Regulación de la publicidad y precio de comida basura

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La sociedad ha cambiado el guiso de lentejas por la pizza congelada. La fruta de temporada por la bollería industrial. La epidemia de obesidad crece en occidente al ritmo que el consumo de comida rápida. Hoy es más cómodo y más rápido comer una hamburguesa que un plato de ternera a la jardinera. Y más barato. La diferencia de precio (y de tiempo) es notable. ¿O no lo es pagar 7 euros por un menú extragrande de pollo frito, con patatas y refresco frente a unos 15 por un pescado a la plancha? La semana pasada fui de viaje con unos amigos y entramos a un restaurante famoso de comida rápida (que era el único restaurante accesible económicamente en el aeropuerto). Imaginad mi sorpresa al descubrir que mi ensalada con pollo a la plancha y mi botellita de agua costó más del doble que el menú oferta que pidieron ellos (dos hamburguesas, patatas fritas, refresco y helado por 3,90€). Mi enfado fue lógico. No solo por el precio, sino por los mensajes que se envían con este tipo de “promociones” y anuncios publicitarios a la población general (sobre todo a niños). Y es que en los colegios es muy común ver a niños con bollería en mano y agua con azúcar mal llamada “zumo de frutas”. El bocata de toda la vida (más natural) o el plátano o la manzana que yo llevaba en mi época, han sido sustituidos por el sándwich de crema de azúcar y aceite de palma (con un 13% de avellanas y un 7% de cacao) o las galletas “infantiles”, con 21g de azúcar. ¿Por qué? Porque con 1€ un niño puede comprar un pack de 4 (+2 de regalo) donuts industriales (omitamos marca) en casi cualquier establecimiento (tiendas de chucherías, supermercados y pequeños comercios, cafeterías, estaciones de tren, colegios, universidades…) pero, ¿habéis intentado alguna vez comprar fruta fresca en un kiosko, cafetería, estación de tren, colegio…? Es misión casi imposible.

Esta mayor carestía de la comida saludable no ayuda a combatir cifras preocupantes. Por ejemplo, que una de cada dos personas tiene problemas de peso en la mitad de los países desarrollados. Este escenario ha llevado a países como Dinamarca y Hungría a declarar la guerra a los alimentos ricos en azúcares y grasas. Desde expulsarlos de los colegios a gravarlos económicamente. Todo por reducir su consumo. Mexico acaba de prohibir emitir anuncios de comida basura en horario infantil. Pero, ¿qué ocurre en nuestro país? ¿Alguien regula qué se vende a los más pequeños y cómo se vende? Asociaciones de consumidores, la Organización Mundial de la Salud, pediatras y sociólogos exigen un cambio de normativa que acabe con la lacra del sobrepreso, que afecta en España a un tercio de los menores de 12 años (mientras que la cifra se dispara hasta el 46% de los niños de entre seis y nueve años, según datos de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria).

Los menores españoles de entre 3 y 12 años son los segundos que más tiempo pasan frente a la televisión en toda Europa (por detrás de los italianos) con una media de 2 horas y 30 minutos, según el último informe de la consultora Eurodata TV Worldwide. Y durante este tiempo, la mayoría de los impactos publicitarios que reciben son de productos alimenticios. Cada pequeño puede llegar a visionar 54 anuncios de televisión a lo largo del día y la mayoría son, precisamente, de alimentos y bebidas altos en calorías y azúcares.

Personalmente, estoy un poco cansada de que nos bombardeen con anuncios de comida “poco sana” por un lado y con anuncios de productos milagros para la pérdida de peso por otro lado. La televisión y las redes sociales están repletas de imágenes de gente “fit” emitiendo consejos sobre (des)información alimentaria y de las llamadas imágenes “food porn” o “cheat meal”. Obviamente, no estoy diciendo que problemas como la obesidad infantil tengan su origen en la publicidad o los precios del mercado, pero sí que es un factor influyente a tener en cuenta. El entorno social tiene un papel importante en la relación que establecemos con la comida: si siempre que un adolescente sale con sus amigos a cenar, come en restaurantes de comida rápida (barata), ¿no resultaría lógico que asociara a este tipo de comida sensaciones como diversión, relajación o, incluso, felicidad? Creo firmemente que la última decisión la tiene la persona, y que la educación que se recibe desde pequeños tiene mucho peso, pero ¿qué clase de educación recibe un niño que es bombardeado a diario con mensajes publicitarios de este tipo?

 Es por esto que me parece importante que se regule la publicidad de alimentos “pocos saludables”, al menos en horario infantil y que no sólo se aumenten los impuestos a las bebidas carbonatadas, el alcohol y el tabaco (como recientemente se ha hecho) sino que también se facilite el acceso a comida más sana, tanto a nivel económico como de disponibilidad (sobre todo en zonas frecuentadas por niños, como colegios y parques).



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