr. Tornay como chivo expiatorio, culpable solamente de haber estado al alcance de los asesinos.

En los albores del tercer milenio, semejante escenario resulta absolutamente inaceptable para la opinión pública, desconcertada por el comportamiento de una Iglesia que muy a menudo peca de incomprensible mezquindad, en franca contradicción con el espíritu de su misión entre los hombres. Es imposible hoy localizar a los autores materiales de la matanza o a sus cabecillas, aún así, estamos aquí para pedirle que vuelva a reabrir el caso con el fin de restablecer el principio de la verdad y la justicia y de otorgar a Cédric Tornay, arrancado de la vida a la muy joven edad de veintitrés años mientras servía al Estado del Vaticano para proteger la seguridad del Papa, su dignidad de víctima inocente, en favor de la familia del cabo segundo, de toda la comunidad y de la reputación de la institución que Ud. tan dignamente representa. 

Con estima y confianza, Paolo Orlandelli

  

APÉNDICE A:

Los elementos surgidos de la segunda autopsia efectuada en el cuerpo de Cédric Tornay evidencian:

• La incompatibilidad del orificio de salida de la bala del cráneo de Tornay con el calibre de las balas del arma suministrada al cabo segundo, y con la cual el poder judicial del Vaticano sostiene que el cabo habría matado a Estermann y a su esposa para luego suicidarse con un balazo en la boca.

• La incompatibilidad de la posición en que fue hallado el cuerpo de Tornay, según la dinámica reconstruida por el poder judicial vaticano (el cuerpo habría caído hacia delante después de haber recibido el disparo del arma en la cabeza) con la trayectoria del proyectil revelada en la segunda autopsia.

• La incompatibilidad del lugar donde fue hallada la pistola (debajo del cuerpo de Tornay), con la dinámica reconstruida por el poder judicial vaticano (cuando un hombre se pega un tiro en la cabeza, la pistola - por efecto del culatazo - se aleja varios metros de las manos del suicida). 

• La presencia de una fractura en el cráneo de Tornay, incompatible con cualquier hipótesis distinta a la de un golpe hecho con un cuerpo contundente.

• La presencia de mucosidad dentro de los pulmones de Tornay, cosa que nunca ocurre después de la muerte, debido a la hemorragia causada por la fractura en el cráneo de Tornay, infligida antes de que él se hubiese "suicidado". 

• La rotura de los incisivos superiores de Tornay, causada por la introducción forzosa del cañón de la pistola en la boca de Tornay, aturdido por el golpe en la cabeza.

 

APÉNDICE B:

Los elementos pasados por alto, ignorados o instrumentalizados de la Magistratura del Vaticano son:

• El hecho de que nadie haya escuchado los disparos, suponiendo el uso de una pistola silenciada que no poseía Tornay.

• La falsedad flagrante de la supuesta nota de suicidio de Tornay (escrita en un tipo de papel que el cabo no usaba nunca; dirigida a la madre, referida con el apellido de casada, siendo que el cabo nunca lo hacía; mostrando errores de cálculos en las fechas indicadas, etc. etc.)

• La falta de restitución de las ropas usadas por Tornay en el momento del delito. Varios testimonios sostuvieron que él vestía su uniforme en el momento del delito (en horas de servicio de vigilancia extraordinarias en el vestíbulo del edificio donde vivía Estermann y donde a su vez estaba reunido uno de los grupos de trabajo lingüísticos del Sínodo de los Obispos). Estos hallazgos proporcionarían una evidencia irrefutable de la dinámica real de la masacre.

• La contaminación en la escena del crimen: varios testimonios hablaron de cuatro vasos presentes en el living de Estermann, pudiendo esto significar que él mismo habría abierto y dejado entrar a sus asesinos, ofreciéndole algo de beber. Inmediatamente después de la masacre, el apartamento de Estermann fue reordenado y por ende varios importantes indicios se vieron cancelados.

 



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