Destruir los sistemas históricos de regadío no es moderno ni sostenible

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El gobierno central y las administraciones autonómicas se equivocan 

Destruir los sistemas históricos de regadío no es moderno ni sostenible

Las políticas agrarias han apostado desde hace tiempo por potenciar y subvencionar de forma millonaria procesos de “modernización” de regadíos que suponen la sustitución de redes de acequias y sistemas de riego tradicionales por otros considerados más eficientes, sostenibles y competitivos basados en el riego a presión y riego localizado. Recientemente la exministra de agricultura (García Tejerina) ha anunciado que el objetivo del gobierno es el de “modernizar” todos los regadíos de España para el 2025 con un coste estimado de unos 2500 millones de euros. De hecho, las comunidades autónomas están de nuevo desplegando proyectos millonarios dentro de sus planes de desarrollo rural con el mismo fin.

Una de las principales características de muchos territorios en España es la presencia de sistemas históricos de regadío que han generado fértiles vegas y huertas, algunas de gran extensión y de fama internacional por sus valores agronómicos, paisajísticos, ambientales y culturales. Todos estos sistemas son auténticos oasis, con todo lo que ello conlleva. En muchos casos tienen más de mil años de existencia. Han demostrado ser enormemente sostenibles y resilientes. Son un ejemplo de gobernanza y de gestión comunal de los recursos. Generan numerosos servicios ecosistémicos de enorme valor ya que regulan cuencas; recargan acuíferos; generan biodiversidad y agrodiversidad; fertilizan la tierra y evitan la salinización y la erosión; regulan localmente las temperaturas y aumentan los gradientes de humedad; posibilitan la proliferación de polinizadores y depredadores naturales; son corredores ecológicos y humedales artificiales de gran valor; son enormemente eficientes desde el punto de vista energético, etc, etc… Son, además, una parte singular e indispensable de nuestro patrimonio tangible e intangible. Son el resultado del trabajo y el conocimiento de generaciones de campesinos en un proceso histórico coevolutivo. 

No son un estorbo, ni un símbolo del subdesarrollo o la ineficiencia. Son, al contrario, un ejemplo de sostenibilidad y resiliencia. Un ejemplo necesario en el contexto de cambio global y cambio climático. Son, de hecho, una importante herramienta de adaptación a sus efectos y, posiblemente, de mitigación de los mismos. Desde fuera los ven con admiración cuando los conocen y están siendo reconocidos internacionalmente por organismos como la ONU, la FAO y por numerosas entidades e investigadores de prestigio. Y sin embargo, nosotros los destruimos. Nos avergonzamos de ellos y pensamos solo en términos de producción, competitividad y exportación, sin reflexionar sobre las consecuencias que tiene la pérdida de este importante patrimonio.

Lo moderno no es necesariamente todo lo nuevo. Ni todo lo nuevo es siempre necesariamente lo mejor. Cuando en los años 60 y 70 del s. XX muchos emigrantes de nuestros territorios reunieron dinero suficiente, lo primero que hicieron fue tirar sus viejas casas para construirse otras nuevas, más modernas y funcionales, que dejaran atrás los símbolos del subdesarrollo. Hoy en día miramos con horror esas construcciones sin valor arquitectónico, de poca calidad y, en realidad, nada eficientes. Aquellas localidades que no pudieron hacer eso son hoy en día nuestros centros históricos, protegidos, restaurados, visitados y admirados en muchos casos. No sabemos todo lo que se perdió entonces en aras de la “modernidad”, pero hoy tenemos claro que lo moderno es conservar y restaurar, intentando mejorar la vida de las personas que viven allí y usando el propio patrimonio como motor de desarrollo.

El gobierno y las administraciones olvidan además que la agricultura es, por naturaleza, multifuncional. No solo es productora de alimentos o materias, sino generadora de vida. Los servicios que nos presta, que nos prestan los agricultores, son fundamentales para nuestra vida (sobre todo para los que habitamos en las ciudades). Esas son funciones esenciales que nadie reconoce al agricultor y por las que nadie paga. Más bien al contrario, se consideran en muchos casos pérdidas, falta de eficiencia o símbolos de un pasado campesino digno de ser borrado.

Nuestras acequias son infraestructuras azules, nuestras vegas son infraestructuras verdes. Las comunidades históricas y tradicionales de regadío gestionan de manera integral el agua y sus conocimientos ecológicos locales permiten la generación de paisajes con enormes valores. Su única energía son la gravedad y el sol y son, por tanto enormemente eficientes. ¿Qué puede haber más moderno que todo eso?

Las modernizaciones llevadas a cabo hasta ahora no solo ha supuesto una inversión millonaria por parte del Estado y las propias comunidades de regantes, sino que en muchos casos han demostrado ser un fracaso desde el punto de vista económico y social y, sobre todo, no han supuesto un ahorro de agua. Antes al contrario, la intensificación de los cultivos y la extensión encubierta de las superficies de riego han supuesto un mayor consumo de agua y han agravado los problemas y desequilibrios. Además, su implantación ha supuesto en muchos casos una pérdida irreparable desde el punto de vista patrimonial y en muchas ocasiones de otro elemento igualmente precioso al que no prestamos atención: los suelos. Han supuesto una pérdida de biodiversidad y de servicios ecosistémicos y han empobrecido nuestros paisajes y sus valores.

Por eso, lo moderno no es destruir ni sustituir esos sistemas históricos. Lo moderno es conocerlos en profundidad para mejorar aquello que podamos; innovar para mantener sus valores; mejorar y dignificar la vida de nuestros agricultores y regantes, pensando no solo en el corto plazo, sino en que son una parte esencial también de nuestro futuro.



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