Por un Palermo en armonía.

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El motivo de esta carta/comunicación no constituye ninguna novedad: hace ya bastante tiempo que la razonable tranquilidad y seguridad del vecindario dejó de ser una característica distintiva del barrio de Palermo. Es natural, entonces, que los vecinos que habitamos en este extenso barrio ejerzamos nuestro derecho de reclamo a las autoridades a cargo de estas cuestiones, cuya obligación principal consiste en proveer soluciones por la vía pacífica, trátese de regulaciones a dictar o acudiendo a procesos de mediación que involucren a los actores: gobierno de la CABA, CGP, policía federal, policía metropolitana, comerciantes y vecinos de la zona.

Siguen a continuación ejemplos de las situaciones que alteran la convivencia armónica:

1.      Ruidos molestos: muy frecuentemente, pero en especial al comienzo de los fines de semana, desde los jueves a la noche y hasta los domingos a la noche, se escuchan músicas a volúmenes altísimos, con efectos de música electrónica y percusión que reverbera en los ventanales de las casas y departamentos vecinos, por más que se hallen a varios metros de allí. Los responsables de pasar esa músia a esos volúmenes con total indolencia respecto de los vecinos son los bares y/o restaurantes que han superpoblado la zona. Es decir, la cuestión excede la vecindad meramente lindera, debido al potente alcance de las ondas del sonido. No hay una solución expedita para el problema: no resulta razonable ni sencillo llamar a la fiscalía del GCBA a las 2am. Algunos de nosotros lo hemos hecho: el método requiere hacer una denuncia formal telefónicamente, describiendo con precisión desde donde provienen los ruidos (el sonido), dando los datos de identidad y sentándose a esperar que la fiscalía contacte a la comisaría correspondiente para que finalmente un patrullero llegue dentro de una o dos horas, lo cual culmina despertando al resto de la familia y, para colmo, quizás a esa hora el ruido ha disminuido o cesado por lo que la infracción no puede labrarse. Ello sin contar con la dificultad implícita en la descripción precisa que el agente administrativo requiere del otro lado de la línea, que de momentos parece más proclive a desestimar la denuncia que a tomarla, por el tenor de tales preguntas. Por otra parte, resulta muy difícil indicar con exactitud la proveniencia del sonido que, como sabemos se compone de ondas cuya trayectoria no es fácilmente trazable o siquiera adivinable por un lego en la materia. Mucho peor aún si es en horas de la madrugada y con el espíritu alterado por la imposibilidad de descansar en el horario en el que la mayoría de la gente lo hace.

2.      Vehículos: varios son los temas que cubre este título. Por empezar, es cada vez más frecuente el tránsito de autos o motos con caños de escape liberados, sin silenciador. Lo mismo la circulación a alta velocidad por las calles, no por las avenidas. No hay ni un solo policía de la metropolitana en la zona para detener a esos conductores y hacer lo que corresponda. La Policía Federal, que al menos está más presente, dice no tener atribuciones para ello. Lo mismo ocurre con los autos que pasan a baja velocidad con las ventanillas abiertas y con la música a todo volumen. Suelen estacionarse en doble fila en espera de lugares para estacionar o por cualquier otro motivo. Otro hecho muy frecuente es el estacionamiento de autos y motos (estas siempre en las aceras) bloqueando rampas de discapacitados, garajes privados, bicisendas, sendas peatonales y cordones amarillos. Tampoco hay solución inmediata en el sistema vigente. No hay grúa a la que acudir. No hay policías de tránsito para llamar a labrar infracción. Tiene que salir el vecino, tomar la fotografía y subirla con la aplicación del GCBA. Eso sanciona al infractor, pero no soluciona el bloqueo del garaje privado, por ejemplo. Los “trapitos” son grandes colaboradores de todos los infractores, claro está. Y todos sabemos en qué condiciones se hallan estos señores, intoxicados en la mayoría de los casos, lo que hace imposible dialogar o hacerlos entrar en razones. En adición, los “trapitos” consumen sus bebidas en las puertas de las casas o departamentos de la zona, dejan las botellas tiradas o rotas, se sientan en zaguanes y hablan a los gritos, discuten por sus territorios a viva voz, insultan a los transeúntes, etc. No hay acción de persuasión alguna por parte de las autoridades.

3.      Graffitis: los frentes de edificios o casas son constantemente pintados con leyendas o dibujos, ambos igualmente indescifrables, cuyo único objetivo es dañar. Afectan la imagen de limpieza, la estética, el arte (cuando el frentista quiso contribuir al barrio contratando un artista de murales). Nada los amedrenta. Hay una dirección de email adonde el vecino puede pedir la limpieza del frente: si bien la respuesta automática llega de inmediato, la cuadrilla nunca llega al sitio y por ende la pared sigue dañada. Lo cual alimenta a los graffiteros a seguir ensuciándola con sus oscuros e inadaptados mensajes. Los canteros de los árboles están llenos de residuos, botellas, latas, papeles, ropas, etc.

4.      Habilitaciones: muchos locales (principalmente gastronómicos) expanden cables con lámparas sobre las veredas o alrededor de los árboles. Cualquier peatón que por allí pase –no solo los comensales- se encuentra pasivamente expuesto al riesgo de que esas lámparas caigan sobre sus cabezas, sufran un cortocircuito con alguna lluvia o chaparrón, etc. La moda parece no tener fin, cualquier comercio, por pequeño que sea, trata de atraer la atención ante la inactividad del GCBA. Del mismo modo, dudosas construcciones en las fachadas, carteles luminosos en las paredes de los vecinos linderos, aparatos de extracción de olores y humo, hacen pensar que el proceso de habilitaciones o su supervisión cotidiana se encuentran en estado primitivo o desatendido, por decir lo menos.

Los vecinos no sabemos qué hacer frente a estas situaciones (hay más, pero con estos tres rubros basta para indicar la gravedad del tema). Nos sentimos en un estado de indefensión e impotencia. Se espera acaso que los ciudadanos nos dirijamos a los infractores para plantear los problemas? No parece ser la mejor opción en esta sociedad cada día más violenta, en la que el diálogo, los buenos modales, la cordialidad son valores casi extinguidos o en vías de extinción. Si no es a través de acciones puntuales, firmes y coordinadas por la autoridad, nada de esto cambiará, seguramente habrá de profundizarse su marcha y hasta empeorarse las condiciones de vida.

No obstante lo que antecede, nos permitimos esbozar aquí algunas ideas nacidas de la reflexión razonable inspirada en el sentido común. Se dice que quizás un mejor alumbrado público facilitaría las cosas ya que a los “trapitos” y a los “graffiteros” la luminosidad les complicaría su operación. Quizás las cámaras de seguridad que en varios puntos de la ciudad se han instalado ayuden a disuadir algunos de estos flagelos. Definitivamente, una mayor presencia de agentes públicos, sean policías, fiscales o administrativos, ayudaría. Un sistema de denuncias más simple, más automático, más expeditivo, menos burocrático, que proteja al quejoso más que al infractor, sin dudas ayudaría a los vecinos a sentirse más cuidados, más atendidos, más considerados. Después de todo, los vecinos aportamos al erario municipal considerables sumas de dinero que quisiéramos ver devueltos en mejores y mayores servicios a la comunidad.

Solicitamos de manera urgente se nos reciba en persona para completar las ideas volcadas en este documento, contestar las preguntas que Uds. tuvieran, intercambiar opiniones, en fin, para comenzar un proceso que gradualmente pero sin pausa ponga en movimiento un cambio que sea rápidamente perceptible por esta comunidad.



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