No nos desalojen de museos y centros públicos en emergencias como el atentado de Barcelona

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Desde el pasado 17 de agosto son varias las preguntas que me rondan por la cabeza: ¿Por qué espacios privados como hoteles permitieron a la gente permanecer en sus instalaciones hasta pasada la media noche y un centro público desalojó a sus visitantes en su horario de cierre como si de una jornada ordinaria se tratara? ¿Por qué el CCCB, que pretende generar una reflexión en torno a la ciudad y el espacio público, no puede poner al servicio de la ciudadanía sus infraestructuras como centro de acogida ante situaciones de emergencia, más aún cuando solo habían pasado unas horas del atentado y el museo se encuentra a unos metros del lugar de los hechos? ¿Por qué un centro cultural y expositivo vela por salvaguardar la cultura y las obras que acoge y no hace lo mismo con las personas? ¿Por qué empezaron a desalojarnos a las 20h. cuando el plan de emergencias del ayuntamiento no se rebajó hasta pasadas las 21h.?

El pasado 17 de agosto estaba visitando Barcelona con unas amigas. A las 17h. teníamos entradas para asistir una exposición en el CCCB, en el Raval. Justo en esos momentos, a unos metros, en la Rambla, tenía lugar el atentado que todos conocemos.

Sobre las 18h nos desalojaron de la sala de exposiciones para llevarnos un patio interior donde permanecer hasta que la situación en la calle fuera más segura ya que la información confirmada era escasa y el autor del atentado estaba fugado.

El trato de todos los trabajadores del centro que estaban allí con nosotros fue excelente, permitiendo, además, refugiarse a aquellas personas que estaban en la calle y no tenían donde protegerse o habían huido del lugar de la tragedia. Fueron varias las que llegaron corriendo desde el mercado de La Boquería, donde supuestamente se encontraba el terrorista atrincherado.

Gracias a ello, a pesar de lo acontecido y de la proximidad con el lugar del atentado, nos sentimos bastante seguras durante ese tiempo. Sin embargo, todo eso cambio a partir de las 20h., hora en la que cerraba el museo. En ese momento el Subdirector Gerente del mismo, Josep Desquens, y un guardia de seguridad nos comunicaron que teníamos que abandonar el lugar. Varias fuimos las personas que nos negábamos a salir de allí puesto que la información seguía siendo confusa. Acabábamos de enterarnos de que el secuestro con rehenes, en un bar en la zona de La Boquería, no había sucedido y que poco antes dos Mossos había sido atropellados en La Diagonal. La calle no parecía un lugar seguro.

Firma para que los centros públicos, como el CCCB, apliquen un protocolo de seguridad y permanezca abiertos para dar acogida ante situaciones de emergencia.

Aunque le dijimos que nosotras no estábamos alojadas en Barcelona, sino en Tarragona, siguieron insistiendo en que teníamos que marcharnos, con frases tan desafortunadas como “si queréis os pongo aquí una cama”. Poco a poco la gente fue saliendo hasta que quedamos un grupo reducido: unos chicos de Hospitalet que también visitaban el museo y tenían el coche aparcado en Plaza Catalunya, otro chico que llevaba a su hijo pequeño en un carro y nosotras.

Finalmente terminamos por abondonar el CCCB. Diez minutos más tarde sufrimos una estampida en Plaza de la Universitat. En unos instantes perdí a mis amigas y acabé hacinada en el almacén de un bar de la plaza, sin a penas batería para poder localizarlas. Efectivamente, la calle no era un lugar seguro. Al margen del riesgo de otra posible agresión terrorista, la falta de información contrastada y el miedo de las personas que circulaban por la calle podía desencadenar otra tragedia. En solo unos segundos, un grito provocó una situación de pánico y, en consecuencia, una desbandada.

Sé que fueron muchas las muestras de solidaridad que se dieron ese día, y no dudo que se intentara actuar con la mejor diligencia. No puedo decir lo mismo en cuanto a la manera de proceder recibida por el subdirector y el guardia de seguridad a la hora del cierre del centro.

Pienso que en tales circunstancias es muy fácil equivocarse. También que los espacios públicos son para la ciudadanía y que no podemos confiar en los criterios personales, intereses y sentido común de los que, en ese momento, se encuentren a su cargo.

Con esto no pretendo solo denunciar el trato recibido por el Subdirector Gerente del CCCB y el guardia de seguridad al Ayuntamiento de Barcelona, así como a las áreas competentes de la Diputació, sino que me gustaría que este tipo de situaciones permitan un aprendizaje. Por eso, hago extensible esta solicitud al resto de ciudades y municipios, ya que cualquiera de ellas puede ser susceptible de sufrir otro atentado y una buena praxis puede contribuir al bienestar de sus ciudadanos. Firma para solicitar al Ministerio del Interior que se desarrollen y apliquen protocolos de seguridad para los espacios públicos, sean del tipo que sean, ante situaciones de emergencia. De manera que se conviertan en lugar de acogida, así como que se regulen códigos de conducta para los responsables de los mismos que contribuyan a la prevención de riesgos y protección de la ciudadanía en situaciones de crisis, como la sucedida el pasado 17 de agosto.

Todo mi cariño y solidaridad con los familiares y amigos de las víctimas y heridos de Barcelona y Cambrils.

Un abrazo.



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