Apoya la carta sobre crisis del Museo Nacional de Bellas Artes

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A quien corresponda,

 

Las noticas recientes que ponen al Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) en las páginas de la prensa constituyen un bochorno nacional. Expresan un estado de decadencia que, incluso bajo el peor pronóstico, mal podría esperarse. En medio de la rotura de la escultura de Rebeca Matte y las rencillas de poder entre un puñado de funcionarios y la dirección, en menos de un año el Museo se hace presente en la opinión pública por razones vergonzosas y equívocas. El MNBA debiese ser estimado como una de las más importantes e influyentes instituciones en Chile respecto de las artes visuales, sin embargo, en las últimas décadas solo en contadas ocasiones ha sido motivo de orgullo para nuestra comunidad (la remodelación de su biblioteca, por ejemplo, dio una pequeña y reciente alegría).

 

La última controversia es solo la punta del iceberg de una crisis que aqueja a nuestro Museo, si se considera, además de un enrarecido clima laboral, la utilización informal de dinero fiscal según consta en los medios, precariedad laboral, criterios dudosos de adquisición de obras, condiciones de seguridad muy deficientes, la subestimación de la conservación de la colección y una falta generalizada de espacio (que aqueja, de hecho, al pequeño taller de restauración). Pero lo más patente para los visitantes es encontrarse con unas prácticas curatoriales, iniciadas desde hace más de veinte años,  que dificultan e impiden tanto la visualización de las obras como la inexcusable prioridad de exhibir y poner en valor la colección. Y ni hablar de la esperanza de hallar alguna exposición temporal de calidad proveniente del extranjero (la exhibición de José Gil de Castro en 2015 trajo otra alegría aislada).

 

Por una parte, está la propensión ya acostumbrada a hacer exposiciones y actividades misceláneas y rotativas que van —entre muchas otras— desde la bitácora perdida del Teniente Bello, pasando por un show de los Jaivas, “individuales” de artistas que no tienen ni diez años de trayectoria hasta clases de danza aeróbica en el hall central, convirtiendo al Bellas Artes en un extraviado centro de eventos. Con ello, no solo es evidente que se ha confundido el rol del Museo y la responsabilidad que le concierne, cual es mostrar el patrimonio artístico que le pertenece, lo que ya es gravísimo: se le ha restado espacio a una infraestructura ya escasa para su propósito fundamental. Esto tiene serias consecuencias, pues una importante parte del patrimonio artístico del MNBA es inaccesible, incluyendo obras paradigmáticas como El día es un atentado (1942) de Roberto Matta o Carta a América (1958) de Ramón Vergara Grez, entre muchas otras de artistas como Wilfredo Lam o Matilde Pérez, solo por dar algunos ejemplos, que pasan la mayor parte del tiempo guardadas en condiciones que están lejos de cumplir estándares internacionales de conservación (por falta de recursos y, nuevamente, de espacio, pese a algunas mejoras en los depósitos). Todo esto perjudica incluso lo que hoy se llama “imagen país”: visitantes de todas partes del mundo se están llevando una visión del arte nacional y de uno de los museos emblemáticos de Chile que, a lo menos, debiera preocupar a nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores.

 

En segundo lugar, y con respecto a las cambiantes o variadas maneras de mostrar lo que debiese ser exhibido (como la colección permanente), imperan unas curadurías que someten a las obras a una forzada ilustración de discursos y/o pre–textos que solo las violentan, imponiéndoles un marcado sesgo ideológico y minusvalorando las competencias del amplio universo de espectadores (hoy, la porción visible de la colección está atosigada de letreros “educativos” en el hall que desorientan y prescriben cómo entender lo que se exhibe). En este sentido, lo que requieren las obras, más bien, son unas condiciones de recepción adecuadas a su característica fundamental de ser imágenes cuya comprensibilidad excede, con mucho, la palabrería, más todavía cuando los discursos del Museo vienen insinuando que buena parte del arte nacional vendría a ser derivativo (copia) del arte extranjero. En este sentido, vemos con preocupación que el MNBA se ha convertido en una especie de página en blanco para que historiadore/as del arte o curadore/as sometan la colección a unos intereses personales de auto-legitimación autoral, como si se tratase de un mero vehículo para demostrar y transmitir ciertas suposiciones sobre el arte (chileno). Para colmo, ninguno de estos planteamientos ha instaurado con claridad qué periodo histórico ocuparía a la institución, un requisito básico para la operatividad de museos serios en el exterior (el Museo del Prado y el Museo Reina Sofía establecen el año del nacimiento de Picasso como frontera entre uno y otro, por citar un caso). 

 

Resulta claro que el MNBA está desperfilado, que no responde a la cuestión fundamental que reclama su propio acervo. Lisa y llanamente, con esto se quiere decir que, antes que curadurías que reordenan (o desordenan) la colección, exposiciones misceláneas y actividades recreativas, debiese hacerse el trabajo correspondiente de poner en valor su mismo patrimonio. Esto es lo urgente, lo que conlleva priorizar la ampliación del espacio del Bellas Artes, mejorar su infraestructura en general, disponer de un presupuesto proporcional a su importancia (manejado éticamente), poner en práctica curadurías responsables y cuidadosas con las obras, así como hacerse finalmente cargo de una misión institucional (la declarada en la web del Museo es de gran vaguedad). En suma, quienes estamos ocupados en la producción y educación artística, en la conservación e historia del arte, siendo simultáneamente parte de la audiencia del MNBA, quisiéramos resaltar lo evidente: la seria crisis por la que atraviesa la valoración del arte en nuestro país, en concreto, demostrada por el abandono hacia la que debiese entenderse colectivamente como una de las instituciones culturales fundamentales del Estado. En este sentido, recuperar la dignidad y función del Museo significa, entre muchas otras cosas, abrir un concurso exigente, desarrollarlo escrupulosamente y prestablecer una duración al cargo convocado, para designar un/a director/a acorde a su investidura.

 

Atentamente,

 

(Firmantes)



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