Preservar la vida de mi padre

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La vida de un anciano poco le interesa a una sociedad enferma. Si es pobre y vive en un barrio asediado por el crimen, la vida de un octogenario vale menos que los escombros en las calles. Su parecido a la muerte desvirtúa cualquier dignidad. A esto se suma el hecho de que ni las autoridades policiales ni los hospitales brindan cuidado, atención y protección a quien recogen del piso. El cuerpo humano agujereado es una cifra que ya no cuenta para la fiscalía. Ni siquiera es posible denunciar los hechos porque no se tienen los nombres de los agresores o porque el sistema ha colapsado.  Múltiples son las formas de la violencia, la peor de todas impedir el acceso a la justicia para estimular la aceptación de la impunidad y el miedo.

El primero de enero de 2020 (¡Feliz año nuevo!) mi padre, de 85 años, fue apuñalado once veces por tres jóvenes en Bogotá, localidad Tujuelito, barrio San Carlos, a las 8:30 de la mañana. Las heridas son tan brutales en pecho, espalda y cabeza que expresan el grado de putrefacción moral de toda una sociedad. Es cierto que hay miseria, pero también millones de personas se han educado en la diversión y el placer frente al dolor ajeno y la impotencia de los indefensos. No importa donde vivamos ni de dónde vengamos, el agresor siempre experimenta placer al arrancarnos la tranquilidad, la dignidad y el deseo de vivir. Si son capaces de arrancarnos la tierra son diestros en decapitaciones.

Al mismo tiempo, la incapacidad y la desidia de las autoridades legitiman la acción de las bandas criminales. Si nadie denuncia, si las autoridades no detienen y tampoco quieren involucrarse, si el miedo regula la convivencia bajo el poder de las armas, está claro que la vida en general ha perdido todo valor. La vida de los humanos, de los animales, de las plantas y del planeta entero está en manos asesinas. Es más sano y rentable matar y morir pronto que celebrar y exaltar la vida.

Mientras el abuelo se aferra a la poca vida y resiste los daños de las puñaladas, los asesinos siguen en las calles, en las mismas calles de siempre, apuñalando y matando por diversión. Con la complicidad de las autoridades, con la anuencia del miedo de los habitantes. Pido que se proteja la vida de mi padre. Solo por ser vida; no por ser mi padre. Pido que se le brinde cuidado y acompañamiento para que su poco de vida se pueda vivir dignamente los próximos meses y no bajo el pánico de ser asesinado cada vez que salga de casa a comprar el desayuno.