Victoria

Carta abierta al director del diario ABC

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El pasado 26 de julio, publicaba el diario ABC el texto titulado «El Imperio español se desangró para proteger a los nativos mientras el inglés esclavizaba a los africanos», firmado por Manuel P. Villatoro. La noticia se hace eco de la decisión del Ayuntamiento de Bristol de retirar del espacio público una estatua de Edward Colson, un importante traficante de esclavos británico, e incluye una delirante entrevista a Borja Cardelús, historiador aficionado y presidente de la Fundación Civilización Hispánica.

En ella, Cardelús afirma sin rigor académico alguno que “España no aceptó ni toleró la esclavitud en sus territorios americanos”, que “Inglaterra nos (sic) impuso en las capitulaciones obligaciones como aceptar el llamado ‘asiento de negros’” o que “nuestro país llegó al Nuevo Mundo para elevar el nivel cultural y religioso de los nativos”. Los lectores de su diario merecen saber que estas afirmaciones son rotundamente falsas y carentes del más mínimo sustento histórico. 

Es de sobra conocido que la esclavitud de indígenas americanos y africanos constituyó un aspecto central en los procesos de conquista, colonización y explotación de la América española. Hubo esclavos en todos los territorios, desde Nueva España hasta el Río de la Plata, desde Perú hasta Cuba. Y la prevalencia tanto del comercio de esclavos, como de la esclavitud, fue inusitada: España fue el último país occidental en tolerar la trata transatlántica (hasta finales de 1860) y el penúltimo en abolir la esclavitud (en 1886).

Inglaterra no impuso el ‘asiento de negros’ a España, ya que este funcionó ininterrumpidamente desde 1518, cuando Carlos I se lo otorgó al traficante francés Laurent de Gouvenot. Tan solo entre 1800 y 1870, más de 700,000 hombres, mujeres y niños africanos fueron introducidos en Cuba y condenados a una vida de esclavitud en la última gran colonia de un imperio agonizante. Cuando Cardelús afirma que la conquista y colonización española tan solo buscaba “elevar el nivel cultural y religioso de los nativos”, demuestra una estulticia culposa y su total desconocimiento de la historiografía especializada de los últimos 40 años.

Pero este artículo en su diario no es una causalidad. Forma parte de una ola revisionista, encabezada por pseudo-historiadores, que pretende revalorizar una reconstrucción del pasado imperial nostálgica, profundamente retrógrada y falsaria. Si los españoles queremos buscar en nuestro pasado hombres y mujeres valientes no nos faltan ejemplos. Desde los discursos contra el comercio de esclavos de Isidoro de Antillón, José María Blanco-White y Agustín de Argüelles, en las décadas de 1800 y 1810, a la poesía abolicionista de Concepción Arenal en la década de 1860. O tal vez el del diputado Domingo Vila, que en las cortes de 1837 afirmó no poder “hallar en su interior repulsión alguna ante la idea de que un hombre de color” se sentase a su lado en el hemiciclo. Seguramente el primer discurso anti-racista de nuestra historia parlamentaria.

Como señaló recientemente el catedrático Josep Fradera, “discutir nuestras miserias sin complejos ni tapujos es nuestra responsabilidad, en la apasionante tarea de comprender aquellos mundos crueles y violentos pero forjadores de cambio histórico. Y explicar a nuestros compatriotas que nosotros no somos los herederos de nada como no sea de la responsabilidad de explicar aquello que quizás no tienen ganas de escuchar.”

 

Dr. Jesús Sanjurjo Ramos

Investigador del Centro de Historia Iberoamericana de la Universidad de Leeds, Reino Unido.



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