LA ESCLAVITUD DEL MUNDO OCCIDENTAL: consigamos salarios social y moralmente justos.

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La incorporación al mercado laboral es siempre una aventura compleja pero enmarcada en un halo de ilusión y optimismo fruto de la mocedad e inexperiencia de todo recién titulado. Esta esperanza se diluye, en algunos casos de manera más rápida que en otros, siempre de una forma implacable y sin retorno. 

La voracidad del mercado laboral, hace que el nivel de exigencia en cuanto a preparación, conocimientos y desempeño del trabajo, (en todas las profesiones), sea increíblemente alto, lo que lamentablemente no es equivalente al salario percibido. 

Aquellos jóvenes, hoy adultos, que sufrimos la desgracia de incorporarnos en época de crisis económica a dicho mercado, crisis por cierto heredada entre otras razones de la falta de control legislativo de bancos, inversores, tomadores de hipotecas, bancos centrales, aseguradoras y fondos, tuvimos que "entender", que a pesar de nuestras Licenciaturas, Diplomaturas, Másters, dominio de idiomas extranjeros y prácticas laborales previas no remuneradas en lo que debían haber sido meses de descanso, nuestros sueldos se encontrasen al comenzar la referida trayectoria bajo mínimos. Había que "apretarse el cinturón" porque según nos decían las empresas no ganaban lo suficiente como para que las 14-16 horas de trabajo desempeñado equivaliesen a una cantidad, al menos, justa. 

Casi 10 años después, resuena en nuestras cabezas el hecho de que el motivo real de que hayamos tenido que vivir con tales cantidades no era que las empresas no ganaban lo suficiente, sino más allá de eso, que los sueldos de los altos cargos de las mismas se mantuviesen intactos a costa de nuestra dedicación y de nuestro esfuerzo. 

Superada la crisis las condiciones económicas siguen siendo deplorables y muchos trabajadores que dan la cara y se desviven por la empresa en la que trabajan y en la se incorporan con ilusión y perspectivas de un cambio positivo, desde recepcionistas hasta abogados, seguimos en una línea muy similar de condiciones salariales. No podemos olvidar el reciente caso del ex-presidente de Telefónica, jubilado con un plan de pensiones de 54,2 millones, mientras buena parte de la plantilla de esta empresa cobra alrededor de 1.000 euros escasos, (un ejemplo entre un millón). Pero que nadie se llame a engaño. No quiero decir con esto que los altos cargos no deban tener dicha remuneración si gracias a su trabajo se generan grandes beneficios, sino que los mismos tengan su reflejo en el conjunto de trabajadores de la empresa de turno. 

A esto hay que añadir que muchos empresarios (no todos, pero sí la gran mayoría), juegan con el miedo también heredado de estos años atrás de poder pasar a engrosar las listas del paro, manipulando a todo el que solicite, ni más ni menos, que lo que legalmente le corresponde. 

El ejemplo más claro: en la mayoría de las empresas no se pagan las horas extraordinarias, que por otro lado son necesarias para poder dar salida al trabajo del que se nos hace responsables, (aunque de esto se entera uno cuando decide dar el paso de pedir lo que honradamente se ha ganado).

Cabe destacar también a la anterior circunstancia que aquél que reclama lo que la empresa le debe es calificado por el empresario como "el que causa problemas", lo que tiende a generar desconfianza por parte del resto de compañeros que, temerosos de posibles represalias, deciden agachar la cabeza para pasar desapercibidos. 

Lo que propongo en esta carta es sencillo, además de ser de sentido común, (que lamentablemente es el menos común de los sentidos):

  1. Que los salarios percibidos sean equivalentes: a los conocimientos, preparación, responsabilidad del puesto, desempeño de las funciones y horas trabajadas. (Huelga decir que categorías profesionales diferentes y muy distantes entre sí deben tener salarios también distintos).
  2. Que los beneficios que obtenga cualquier empresa se reflejen también en los sueldos de sus trabajadores, por ser éstos quienes contribuyen en gran medida a producirlos. 
  3. Que todo colectivo profesional tenga representación en UGT (que para eso se nutre en parte también de nuestros impuestos).
  4. Que exista control real y exhaustivo además de medidas sancionadoras, por parte de las instituciones correspondientes, del respeto y el cumplimiento normativo por parte de las empresas del Estatuto de los Trabajadores y de los Convenios Colectivos que amparan cada profesión. 
  5. Y sobre todo, que los salarios se adapten a las circunstancias de vida actuales, que permitan sostener las necesidades que lamentablemente hoy los padres de nuestra generación y las siguientes, tienen que ayudar a cubrir en muchos casos.  

 



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