"Nunca más un traslado de un menor sin sus padres"

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EL SERVICIO DE URGENCIAS CANARIO, UN TERRORÍFICO VIAJE PARA ENZO
 

Me dispongo a compartir con ustedes un relato personal, real y terroríficamente inhumano.

Serían las 21:00 horas del miércoles 5 de julio de 2017. Enzo cayó agotado por el dolor, el estrés o el cansancio. Solo sé que durante la ecografía el niño —2 años, 7 meses, 9 días, 12 horas— se duerme plácidamente en la camilla mientras el radiólogo hace su labor. Poco después, su cara se torna en preocupación y antes de salir de la consulta me dice:

—No se mueva de aquí; volveré enseguida con el cirujano. El niño tiene algo y se va a quedar, como mínimo, en observación. ¡Yo me encargo!

En ese momento me siento desconcertado, pues era algo que nadie me había planteado en las dos horas que llevábamos allí. Emoción que se mezcla con alivio, pues aquel hombre se había alertado y me hizo ver, en un segundo, que haría algo.

El niño ya no dormía, pero estaba tranquilo y su rostro reflejaba calma.

—Papa, vamos a casa —dijo con su vocecilla simpática.

—No podemos, nene —le dije.

La puerta de la consulta se abrió y creo que al cirujano solo le hizo falta ver al niño para entender que había que trasladarlo.

—¡Es muy pequeñito! —exclamó.

Después de valorar al niño y tras una consulta con los cirujanos del Hospital Materno Infantil de Las Palmas de Gran Canaria, disponen que lo mejor será trasladar al niño de inmediato a dicho Hospital. Según me explica, en el caso de que hubiera que operar, el Hospital de Fuerteventura no cuenta con el equipo necesario para atender a un niño tan pequeño.

En el box de urgencias, mi esposa y yo sonreímos nerviosos; no nos esperábamos que el traslado fuera inmediato, pero así era; el helicóptero se había activado y llegaría en una hora aproximadamente.

—No importa, yo lo acompaño —dije rápidamente.

—No, Pedro, iré yo —dijo mi esposa dejando totalmente zanjada la discusión.

Nos explicaron que, normalmente, solo viajaba el enfermo en el helicóptero y que el equipo de traslado cumplía esa norma sin quebranto. Nadie supo darnos un motivo: que si el peso limite era de ochenta kilos, que no había espacio suficiente...

1:00 de la madrugada del jueves 6 de julio de 2017. Lo habíamos planeado bien. Sumando el peso del niño y el de mi esposa, unos setenta kilos. Tiene dos años, irá sobre mamá y está plenamente consciente; sería muy duro para él un traslado hasta Gran Canaria solo. Además, ninguno de nosotros podría llegar, al menos, hasta las 9:30 de la mañana.

1:15 de la madrugada del jueves 6 de julio de 2017. El sonido del helicóptero nos pone en guardia y nos miramos preocupados. El corazón me late rápidamente y, aunque el aire acondicionado realiza su cometido, el sudor aparece en mi frente y mi espalda; un calor irracional invade mi cuerpo. Manteníamos la esperanza; si nos escuchan, nos dejarán acompañarlo. Lo entenderán. Sí, nos dijimos, ¡seguro que sí!

No.

1:30 de la madrugada del jueves 6 de julio de 2017. Mientras el niño se revuelve, un integrante del equipo de traslado recoge al niño de la cuna y lo envuelve torpemente en una manta. Enzo agita las manos y los pies, y comienza a chillar. Es plenamente consciente de que un extraño lo está cogiendo y no quiere; es evidente que le da miedo. Primero llama a mamá y después a papá. No para de gritar; berrea como si le estuvieran haciendo daño aunque, en realidad, físicamente no era así.

Una tenue luz invade el pasillo. El hombre se lo lleva sin dudar. Sobre su hombro, el niño se revuelve e intenta escapar; su cara refleja incomprensión y terror. Sus gritos son cada vez más desesperados y desgarradores. Mientras camina y sin un ápice de empatía, aquel hombre nos dice:

—No pasa nada; estará bien. Todos se duermen en cuanto los subimos al helicóptero. Por encima de esas palabras tan desagradables y llenas de ignorancia, se continúan escuchando los gritos del niño, de Enzo, de nuestro hijo.

Ese pequeño pasillo se hace eterno. Giran a la izquierda y dejamos de verlos, pero seguimos oyendo sus gritos desesperados, llenos de angustia y rotos por el esfuerzo. El llanto se atenúa y podemos adivinar que están cruzando algunas puertas; aun así, seguimos escuchando cómo el niño grita desconsolado. Y nosotros, sus progenitores, helados y paralizados, no podemos hacer nada. El sonido del helicóptero inundó los pasillos del Hospital de Fuerteventura. Enzo se dirigía a Las Palmas rodeado de desconocidos para ser recibido por un equipo sanitario que valoraría la posibilidad de operarlo, pero estaría solo.

Hospital Materno Infantil, 9:45 del 6 de julio de 2017. Enzo estaba tumbado y viendo, en silencio, su serie de dibujos favorita. Entonces me acerqué a su cuna y me agaché para mirarlo directamente a los ojos:

 —Hola, nene, ¿cómo estás? Durante un segundo cruza su mirada con la mía para después desviarla hacia la tele con una frialdad abrumadora. Enzo estaba en shock.

En ese instante el cirujano entra en el box y, con el rostro lleno de ira, se lamenta por lo ocurrido. Nos explicó que no había podido auscultar al niño, pues estaba aterrorizado y, por supuesto, el niño no era capaz de expresar o comunicar lo que le ocurría.

Durante los doce días siguientes, Enzo fue atendido por el equipo de cirugía pediátrica del Hospital Materno Infantil de Las Palmas. Ya está en casa y continúa en observación.



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