Manifiesto por la paz, ¡sin violencia!

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Bogotá, 8 de marzo de 2018.

La imagen de una explosión dentro de la Universidad que deja cuatro personas heridas gravemente, y el hecho consecuente de que haya personas dentro del campus que manipulen explosivos con capacidad de producir tanto daño nos vinculan hoy para hacer una manifestación, un Manifiesto: contra la violencia, en y para una vida sin violencia, pero sobre todo a favor de la paz.

Vivimos un momento histórico en Colombia, nos enfrentamos a la posibilidad de una salida negociada a la guerra, a “cambiar las armas por palabras”, como dicen los acuerdos. Ello implica la posibilidad de romper el círculo de la guerra, de la violencia que llama más violencia y de la siembra masiva de odio en el territorio. La violencia nos ha dejado muerte, víctimas, pobreza, ha profundizado las diferencias y no ha conseguido detener la injusticia y la desigualdad.

Como filósofas y filósofos, como maestras y maestros, nos abrimos a una perspectiva de la no-violencia, se trata de una forma de ser y estar en el mundo, una forma de vivir y convivir: de tejer y construir, en lugar de destruir y romper.

Lo que hoy tenemos como horizonte no apareció de la noche a la mañana. Sin violencia fue un grito unánime que acompañó a la movilización universitaria de 2011, que ha acompañado además a un sinnúmero de movimientos sociales en Colombia y en Latinoamérica. Hoy más que nunca es la hora de volver efectivamente a esa súplica.

La autonomía universitaria ha estado amenazada desde el origen de esta institución, pero casi siempre desde fuera: el monarca, la iglesia, el estado, el mercado… Aun cuando no hemos terminado de comprender esta amenaza, hoy en día se cierne con fuerza un desafío interno: el uso de la violencia dentro del campus y la normalización de la misma como una forma válida y deseable para la defensa de la Universidad. Lo que está en cuestión es el sentido mismo de la “defensa”, pues acciones como las que ocurrieron en la Universidad esta semana de marzo trivializan toda pretensión de defensa: privan de sentido y hacen invisibles las luchas y resistencias cotidianas de cientos de personas en el interior de la Universidad, cientos de luchas diversas por la dignificación y el fortalecimiento de lo público.

La violencia no sólo es muda, sino también irracional. La violencia no construye, no reúne y en cambio dispersa, rompe la posibilidad de generar vínculos de solidaridad. Lo sucedido esta semana en la Universidad Pedagógica Nacional pone de manifiesto que los grupos responsables de esos hechos no tienen consideración por la vida y la integridad de las personas. En un país en guerra, en un país en el que la vida día a día es vulnerada, precarizada, amenazada, resulta inaceptable que nuestras vidas al interior de la Universidad, así como las vidas de personas que trabajan y habitan alrededor del campus, estén en peligro de muerte.

En su autonomía, la Universidad se exige a sí misma desplegarse como un espacio de construcción de paz; y, bajo ninguna circunstancia puede ser un lugar para replicar las lógicas de la guerra, las lógicas del dar muerte; bajo ninguna circunstancia puede ser un lugar para estar dispuesto a matar, a acabar con la vida.

La administración de la Universidad tiene que actuar de manera contundente y clara para detener este tipo de prácticas. Pero este también es un imperativo para todas las demás personas y estamentos de la Universidad, pues la normalización de la violencia conduce a que el límite de lo que es aceptable, tolerable y justificable se deslice progresivamente hacia el recrudecimiento. ¿Hasta qué nivel de violencia nos sentiremos en la obligación de detenerla? ¿acaso lo será cuando nuestra propia vida esté en juego como lo sentimos ahora? La política y la violencia no pueden seguir estando juntas en nuestro país y la Universidad Pública tiene que exigirse a sí misma ser el espacio, por excelencia, para la construcción de nuevos horizontes, para abrirle campo a la esperanza.

El juego violento justifica a las derechas y a los mercados para combatir indiscriminadamente la Universidad Pública y, por extensión, a todo lo público, enseñoreando el mito de la privatización. Es inaceptable que se apuesten tiradores sobre las azoteas de nuestra Alma Mater, también que se violente las sedes de aspirantes a las corporaciones, más aún que estallen explosivos en los salones. Es inaceptable que se cierren los espacios para la deliberación, justamente, en el reducto de debate, libertad y pluralidad que le queda a las sociedades contemporáneas: la Universidad Pública.

Nuestra reflexión, como parte de la comunidad educativa de la Licenciatura en Filosofía no comienza hoy, ahora. Antes bien, tiene una génesis y se consolidó el semestre anterior. En esa búsqueda, la reivindicación de formas alternativas de protesta y de intervención no se han hecho esperar. Acciones como el “currículo provisional” que acompañó la protesta estudiantil durante todo el semestre; la performance sobre La transmutación de todos los valores frente a la Bolsa de Valores de Bogotá; los eventos de Filosofía al parque; la conversación con REC (Red Latinoamericana de Estudios Críticos); las lecturas y discusiones de los Acuerdos de Paz; el estudio de clásicos internacionales y de autoras(es) nacionales que han reflexionado sobre la Universidad y su autonomía; los sucesivos foros con el pleno de estudiantes y profesoras(es) del Programa, las múltiples conversaciones informales dentro y fuera de los espacios académicos; todo ello nos da la plena evidencia de un compromiso claro, con entender, pero también con intervenir la arena política para la construcción de la paz.

Como filósofas y filósofos, como maestras y maestros en ejercicio y en formación, somos plenamente conscientes de la urgencia de poner como lema la idea de que “¡Estudiar es un acto revolucionario!”. Pero, igualmente, de que las formas de lucha violenta poco a poco han caído en la repetición y que es necesario dar paso a formas de lucha que innoven y sean más creativas. Pues la repetición de la violencia, puesta en juego porque sí, sólo produce inanidad, facere, un “hacer por el hacer”.

Quienes firmamos este documento, estudiantes y profesoras(es), nos manifestamos en contra de la estigmatización de la Universidad Pública y de las comunidades que la constituyen. Al mismo tiempo nos manifestamos contra toda forma de violencia que desconozca el derecho a la vida y a la integridad física, mental y psicológica como fundamento de toda praxis social y política en el interior de la academia y de cara a la sociedad.



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